Lunes 04 de
Marzo como a las nueve de la noche.
Después de hacer
mis diarios y religiosos deberes de la mañana me puse a bañar al perro de la
casa que aparentemente los dueños son P
y P (Pedro y Paula, el hijo y la yerna), ellos son los dueños porque trajeron
al perro a la casa, un cruce de gran danés con dálmata, pero a la hora de sacarlo
a pasear, darle la comida y bañarlo el asunto cambia y me toca hacerlo, ya que
sino es así, el perro se estresa, se muere de hambre, o se lo comen vivo las
pulgas y las garrapatas.
Bañando al perro
me acorde de mi papá. Como les conté anteriormente el patio de mi casa era
grandísimo y no solamente había un perro, sino también unos cochinos, y para el
trabajo del monte o de Macondo, papá tenia un burro y un caballo. El perro que por
su color se llamaba canelo, lo bañaba regularmente mi madrasta. (Mis padres se
separaron cuando yo tenía como cinco años). Al burro, al caballo y los cochinos
los atendía un señor sordomudo que trabajaba en la casa.
Una de las
obligaciones de este señor era ir todos los días al monte a buscar la leche de
unas vacas de mi papá. Un señor que allá vivía y trabajaba para papá, ordeñaba
las vacas y hacia las labores usuales del campo, como sembrar, cortar matas,
reparar la cerca, etc.
Pero ahora viene
lo bueno, resulta que cuando me castigaban, me tocaba bañar al perro, a los
cochinos, al burro y al caballo, darles la comida, barrer y recoger sus
excrementos, barrer la basura del patio y recogerla y cuando ya estuve lo
suficientemente grande, también me tocaba ir al monte a buscar la leche.
Cuando ya tenía
como doce años empecé a tomarle el gusto de ir al monte a buscar la leche. El
señor que trabaja en la casa me ensillaba el burro, le acomodaba los calambucos
que era como se le decía a los cantaros donde se echaba la leche me montaba y viaje. Era como una hora que me
tardaba en llegar al monte, salía como a las seis y regresaba a la casa como a
las ocho con el tiempo justo para irme a la escuela.
Les digo que me
gustaba ir al monte bien temprano, ya que disfrutaba de la naturaleza, la
salida del sol, los pájaros cantando y en las pequeñas haciendas por las que
pasaba, la actividad de los trabajadores, recogiendo los becerros, era un
recorrido fantástico. Había una señora que su marido trabajaba como conuquero
(esta era una modalidad como de cooperativa donde el dueño ponía la tierra y el
agricultor la mano de obra y después repartían las ganancias, en las tierras de
papá también usaban este método), en una de esas pequeñas hacienda había una
señora que vivía a la orilla del camino y siempre que pasaba me brindaba
servida en una totumita un cafecito negro endulzado con panela. (La panela me
recuerda a mi abuela).
Estaba pequeño,
pero ya me gustaba el café con ese sabor tan diferente al que hacían en casa,
de seguro que era por la panela. Cuando llegaba al monte la señora Josefa ya me
tenia listo el desayuno que invariablemente era un par de arepas con huevos
revueltos y café con leche, con leche de vaca, y si llegaba cuando todavía
estaban ordeñando, me iba corriendo al corral con una totuma que el señor
Víctor me llenaba con una leche que hacia espuma, sabrosa.
Esta pareja
tenia muchos hijos, pero todos no vivían con ellos en el monte, solo los mas
pequeños y los mas grandes en otro pueblo con sus familias, unos estudiando y
otros trabajando. Conocí un día al hijo mayor que ya era un señor trabajando en
un jagüey que mi papá estaba haciendo en el monte. (El jagüey es como una
piscina grande pero sin paredes de bloque que pueda ser alimentada con agua de
un pequeño cauce ya sea este continuo o esporádico).
Un día estaban
hablando en mi casa de la cosecha de patilla que se iba a recoger y salió a
relucir la cantidad de hijos que tenía esta pareja y mi papá dijo: “A ellos les
sobra el tiempo para hacer muchachos” yo no entendí nada o no presté atención
al asunto, solo llegue a entender un tiempo después de que estaban hablando
Pero bueno me
desvié un poco del tema. Entiendo a mi papá cuando me obligaba a hacer todos
esos trabajos en forma de castigo, ya que lo que realmente me estaba dando era una lección de buena conducta
y responsabilidad de la que adolecen la gran mayoría de los jóvenes de hoy.
Nosotros los padres somos los responsables de las actitudes negativas de
nuestros hijos ya que caemos en la nefasta idea de que mientras mas los
consientes mas lo queremos y que mientras mas gustos les damos somos mejores
padres. Que gran equivocación.
Nuestro Padre
Celestial también nos da todo lo que necesitemos, pero nos toca hacer nuestra
parte para merecerlo. Que nuestros hijos se hagan merecedores de todo aquello
que les demos.
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