martes, 18 de junio de 2013

Evocación No. 19





Sábado 15 de Junio como a las 10 de la mañana


Hay momentos, conversaciones, episodios o circunstancias actuales que me traen recuerdos de las cosas que he venido haciendo, es como si estas estuvieran unidas como los eslabones de una cadena continua de eventos, cortar la cadena seria como romper el vínculo con el pasado.

Desempeño el oficio de maestro en mi iglesia y un día en una conversación con  uno de los pastores, este igual que otros hermanos, me preguntó que cuando me había dado cuenta que tenía este don. La respuesta era fácil de responder y solo le dije que desde siempre. Ahora desarrollar el don es lo que trataré de relatarles.

La facilidad de expresar, explicar  o comentar lo que leo o estudio se lo debo a mi abuela. Ella siempre me hizo hincapié que uno debía entender lo que leía,  y que  no debía estar aprendiéndome nada de memoria  porque lo que hacia era repetir como el loro que no sabía lo que estaba diciendo. Esto trajo como consecuencia que me era difícil memorizar los parlamentos en las obras de teatro, los poemas y las canciones, estas todavía no logro aprendérmelas completas.

El sistema de mi abuela era fácil, reunía a los nietos y nos sentaba en el suelo y ella nos leía libros de cuentos o novelas y poco a poco hacia que nosotros le fuéramos explicando que entendíamos de lo leído y después ella nos explicaba lo que realmente quería decir el escritor. A medida que fuimos aprendiendo a leer a cada uno le tocaba leer  un párrafo y explicarlo, a mis primos esto no les agradaba y ya casi no acompañaban a la abuela en sus sesiones de lectura y prácticamente quedé solo. Para el caso cuando aprendí a leer correctamente puso en mis manos el libro Don Quijote de la Mancha que fuimos leyendo y entendiendo de a poquito, esa fue ni escuela del análisis de la lectura con la que logré subir mis niveles de comprensión y por ende mi facilidad para explicar lo leído.

Mi abuela fue una mujer adelantada a la época, sus métodos para enseñarnos a comprender lo leído son hoy  materia obligatoria en las universidades, lo se de buena fuente por cuento mi hijo menor se graduó en la Universidad del Zulia de una vaina rara, “Ciencia y Tecnología de la Educación” y da clases en la universidad de cosas como teoría del pensamiento, el proceso comprensivo y sus niveles, lógica y otras cosas mas que ya mi abuela aplicaba hace mas de sesenta años  en sus “círculos de lectura” GRACIAS ABUELA.

 Cuando me pusieron en la escuela las maestras se dieron cuenta de mi facilidad para estudiar, siempre sacaba excelentes notas en las materias que hoy llamaríamos de humanidades y buenas o regulares en las materias de ciencias, pero todavía no enseñaba a nadie, los estudios eran individuales. Cundo ya estaba en el básico si tenia la oportunidad de compartir con los otros estudiantes y explicarles ciertos temas, pero mi despegue como “profe” fue cuando ingresé al internado. Todo el sistema estaba planificado para funcionar en grupos, habían grupos de estudio, de trabajo, de limpieza, de guardia, para comer, para todo, hasta para bañarse, el sistema me favoreció y empecé a poner en practica mis habilidades, hacia las exposiciones, representaba a los compañeros en alguna actividad académica, desarrollé la habilidad para saber en que área podía hacerlo mejor algún integrante de mi grupo. Estos grupos permanecían juntos por un semestre, después se conformaban en otra forma y de esta manera tuve la oportunidad de trabajar con todos mis condiscípulos, casi siempre me tocó la responsabilidad de liderar los grupos sobre todo en el área de estudios y esto incidió como algo natural que me tocaran las exposiciones y todo lo relacionado con las actividades escolares.

La gran mayoría de los estudiantes eran de origen campesino y sabían bastante de las actividades propias del campo inclusive teníamos un compañero de un pueblo llamado Baranoa que nos enseño a recolectar miel de abejas silvestres. El caso es que empecé a desarrollar mis dotes de facilitador y cuando estaba en el último año me tocó con el cura Mogollón que era el profesor de literatura que cuando observó mi facilidad de palabra me dejaba a cargo de los debates y a veces me asignaba temas para que los expusiera. Este cura nos decía que la mejor forma de estudiar y acrecentar el conocimiento era enseñando a otros lo que uno sabia, Mejor dicho enseñar para aprender. Esta máxima trato de que mis alumnos la pongan en práctica y he comprobado que es una realidad al ver que muchos de ellos se alegran de estar enseñando, esta actividad es la base de mi ministerio, convertir hermanos en líderes y estudiantes en maestros.

En el ejército seguí practicando mi talento natural para enseñar. Después de terminar el periodo de instrucción militar me asignaron a la compañía de comando y servicios donde me relacioné con un capitán que no lo ascendían por mala conducta (era socialista), Este oficial tenía un caballo y como me gustaban los animales lo ayudaba a bañarlo, cepillarlo, peinarlo, le enseñe a tejerle la crin en trenzas como lo hacia en el internado mi paisano el entrenador de los caballos y cuando el capitán no estaba en el cuartel me autorizó para sacarlo de la cuadra en la caballeriza. Este oficial era muy celoso con su caballo pero me había ganado su confianza y me dejaba montarlo y cuidarlo. Esta amistad dio fruto a su tiempo.

Resulta que me había dado cuenta que en el cuartel habían soldados analfabetos y un día le dije al capitán que quería poner una escuelita para enseñar a leer y escribir a los que quisieran. Como a la semana llegó el comandante a las oficinas y les dijo a los presentes que necesitaba hablar con Vargas Johnson, me mandaron a buscar y llegué pensando que carajo había hecho para que el coronel quisiera hablar conmigo, entré a su oficina con un poco de miedo, pero me dijo “tranquilo que no pasa nada, solo quiero saber si todavía quieres poner la escuelita”, le dijo lógicamente que si, me hizo señas para que saliera, y a la hora del almuerzo se hizo el anuncio de la apertura de la escuela con el horario de 7:00 PM a 9:00PM. Empezaron a asistir como 20 soldados pero no teníamos los útiles escolares básicos como pizarrón, tizas, cartillas con el abecedario, lápices, cuadernos, lo que hice al segundo día fue llevar hojas usadas de la oficina y pedirles a las secretarias cuadernos usados que tuvieran de sus familiares y comencé a enseñar a los muchachos. Un día que el capitán me preguntó por la escuelita le comenté que no teníamos útiles.

Como era sábado me invito a que fuéramos un momento a su casa, les informo que los oficiales vivían en los predios del cuartel en unas casas que estaban habilitadas para ese fin, yo conocía a su esposa de vista pero ese día me la presentó formalmente y me dijo que le contara a ella lo que estaba haciendo en la escuelita y mis necesidades. La señora era profesora de una escuela de normalistas que quedaba en el sector, le conté todo lo que estaba haciendo y le dijo a su esposo que me llevara el lunes para su trabajo. El lunes sin falta fui con el capitán al trabajo de su esposa y allí la señora me presentó con el director de la Escuela Normal quien me regaló una buena cantidad de cuadernos y lápices.

Poco a `poco se fue incrementando la asistencia y las dos horas de clase no eran suficiente para atenderlos a todos y a cualquier hora del día me paraban los alumnos para que les corrigiera las tareas, esto era fácil lo difícil era enseñarlos a leer ya que no había un pizarrón. Ya tenia como dos meses en este plan y un domingo que estaba paseando el caballo del capitán pasé por su casa y me detuve para saludar a su esposa y se lo comenté. La escuelita seguía funcionando más o menos bien, pero me faltaban ayudantes. Un día vi llegar a unas señoras que solicitaron al coronel, las pasaron a su oficina y al rato me llamaron y el coronel me presentó como el director de la escuela de alfabetización, este coronel era costeño echador de bromas y me sorprendió con su salida, y solo atiné a decir a la orden.

Las visitantes eran las encargadas de recursos humanos de la Escuela Normal y venían a solicitar un permiso para colocar dos o tres alumnas para que hicieran las pasantías, ya el coronel les había dicho que no había problema pero que lo consultaran conmigo. Yo sabia algo sobre las pasantías porque me tocó hacerlas y les advertí que la escuelita no estaba registrada oficialmente y que no podíamos darle una certificación legal, pero  como era un proyecto personal, la Escuela podía tomarla como una colaboración o asistencia social, quedamos de acuerdo y las invitè para que asistieran en la noche a clases para que evaluaran la cantidad de personas que podían colocar y de paso me dieran algunas indicaciones de cómo podíamos hacerlo mejor.

A partir de ese momento la escuelita cogió auge, tenia cinco asistentes que se rotaban cada dos meses. Me tocaba calificar a los pasantes y el coronel me puso a firmar los certificados de asistencia que traían los muchachos, mi nombre aparecía con el titulo de Bachiller y el cargo de Director, esta era una broma del coronel que era un mamador de gallo. De  acuerdo a los comentarios de la esposa del capitán, cuando tocaba repartir las pasantías todos querían que los mandaran para mi escuelita. Ya tenia el estatus de “el profe”, así era como me trataban los pasantes. Un par de meses antes de salir del cuartel la escuelita quedó como un anexo de la Escuela Normal.

Ya aquí en Venezuela como en los años 70-72 estuve como colaborador en el Instituto Radiofónico Fe y Alegría, este trabajo lo hacia los sábados en la tarde en la Escuela Normal Nueva América en el barrio 24 de Julio de San Francisco. En la actualidad estoy trabajando en el área de instrucción en el Ministerio de Misiones y colaboro con el pastor en la coordinación de la Educación Permanente de la Escuela de Liderazgo de mi Iglesia. Poco mas o menos esta es mi experiencia como maestro, siempre ha sido gratificante, antes era una vocación que hacia con gusto y ahora como una gracia de Dios tengo el deber incondicional de enseñar la palabra de Vida.

Mis asiduos lectores tendrán a bien de perdonar la demora de mis escritos, pero he tenido problemas con el internet y la compu...

Evocación No. 18



Domingo 26 de mayo a las tres de la tarde


Les he contado que Barbuta tenía momentos de lucidez y con una claridad tal que su mente se iluminaba y dejaba salir no solo sus conocimientos sino también la bondad de su alma. Habíamos compartido momentos donde conversábamos de cosas sin importancia y otras donde me había dado consejos. Recuerdo una vez que me rasparon en un examen que me  puso en riesgo de perder el año, creo que estaba en quinto grado, yo me iba para la playa o para cualquier lugar y no entraba a clases, la maestra hizo un cuestionario para que los alumnos estudiaran las preguntas  que podían salir en el examen parcial de mitad de año, ni cuenta me di y el día del examen casi que ni nota saco. Esto me puso muy triste y nervioso, ya que si mi papá se enteraba seguro que me mataba o me desterraba para Macondo y un día se lo conté a Barbuta y su consejo fue el siguiente: Tenía que estudiar con aplicación y responsabilidad lo que faltaba de clases para poder ganar el año, dejar de ir a pescar, solo ir a bañarme a la playa los domingos, esto por un lado y por el otro yo me dispuse solo ir a Macondo cuando me tocara y asistir todos los días a la escuela. El cambio fue radical, la maestra se dio cuenta de mi interés y no me acusó con mi papá y mis notas empezaron a cambiar y pase mi año.

Yo veía a Barbuta como un amigo aunque nunca jamás pensé que él lo tomara de la misma forma, no supe leer su pentagrama, con todo que siempre que nos encontrábamos demostraba que se alegraba al verme. Ese día domingo 8 de diciembre Barbuta tuvo un gesto de amigo incondicional con mi persona que me sirvió de ejemplo a seguir durante toda la vida.

Se paró del tronco donde tranquilamente reposaba, se arrodillo al lado de la hamaca de la señora Aquilina, empezó a sacar dinero de sus bolsillos y lo ponía en el delantal de la señora al tiempo que decía poco mas o menos:”tengo dinero, lo mío es de mi amigo, tu eres mi amigo, mi dinero es tuyo”, no se callaba y repetía lo mismo una y otra vez. Entre la señora Aquilina y yo tratamos de calmarlo y cuando le pasó la agitación le dije que el  necesitaba ese dinero que lo guardara para sus gastos. Entró en un momento de  calma y me dijo; “tu eres el único amigo que tengo pero si tienes que irte hazlo, pero no lo dejes para mañana, vete hoy no sea que te enfríes y se apague tu ilusión y ya no quieras hacerlo, toma el dinero que necesites y vete”. Me puse a llorar, la señora Aquilina se puso a llorar y Barbuta seguía sacando su dinero y lo puso en el delantal de la señora Aquilina.

Tomé solo lo necesario y Barbuta siguió hablando y nos explicó: “Este dinero me lo da mi familia, no se porque lo hacen, no lo necesito, no se que hacer con el”. Le pasó su momento de lucidez y se fue a sentar otra vez en el tronco, me despedí de la señora Aquilina y abracé a Barbuta con todas mis fuerzas, estaba más sucio que nunca, pero con el corazón muy limpio,  me dirigí a la casa dispuesto a irme lo más rápido posible para Barranquilla no sea que me arrepienta como me dijo Barbuta.

Pero antes de llegar a la casa me sucedió algo, que hasta el día de hoy no se porque lo hice, si fue una revelación o un impulso de mi estado emocional o no se que cosa y fue lo siguiente: Yo estaba inscrito en un equipo juvenil  de futbol de Puerto llamado los Halcones Negros, pero como les dije antes casi no jugaba porque no vivía en el pueblo y ni entrenaba con ellos, pero me había comprado el uniforme completo y lo guardaba en  casa de mi papá, además que también me había traído el uniforme del equipo de Malambo y tenia todo doble, dos pares de zapatos , suspensorios, vendas, medias tobilleras en fin de todo.

A una cuadra de mi casa vivía un muchacho de apellido Peñate y lo encontré en la puerta de su casa hablando con otro al que le decíamos “Chunga” que jugaban en el equipo, me detuve a saludarlos y me preguntaron que si iba a ir al campo ya que ese día teníamos juego,  y enseguida se me `prendió el bombillo, les dije que no pero que me esperaran un momento que les iba a regalar una vaina, llegue a la casa, acomodé toda mi ropa en mi maletín y en una bolsa metí todos los útiles que tenia para la practica del futbol, parecía que ya sabia que no los iba a utilizar mas. Me despedí del mudo y me devolví por la calle que casi nunca pasaba, no fui por la casa de mi abuela para despedirme de los primos ni de nadie de la familia, los muchachos me  estaban esperando, les di la bolsa y solo les dije repártanse esos uniformes,  y me fui como escondido para la plaza, digo escondido porque nadie me  vio ir, me monté en el bus frente al cine,  y tampoco vi a alguien conocido, no pasaba por mi mente que me iba a ausentar de la familia y de mi pueblo por tanto tiempo.

