sábado, 9 de marzo de 2013

Evocación No. 8



Lunes 04 de Marzo como a las nueve de la noche.
 
Después de hacer mis diarios y religiosos deberes de la mañana me puse a bañar al perro de la casa  que aparentemente los dueños son P y P (Pedro y Paula, el hijo y la yerna), ellos son los dueños porque trajeron al perro a la casa, un cruce de gran danés con dálmata, pero a la hora de sacarlo a pasear, darle la comida y bañarlo el asunto cambia y me toca hacerlo, ya que sino es así, el perro se estresa, se muere de hambre, o se lo comen vivo las pulgas y las garrapatas.

Bañando al perro me acorde de mi papá. Como les conté anteriormente el patio de mi casa era grandísimo y no solamente había un perro, sino también unos cochinos, y para el trabajo del monte o de Macondo, papá tenia un burro y un caballo. El perro que por su color se llamaba canelo, lo bañaba regularmente mi madrasta. (Mis padres se separaron cuando yo tenía como cinco años). Al burro, al caballo y los cochinos los atendía un señor sordomudo que trabajaba en la casa.

Una de las obligaciones de este señor era ir todos los días al monte a buscar la leche de unas vacas de mi papá. Un señor que allá vivía y trabajaba para papá, ordeñaba las vacas y hacia las labores usuales del campo, como sembrar, cortar matas, reparar la cerca, etc.

Pero ahora viene lo bueno, resulta que cuando me castigaban, me tocaba bañar al perro, a los cochinos, al burro y al caballo, darles la comida, barrer y recoger sus excrementos, barrer la basura del patio y recogerla y cuando ya estuve lo suficientemente grande, también me tocaba ir al monte a buscar la leche.

Cuando ya tenía como doce años empecé a tomarle el gusto de ir al monte a buscar la leche. El señor que trabaja en la casa me ensillaba el burro, le acomodaba los calambucos que era como se le decía a los cantaros donde se echaba la leche  me montaba y viaje. Era como una hora que me tardaba en llegar al monte, salía como a las seis y regresaba a la casa como a las ocho con el tiempo justo para irme a la escuela.

Les digo que me gustaba ir al monte bien temprano, ya que disfrutaba de la naturaleza, la salida del sol, los pájaros cantando y en las pequeñas haciendas por las que pasaba, la actividad de los trabajadores, recogiendo los becerros, era un recorrido fantástico. Había una señora que su marido trabajaba como conuquero (esta era una modalidad como de cooperativa donde el dueño ponía la tierra y el agricultor la mano de obra y después repartían las ganancias, en las tierras de papá también usaban este método), en una de esas pequeñas hacienda había una señora que vivía a la orilla del camino y siempre que pasaba me brindaba servida en una totumita un cafecito negro endulzado con panela. (La panela me recuerda a mi abuela).

Estaba pequeño, pero ya me gustaba el café con ese sabor tan diferente al que hacían en casa, de seguro que era por la panela. Cuando llegaba al monte la señora Josefa ya me tenia listo el desayuno que invariablemente era un par de arepas con huevos revueltos y café con leche, con leche de vaca, y si llegaba cuando todavía estaban ordeñando, me iba corriendo al corral con una totuma que el señor Víctor me llenaba con una leche que hacia espuma, sabrosa.

Esta pareja tenia muchos hijos, pero todos no vivían con ellos en el monte, solo los mas pequeños y los mas grandes en otro pueblo con sus familias, unos estudiando y otros trabajando. Conocí un día al hijo mayor que ya era un señor trabajando en un jagüey que mi papá estaba haciendo en el monte. (El jagüey es como una piscina grande pero sin paredes de bloque que pueda ser alimentada con agua de un pequeño cauce ya sea este continuo o esporádico).

Un día estaban hablando en mi casa de la cosecha de patilla que se iba a recoger y salió a relucir la cantidad de hijos que tenía esta pareja y mi papá dijo: “A ellos les sobra el tiempo para hacer muchachos” yo no entendí nada o no presté atención al asunto, solo llegue a entender un tiempo después de que estaban hablando

Pero bueno me desvié un poco del tema. Entiendo a mi papá cuando me obligaba a hacer todos esos trabajos en forma de castigo, ya que lo que realmente me  estaba dando era una lección de buena conducta y responsabilidad de la que adolecen la gran mayoría de los jóvenes de hoy. Nosotros los padres somos los responsables de las actitudes negativas de nuestros hijos ya que caemos en la nefasta idea de que mientras mas los consientes mas lo queremos y que mientras mas gustos les damos somos mejores padres. Que gran equivocación.

Nuestro Padre Celestial también nos da todo lo que necesitemos, pero nos toca hacer nuestra parte para merecerlo. Que nuestros hijos se hagan merecedores de todo aquello que les demos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario