sábado, 30 de marzo de 2013

Evocación No. 11



Martes 26 de marzo de 2013 a las nueve y media de la mañana.

Evocación No. 11

Estamos en Semana Santa y son días de recogimiento o como decían en mi casa, de estar tranquilos y no hacer nada. Pero resulta que yo no me estaba tranquilo ningún día y  tenía que estar haciendo algo para estar tranquilo.

Mi papá siempre tuvo como la ilusión de ser un pequeño hacendado pero las cosas no se le daban porque era hombre de ciudad. Empezó con un par de becerras que le compró a sus cuñaos (Los palacios) que eran sus asesores en estos negocios y como estaba su hermana por el medio lo aconsejaban bien. Una de esas becerras se llamaba mariposa y cuando tuvieron crías papá hizo el esfuerzo para comprarse un terreno para llevar las vacas, ya que era incomodo cuidarlas en la casa, había que llevarlas al monte de un señor que vivía en las afueras del pueblo, para que las cuidara en el día y por las tardes las soltaba y las vacas se venían solas para la casa, en la mañana las ordeñaban y nuevamente a llevárselas al señor y así todos los días.

Al fin se le presento la oportunidad de comprarse una pequeña finca, ubicada como a una hora y pico de camino a pie y a una hora en burro, no quedaba lejos. Esta finca tenia por nombre Macondo en un sector donde habían varias haciendas pero esta era la mas pequeña y no se porque se llamaba Macondo porque las que estaban a su alrededor tenían sus nombres de acuerdo a las características de cada una de ellas, por ejemplo: Agua Viva, porque habían unos manantiales de agua dulce que brotaban de unas piedras, quedaba para los frentes de Macondo y para ir para allá desde Macondo no había camino,  había que pasar una montaña y nadie hacia eso, no se porque. La hacienda donde estaba la montaña se llamaba la Montañita. Más adelante de Macondo, pero lejos, quedaba El Salao ya que el agua que salía de los pozos era salobre y solo servía para los animales y tenían que llevar del pueblo el agua para el consumo de las personas. Los dueños de esta hacienda tenían un jeep viejo para traer la leche al pueblo y se les hacia fácil el trabajo. Y mucho mas lejos, pero lejos, estaban Las Minas, ahí si me gustaba ir, esa hacienda quedaba mas cerca del otro pueblo de donde era la familia de la esposa de mi papá y yo me anotaba con los Palacios cada vez que podía para ir a Las Minas. Tenia este nombre porque una empresa petrolera estuvo perforando esos terrenos buscando petróleo y no lo encontraron, solo quedaron unos tubos enterrados bien hondo donde uno metía un recipiente y sacaba como querosén.

Cuando papá compró Macondo se llevaron las vacas y contrataron un señor para trabajar en el monte, y cuando tuve como ocho o nueve años, a veces me tocaba ir al monte a buscar la leche. Pero en todo caso yo me iba para Macondo cada vez que podía y en uno de esos viajes me pasó lo siguiente.

Era un martes de  Semana Santa y yo estaba como perro con gusano en el patio de la casa encaramado en una mata de mango tirándole piedras con la honda a unos pájaros que estaban en una mata de coco que había en la clínica del terminal cuando oí el chiflido del Jefe frente a la casa, me bajé de la mata de mango y fui a ver que quería el Jefe, que solamente me dijo “ensilla el burro y nos vamos pa Macondo a cortar leña”. Mi papá alegó que era Semana Santa y no se podía cortar leña y Racha “que lo que estábamos buscando era una mala hora”. Yo no les paré, ensille el burro y arrié para el monte detrás del Jefe.

Yo tenía un poco de leña ya cortada y no me demoré mucho en completar mi carga de leña, cuando la tuve ya lista, le grita al Jefe que me iba para el jagüey a ver si podía matar unas palomas de monte o torcazas. Agarré la honda y empecé a tirarles piedras, pero no le pegaba a ninguna lo que me parecía raro porque les estaba apuntando bien, de pronto sentí un ruido entre los pajonales que había a la orilla del jagüey, guardé  la honda y agarré el machete pensando que era un cochino de monte. Lo que salió del monte fue el pájaro mas raro que yo había visto en mi vida y que ni aun ahora he podido averiguar que clase de pájaro era.