Llegué a Barranquilla, la plaza de San Nicolás estaba solitaria, era domingo, y solo se veía  la gente que venia de Puerto ya que ahí quedaba la parada de los buses, me tome un guarapo de panela con  limón y una empanada para amortiguar el hambre ya que era la hora de la cena y con mi maletín al hombre me fui para Carrizal que era el barrio donde vivían Adalberto con mi hermano y mi hermana que estaba arrimada en la casa de la suegra. La intensión era quedarme a dormir donde Adalberto, pero resulta que se había ido para un pueblo a predicar (era testigo de Jehová), y regresaba el lunes. No me quedó mas remedio que irme donde mi hermana para pedirle que hablara con la suegra para que me dieran un alojo por esa noche. Me di cuenta que no me quisieron recibir, una de las cuñadas de mi hermana llamada María me ofreció, para que durmiera, una mecedora en el patio de la casa, que según ella era donde dormía su papá cuando llegaba borracho, que era todos los días. Ya tarde en la noche cerraron la casa y me quedé en el patio sentado sin poder dormir por los mosquitos que me iban a sacar volando y me tenían sordo con los zumbidos. Esos patios eran inseguros los ladrones se metían a robarse todo lo que dejaban afuera, no se porque carajo no se habían robado la mierda mecedora que hasta rota estaba y se iba de lado. Ya estaba dormitando cuando sentí un ruido en el patio, bueno como dijo María, era su papá que venia borracho a dormir en la mecedora. Yo lo conocía porque mi papá lo metió preso junto con el jefe por estar peleando y me tocó llevarles el almuerzo a la policía.

El asunto fue que le di la mecedora para que durmiera y yo me quedé sentado en un taburete que arrecostè a la pared, puse los pies en una mesa y me quedé dormido, un rato mas tarde se hizo de día, me lavé la cara me enjuagué  la boca y me salí para la calle dispuesto a irme para Malambo. Como a una cuadra quedaba una choza o tienda que se llamaba o se llama el Paseo Bolívar, vendían empanadas y me compre tres con un refresco y me desayuné, como no tenía  apuro para llegar a ninguna parte, ya que la idea original era irme para Malambo y podía llegar a cualquier hora, además también tenia la invitación de mi paisano  el entrenador de los caballos que me ofreció hospedaje mientras conseguía que hacer, estas dos ideas las tenia en la mente y como para madurarlas me fui caminando por toda la ruta de los buses. Caminé como tres cuadras, despacio, por la sombrita y cuando llegue a la altura de la policía, encontré un grupo de gente, mejor dicho jóvenes y que se iban a alistarse voluntariamente para servir  en el ejército.

Todavía era temprano y no habían llegado los encargados de hacer este operativo y me quedé ahí parado pendiente que era lo que iban a hacer. Cuando llegaron los del ejercito nos reunieron en el patio de la policía y nos explicaron que los que se fueran voluntarios, los mandaban para Medellín, pero solo teníamos la oportunidad  ese día, porque para el miércoles ya estábamos viajando y después  venia la recluta y los iban a llevar para los Llanos de Casanare. Los que querían se podían quedar enseguida o podíamos ir para la casa, hablar con la familia y volver, yo estaba indeciso pero cuando un cabo me preguntó que cuantos años tenia le dije sin vacilar que 18, entonces me dijo “no parece, si te quieres ir tienes que venir con tu representante”. Varios muchachos nos salimos de la policía y que casualidad, cuando estaba en el frente sin saber que hacer, desde un autobús me gritaron “Walter”, era Adalberto con mi hermano  que estaba regresando de predicar, les hice señas y me fui detrás del bus.

Me estaban esperando en la esquina del Paseo Bolívar y nos fuimos para su casa, a ellos les hacia los oficios la hermana Rita pero como ella no dormía en  la casa y además era domingo la encontré cerrada  Adalberto era un señor que siempre estaba pendiente de las cosas, y tuve que contarle mis planes de irme para Malambo mientras conseguía que  hacer. Como él era comerciante me propuso que me quedara viviendo en su casa y lo ayudara en el puesto de ropa que tenia en el centro, ya anteriormente  lo había hecho y no me gustaba ese trabajo de estar todo el día parado detrás de una mesa esperando que alguien llegue a comprar una camisa o un pantalón. Almorzamos y al rato le comenté lo del ejército y me dijo que la idea no era tan mala, pero que viera que yo estaba muy joven y a lo mejor iba a pasar trabajo.

Nos quedamos hablando un rato más, y entonces me salió pedirle el favor que me sirviera de representante con el siguiente compromiso, si no me aceptaban en el ejercito me quedaba  trabajando con ellos. Yo sabia que me iban a dejar, me puse la ropa más vieja que tenía y nos fuimos preparados para el local de la policía. Cuando llegamos ya no habían personas para alistarse, solo estaba un teniente y el medico, me tomaron los datos y cuando me preguntaron la edad, no vacilé y les dije tranquilito 18, el medico me estaba examinando y dijo “está bueno”, el teniente le pregunto a Adalberto por su parentesco y dijo la pura verdad, “soy su padrastro”, “firme aquí le dijo el teniente, despídanse y mañana lo puede visitar en la vía 40 en el destacamento de la marina”. Adalberto me prometió que al otro día me iba a llevar unos útiles de aseo personal y se fue para su casa, me pasaron para el patio y ya había como 20 muchachos. Nos trasladaron en un camión para la base de la marina y al otro día nos hicieron bañar, nos pelaron y nos dieron un uniforme, unas gomas y una pequeña tula donde  guardé las cosas que me llevó Adalberto.

En ese lugar donde estábamos concentrados hicieron un acto simbólico que ellos llamaban “la quema de los tiempos viejos” el cual consistía en quemar toda la ropa que traíamos puesta, nos reunieron en un solar a la orilla del rio y cada uno de nosotros arrojaba a la fogata todo lo que trajo puesto. Un teniente nos dijo algo como que quemando la ropa quemábamos todo lo que nos ataba a la vida civil ya que ahora éramos militares.

Nos llevaron al comedor para desayunar y después recibimos la visita de los familiares, todo el día estuvieron entrando y saliendo personas,  ahí me encontré con unos muchachos de Puerto, le pedí el favor al papá de uno de ellos que le dijera al viejo Euclides que me iba para Medellín a pagar el servicio, era diez de diciembre el día que cumplía mi papá.

Cuando estábamos en la quemazón de la ropa, tenia sentimientos difíciles de explicar, por un lado me daba cierta cosa  irme y dejar el contacto con la familia, y por otro me sentía tranquilo porque sabia que la lejanía no me iba a pegar. La base principal de mi fácil adaptación a la vida en el ejército era la experiencia que adquirí en el internado, donde  vivía solo, me valía por mi mismo esto en el aspecto económico, en lo emocional ya no sufría de nostalgia, había bajado de mis hombros ese arraigo del lugar de donde naces y en cuanto a los sentimientos, estaba claro que aunque tenía a mis padres vivos no podía contar completamente con ellos, teniendo la seguridad que realmente me querían pero cada quien a su manera y lo demostraban de forma diferente. Ahora se que no era culpa de ellos, ya que sufrieron cuando niños las mismas ausencias que sufrí y pienso que su despego lo veían como algo natural o normal aunque para mi era frustrante e incomprensible. Bueno dejo esta reflexión hasta aquí porque ya tengo ganas de llorar, no por mi sino por ellos, no tengo nada que reprocharles ni perdonarles, cualquier resentimiento es cosa del pasado  y enterrado está, si estuvieran vivos seguro que les preguntaría como fue su vida de niños y pedirles perdón por dudar de su amor.

El día once de diciembre de 1958 nos despertaron a las cuatro de la mañana, nos dieron un desayuno, unos alimentos enlatados con la indicación de no comer nada hasta que nos dieran la orden, nos montaron en cuatro camiones, éramos cien muchachos, y salimos hacia Medellín.