Se paró en un claro donde podía verlo bien y se quedó quieto mirándome fijamente, yo a la verdad me dio miedo al ver que solo me miraba y no corría ni volaba, solo me miraba, el miedo me pasó a terror. Era de color gris oscuro, casi negro, con unas patas largas como las de una garza pero gruesas y terminaban como las de un pato. Permanecía quieto mirándome, erguido como un pingüino y entonces lo detallé mejor, tenía el pico como un pato y los ojos al frente como una persona no como las aves, y entonces fue que me cage todo, hacia un ruido ronco algo así como: Croó—croo—croó al tiempo que le subía y le bajaba un penacho rojo.

Yo ya estaba que me desmayaba del miedo y no me atrevía a lanzarle una piedra, no sabia que hacer, pero me quedé ahí parado tieso como un palo, sin poder ni gritar para llamar al Jefe, esperando a ver que pasaba, tenia el machete en la mano y  me dispuse a cortarle la cabeza como me atacara. No se si el extraño pájaro me adivinó las intenciones o se cansó de estar parado en el sol o se sintió satisfecho con asustarme, el caso es que tomó una posición como la de una gallina y se fue caminando lentamente graznando croo—croo—croo y subiendo y bajando la cresta roja se lanzo al jagüey, no lo vi salir del agua por ninguna parte, aproveche y me fui corriendo para donde estaba el Jefe, cuando llegue no podía ni hablar. Cuando me calmé le conté todo con  plumas y colores. El Jefe al principio se reía, pero después se puso serio, me quitó la honda, la partió en tres pedazos con su machete y me dijo “Eso que te salió era el diablo nojoda, porque tu eres muy malo, la porca de la madona, deja de estar matando pájaros ensilla el burro que nos vamos”. Ni siquiera nos dio tiempo para comernos unos bollos de mazorca con queso que el Jefe había llevado y que para almorzar.

Regresamos callados, yo adelante montado en el burro, el Jefe  amarró su burro al mío y nos seguía a pie, en una sombra  me hizo detener y repartió los bollos y el queso, que nos comimos andando. De pronto me gritó, “no joda pelao de mierda” y no hablo mas durante el regreso al pueblo, él se fue para su casa y yo le lleve la leña a la señora Aquilina.

Este suceso jamás se lo conté a alguien, ni siquiera a mi abuela, hasta el día de hoy que mas bien me parece anecdótico y me da risa sobre todo al recordar al Jefe que cuando estaba borracho me mamaba gallo y me decía: “Ahí viene el pájaro croo—croo—croo” y se reía y se reía yo también me reia, y nos reíamos y nos reíamos. Las personas nos veían y se reían y se reían de vernos reír sin saber cual era el chiste, era un secreto entre el Jefe y yo. Jamás supe que el Jefe le contara lo que pasó en Macondo a alguien, aun cuando ahora pienso que realmente el Jefe creyó que me había salido el diablo. Pero en todo caso, no salgo en Semana Santa para ninguna parte. 

Jamás le presté atención a esto y no deje de ir a Macondo, y otro de mis pasatiempos favoritos era ir con el primo Paul a cazar pajaritos al monte, de esos que se pueden domesticar y viven en pequeñas jaulas, en mi casa habían muchos pájaros, de toda clase ya que a mi papá le gustaban y me dejaba ir.

Como en Macondo había un jagüey grandísimo que nunca se secaba los pajaritos de todos esos montes comían y bebían agua y hasta anidaban alrededor del jagüey. La estrategia de caza era la siguiente: en Macondo había unos arboles que al hacerle unos cortes en el tronco, botaban un material como goma, algo parecido como cuando se recoge el caucho natural. Mi primo Paul y yo teníamos preparado unos alambres que sacábamos de los ganchos de ropa, a los que le untábamos la goma que sacábamos de las matas. Esta goma la guardábamos como si fuera una pelota de cera y cuando la íbamos a usar la suavizábamos con querosén.

·         Estos alambres los amarrábamos en las maticas que estaban a la orilla del agua, y los pajaritos que  se paraban en ellos, cuando iban a beber  se  quedaban pegados y teníamos que salir corriendo para agarrarlos antes de que se embarraran todo con la goma porque era difícil quitárselas de las plumas. Pero mientras esperábamos que los pájaros cayeran en la trampa teníamos que hacer un silencio absoluto escondidos entre las matas de paja, yo por lo menos me ponía a mirar el cielo observando las nubes a las que trataba de darles alguna figura en mi imaginación, después supe que las nubes tenían diferentes nombres de acuerdo a sus características : Cúmulos. Nubes de desarrollo vertical (de días soleados). Estratos: Nubes estratificadas (de días soleados). Nimbos. Nubes capaces de formar precipitaciones (Nube de lluvia). Cirros. Nubes de cristales de hielo (Nubes de tormenta).
·          
·         Los pájaros que capturábamos los metíamos en una jaulas de acuerdo a su clase, canarios criollos, sinsontes, montañeros, rositas, cardenales, solo nos quedábamos con los que trinaban a los otros los soltábamos. Para trasladarlos los tapábamos bien para que no se asustaran y al otro día el primo Paul se iba para la ciudad a venderlos, partíamos la cochina, pero creo que siempre me picaba.

Cuando estuvimos internos en el mismo colegio seguimos practicando la caza de pájaros. En los terrenos del colegio había un sector que se  anegaba con las aguas de un caño que pasaba cerca. Los sábados que estábamos pelando, mientras los alumnos se iban para sus casas, nosotros nos salíamos al caño y cazábamos pájaros. La pega la triamos de Macondo y los alambres los sacábamos de los ganchos de ropa que en el internado habían bastante. La primera vez que fuimos a vender los pájaros al mercado, me di cuenta que el primo Paul me estuvo picando durante mucho tiempo en el negocio de los pájaros, nos dieron mas dinero con menos pájaros, cuando se lo dije solo se hecho a reír y me dijo “los gastos del traslado también cuentan”.

Para tener dinero o ingresos me hice un contrato con la señora Aquilina para proveerla de leña, (la gente cocinaba con leña o carbón), pero era un contrato medio raro, ya que casi no veía dinero, me pagaba con comida si la consumía en su negocio, porque en su casa la comida era gratis, siempre y cuando “quedara  algo por ahí”, ya que primero comían <los invitados>, en todo caso las cuentas las llevaba ella y un día me dijo: “Churchill me debes tres cargas de leña”, eso fue un viernes en la noche y el sábado agarre el burro y arranque para Macondo y corté toda la leña que pude como hasta las doce del día, El señor Víctor me ayudó a cargar el burro y me prestó su burro para llevarme dos cargas de leña, y como me faltaba poco para le otra carga me la ayudo a cortar y cuando regresé como a las cuatro ya la tenia lista, reposé al burro como una hora o mas no me acuerdo. Llegue casi anocheciendo al pueblo y cumplí con el contrato de la señora Aquilina como me había enseñado mi abuela a ser un hombre  responsable y de palabra.

Hice este esfuerzo porque el domingo temprano venia mi mama a recogerme para llevarme el lunes para el colegio donde estudiaría internado el resto de mi bachillerato. Ya en ese colegio estaba estudiando mi primo Paul.

En la época para recoger la cosecha de patillas y melones, por todo el camino para ir a Macondo habían siembras, ensillaba el burro,  cogía el machete y con cualquier pretexto me iba para el monte a comer patillas, no las podía traer para el pueblo y tampoco podía dejar evidencias de la fechoría pero mi burro colaboraba con la limpieza, yo me comía todo lo rojo de adentro y el burro se comía las conchas y no dejábamos rastros. Ese burro era un bandido, la gustaban las patillas y cuando pasábamos por alguna siembra se paraba y se ponía a rebuznar.

Ese burro me hecho una vaina que casi no la cuento. Un día me ofrecí para llevar agua dulce para el monte, el mudo me ensilló el burro con los calambucos mas pequeños y que para que fuera montado e hiciera el viaje mas rápido y regresara antes de entrar la noche. El camino para ir a Macondo tiene dos entradas, uno por el cementerio, más lejos pero el camino era plano y cómodo  para los burros y por el otro, había que subir un cerro que le llamaban “La Virgencita”, pero era mas cerca, bajando la Virgencita venia un terreno baldío sin cercas por ninguna parte y lleno de monte donde siempre habían vacas, burros, chivos, cochinos y toda clase de animales que pastaban en ese lugar.

·       Cono este era el camino mas rápido me fui por el, subimos la virgencita y el burro llevaba buen paso, en el terreno baldío había una burra que estaba en celo, mi burro que la huele y empieza a rebuznar, y yo arriba del burro tratando de mantenerlo en el camino, pero que va, no tuve la suficiente fuerza para pararlo y el burro salió corriendo detrás de la burra y yo arriba del burro, se metieron por entre las matas y las tunas, menos mal que no me espiné pero me estaba golpeando todo con las ramas, casi que me saco un ojo, me quedó la frente hinchada un poco de tiempo. La burra corriendo adelante por el monte, el burro atrás rebuznando y yo agarrao lo mejor que podía para no caerme.

Un señor que gracias a Dios estaba en el lugar recogiendo unos cochinos me gritaba desesperado “tírate, tírate”, pero me daba miedo y lo que hacia era agarrarme mas y en una de esas el burro alcanzó a la burra y la montó, se cayeron los calambucos, se derramó el agua, se rompió el sillón, se partieron las bridas y yo caí al suelo como una plasta y me di un tremendo golpe en las nalgas que no me podía parar. Estaba todo adolorido tenia golpes en todo el cuerpo y la cara hinchada, me quede sentado en el suelo llorando, el señor de los cochinos me ayudo a parar, y entonces no podía caminar.

Mientras yo estaba sentado en el suelo el señor de los cochinos buscó al burro, remendó las bridas, acomodó lo mejor que pudo el sillón, volvió a cargar el burro, dejó los cochinos en el monte y nos fuimos para su casa donde me curó la cara y le echó agua a los calambucos, porque el señor me decía que me fuera para la casa pero yo no quise y me fui para Macondo todo maltratado. El señor Víctor me amarro una penca de sábila en la frente y me hizo tomar una agua rara y que para los golpes, me ensilló el burro con otro sillón y que para arreglar mejor el mío, y le puso otras bridas al burro. Cuando llegué a la casa no me querían creer el cuento, pero me tuvieron que llevar al médico de la clínica del terminal porque tenia la cara mas hinchada y me dio fiebre en la noche, casi que me mata el burro.

Ese mismo burro quiso hacer la misma gracia, pero ahora lo llevaba el Jefe por las riendas y cuando el burro quiso salir corriendo detrás de una burra, el Jefe le dio un templòn y como siempre cargaba una vara le dio un palazo por la frente al burro que casi lo mata, el burro cayo al suelo pero se paro enseguida y trato de morder al Jefe quien le pego otra vez al burro con la vara pero el burro siempre logro morder al Jefe en la mano y le arranco un dedo.

Salí con el Jefe para la clínica del terminal donde terminaron de quitarle el dedo. Papá dio la orden de que nadie usara el burro y a los días se lo vendió a unos señores que hacían carbón. Compró un mulo bonito que caminaba rápido, pero tenia un defecto, se asustaba hasta con su sombra y había que amarrarlo a otro animal para que caminara seguro. Un día fuimos a Macondo y yo me monté en el mulo e iba de ultimo y que para evitar problemas pero a la salida del pueblo por la virgencita en el terreno baldío, habían unos señores arreando unas vacas y el dichoso mulo que se asusta y arrancó a correr, menos mal que medio logré meterlo al camino, y el mulo corriendo y yo arriba del mulo y otra vez la gente gritando “tírate, tírate” pero yo me dije , este mulo no me tumba y el mulo corriendo, la gente atrás de nosotros y yo tratando de pararlo y así llegamos a Macondo donde se paró porque había una talanquera cerrada.

El mulo que se para y yo que enseguida me bajo, como al minuto el mulo se hecho y de pronto lanzo como un bufido, cuando los que venían atrás llegaron ya el mulo se había muerto. El señor Víctor dijo que se le paro el corazón y lo ahogó la sangre.

La gente de mi casa siempre inventaba paseos los domingos para Macondo, era como un día de campo. Se cocinaba con leña y tenia un sabor diferente, muy sabroso, de acuerdo a la clase de árbol, le da un sabor diferente a la comida. Un domingo de esos acompañé al señor Víctor a cazar cochinos de monte en la montañita, tuvimos suerte  y mató un cochinito que nos comimos asado en el almuerzo. Estábamos en medio de la montaña y me mostró unos arboles grandísimos que sobresalían por encima de los demás y me dijo “si sigues la dirección de  esos arboles pa arriba de aquel lado de la montañita queda Agua Viva”. Yo me quedé con eso en la mente y le pregunté si él había ido por esos lados y me dijo que no.

Un día que estaba la señora Josefa enferma le fui a llevar unas medicinas que mi papá consiguió con el medico de la clínica del terminal. Era temprano y como había ido a pie le dije al señor Víctor me voy antes de que apriete el sol, caminé un poquito y me metí por entre la cerca y agarré rumbo a los arboles grandes que me había señalado el señor Víctor. A medida que  me acercaba a los arboles el monte se ponía mas espeso y tenia que cortar las ramas de espina para poder pasar, y parecía que mientras mas caminaba mas lejos se ponía el cerro. Al fin llegué al pie de los arboles y como media hora después arriba. Ahí se me pasó la impresión de que estaba perdido que me venia rondando la cabeza y respiré tranquilo.

Me detuve un rato a descansar y me di cuenta que el cerro era alto y la montaña tupida, no sentía animales de ninguna clase, ni del monte ni caseros, me dio un poquito de miedo y pensé que a lo mejor habían tigritos o gatos de monte. Cuando al fin llegue a la parte mas alta divisé a lo lejos las casas de Agua Viva, me alegré al verlas  y me mandé pa bajo por ahí derecho, pasé por los manantiales, al agua estaba fría y sabrosa. La casa grande estaba sola y en la cas de los empleados tampoco había gente, entonces empecé a gritar: Hey quien está por aquí, quien vive, nadie me contestaba, seguía gritando  y nada, de pronto oí un grito que venia del monte y salieron unas personas a ver quien era. Estas personas eran unos familiares de Eloísa la mujer del Jefe, que eran los que trabajaban en la hacienda.

Cuando le dije que venia de Macondo por la montaña se asustaron y el señor me regañó y me aseguró que en esa montaña habían tigres y que estaban arreglando una oveja que le había quitado a uno hacia como una hora. Uno de sus hijos se venia para el pueblo y me vine con él, me dieron carne de oveja para la casa y cuando llegamos el muchacho habló con Racha,  ya que mi papá no estaba, y le contó lo de  la travesía por la montañita. Mi papá después de hablar con Racha me agarró y me encerró en un cuarto, diciéndome: “Quédate aquí que después hablamos”.

Papá fue a donde la familia de Eloísa, habló con el muchacho y regresó en la noche, se metió al cuarto y solo me miraba. Al fin me dijo: “tu como que eres loco, ¿por que te fuiste por el monte para Agua Viva? Solo atine a decir, el señor Víctor me dijo que era cerquita. Me dejò salir del cuarto como si no hubiera pasado nada, pero Racha le decía ese muchacho esta loco. Entonces me dieron un castigo que no era castigo; Tenía prohibido ir solo a Macondo, ese castigo duro como tres meses y para mi fue mejor, ya no iba ni los domingos y cogía para la playa, pescaba con el señor Cheche y tomaba sopa de  pescado que hacia la señora Micaela.

No hay comentarios:

Publicar un comentario