Este viaje fue algo peculiar, lo primero que tengo que resaltar era el llanto corrido de unos muchachos que salieron llorando de Barranquilla y llegaron llorando a Medellín, yo los miraba y en ese momento no entendía el porque de esa angustia. Menos mal que entre mis compañeros de viaje solo había uno que no paraba de llorar y ya no le hacíamos caso y poco a poco se fue calmando, en el trayecto del viaje hablamos un poco y me confesó que estaba triste porque tenia una hija pequeñita, este muchacho era de apellido Barranco y fue uno de mis favorecidos en el trabajo que me tocó en el ejercito.

Durante el viaje traíamos un desorden en el camión y como íbamos de primero hacíamos que el chofer parara a cada momento para comprar frutas y comida que vendían por la carretera, el jefe de la comisión era un capitán que no se molestaba por eso y lo que hacia era apurarnos para continuar el viaje, yo me sentía que iba en una excursión o en un viaje para Macando, realmente iba tranquilo, sin ningún tipo de preocupación, lo que me decía era que si otros lo pueden hacer yo también puedo prestar el servicio.

Como a las cinco de la tarde entre oscuro y claro llegamos a un pueblito y nos bajamos para comer algo de las latas que llevábamos de dotación, el capitán estuvo hablando con unos agentes de la policía y nos llevaron a pie para una escuelita rural a las orillas del pueblo, la escuelita solo tenia dos salones y ahí nos acomodamos para pasar la noche. Siempre he sido buen observador y me di cuenta que prepararon una guardia o centinelas entre los soldados que nos acompañaban y los agentes de policía del pueblo. Hacia mucho frio y nos dieron unas cobijas, cuando llegó la hora de dormir me fui hecho el loco para el rincón mas alejado de la puerta y ahí me quede dormido de un solo tirón hasta el otro día  que tuvieron que despertarme. El motivo de haber pernoctado en ese lugar fue que los policías le informaron al capitán que habían avistado un grupo de guerrilleros el día anterior y era peligroso seguir el viaje de noche.

Cuando llegamos a la placita del pueblo a montarnos en los camiones conseguimos los pasajeros de  tres autobuses  que también tuvieron que pasar la noche en el lugar. Los habitantes del pueblo sacaron comida para la  venta y ahí estuvimos hasta que toda la gente estuvo  lista y salimos en caravana los tres buses y los cuatro camiones. Los autobuses nos dejaron rápidamente atrás, la camioneta que nos servía de escolta también se fue y que para avisar nuestra llegada al cuartel. Paramos un rato y nos dieron la orden de comernos todo lo que llevábamos de viandas enlatadas o regalárselas a los muchachos que estaban en el lugar, después me informe  que era una pequeña ciudad llamada Bello muy cerca de Medellín y que con el tiempo pude visitar ya que era un lugar turístico.

Llegamos al cuartel como a las cinco de la tarde y lo primero que hicimos fue pasar por la intendencia o suministros donde nos dieron la dotación de uniformes,   nos hicieron bañar y la ropa que traíamos la llevamos a la lavandería, estaba tranquilo pero seguían unos llorando, cuando terminamos de hacer todas estas cosa ya era de noche, cenamos y a dormir con la tula como almohada para que no te fueran a robar los uniformes, que fue lo primero que nos advirtieron. Habían unas literas de tres pisos y rápidamente me monté en la cama de arriba, me enrollé con la cobija y dormí con botas y todo, el miedo que tenía era que me robaran mis pertenencias, en el internado a veces se perdía algo y nunca aparecía el ladrón, nunca tuve que lamentar una perdida a no ser un par de medias que no se que pasó con ellas, si se perdieron o se fueron caminando.

De mi paso por el ejército podría escribir un libro, le pondría como titulo “Relatos de un orientador militar sin rumbo” pero solo me limitaré a eventos que me sucedieron y a ciertos aspectos de lo esencial que  permitieron que mi permanencia en ese lugar fuera lo mas tranquila y agradable posible los cuales les relataré mas adelante.