Sábado seis de
Abril como a las tres de la tarde
Evocación No. 12
Evocación No. 12
Les dije en
evocaciones anteriores que lo importante no solo era tener recuerdos, sino que
estos sean gratos, reconfortantes, porque los recuerdos ingratos siempre nos
perseguirán como lo hacia el perro canelo con
las iguanas y los conejos cuando lo dejaba que me acompañara a Macondo.
Por cierto el día que casi me mata el burro, canelo también venia corriendo
detrás de nosotros ladrando como un loco.
Los hechos que
nos hicieron daño o nos perturbaron en el pasado, ahora en forma de recuerdos, nos perseguirán ladrando y si tenemos temor,
nos morderán en lo mas intimo de nuestros sentimientos y emociones y al hacerlo,
tendrán la posibilidad de abrir viejas heridas, lastimarnos nuevamente, de hincar muy hondo sus colmillos
y sacarnos sangre que como raíces de amargura o falta de perdón brotaran de lo
mas profundo de nuestro ser.
Yo hice todo lo
posible para que los conflictos que se originaron en mi niñez por la falta de
fraternidad o relación con mis padres, no me afectaran ni marcaran mi vida. Estoy
seguro que logré este cometido y hoy me siento sin ataduras, libre de
resentimientos y se que esto se lo debo a mi abuela que supo guiarme con sus
consejos, supo consolarme en los momentos de tristeza y supo acompañarme en mis
momentos de soledad. Y algo que jamás olvidaré fue lo que me dijo un día que llegue llorando a meterme entre
sus faldas. “el dolor de los golpes a ti
te pasaran, pero a ella, el remordimiento jamás le pasará”. Se refería a Racha,
mi madrasta.
Un día que no me
acuerdo cual, estábamos los seis huérfanos en el cuarto de mi abuela, mis tres
primos, hijos de mi tío Pedro, mis dos hermanas y yo sentados en el suelo
alrededor de la abuela, que desde su mecedora vieja trataba de consolarnos,
recuerdo bien que le traje un cuchillo de la cocina, partió una panela y nos
fue dando un pedacito a cada uno. No se porque estaban tristes mis primos, creo
que era que su papá tenia tiempo que no venia a visitarlos y nosotros
llorábamos porque no nos habían dado almuerzo. Este era un castigo que a mi no
me importaba mucho, pero a mis hermanas si le pegaba.”Que fatalidad es no tener
madre”, esa fue la sentencia de mi abuela, claro nosotros si teníamos pero no
estaba presente.
Estoy
escribiendo mis memorias, no las de mi familia, no la visión personal de mis
hermanas o de mi hermano que es diferente a la mía, ya que si omito hablar de circunstancias
por las que pasaron, es sencillamente
que no puedo hablar de algo que es personal y que cada quien interpretará a su manera. Les estoy hablando de mis
hermanos de parte de madre, porque los que tengo de parte de mi papá no tuve
mayor relación con ellos cuando estaba niño, solo me acuerdo que el mayor de
ellos, Eduardo, estudió en el mismo colegio que yo lo hacia y cuando los vi
nuevamente ya eran unos hombres y mujeres, inclusive casados y con hijos. Ellos
no tuvieron nada que ver con las cosas que buenas o malas que me hubieren
pasado.
Después de estas
aclaratorias retomaré el hilo de lo que les venia contando, estaba pequeño y
vivía mas tiempo con mi papá, me acuerdo de haber estado con mi mama el día que
mataron a Gaitán, ya tenia seis años y me acuerdo como si fuera el día de hoy,
todavía no estaba en la escuela, pero ya sabia leer y escribir y hacia las cuatro operaciones que me
lo había enseñado mi abuela. Cuando tuve los siete años me inscribieron en la
escuela, me hicieron un examen y me pudieron en tercer grado, Salí de la
escuela a los diez, del básico a los trece y del bachillerato a los dieciséis.
Siempre fui el mas pequeño y el menor en las aulas de clase.
Por el hecho de
estudiar en el pueblo, pasé mas tiempo con mi papá y estaba con mi mama solo en
las vacaciones y en uno que otro fin de semana largo. Como mi papá tenia sus
influencias me consiguió una beca en un instituto, ya allí estudiaba mi primo
Paul, que aunque me llevaba como siete años éramos muy amigos, compañeros de
sufrimientos y correrías, además socios
en la caza de pájaros. Cuando llegue a estudiar el primo estaba en el último
año y cuando salió me regalo unos libros que me sirvieron bastante en los
estudios.
Después que me
fui a estudiar interno, prácticamente perdí el contacto con mis padres, ya se
había venido mi mamá para Venezuela y casi no iba al pueblo y cuando lo hacia
no iba a Macondo, me pasaba el día entre la casa de mi abuela y la casa de
Micaela y Cheche y siempre almorzaba con la señora Aquilina. Ya para esa época
me hacia algún dinerito para mis gastos. Tenia mis maneras de conseguirlo, por
ejemplo: si un alumno no podía o no quería hacer la guardia del fin de semana,
yo la hacia por un precio, además tenía con el primo Paul el negocio de los pájaros.
Otra que hacia era irme los sábados para donde Adalberto, que vivía con mi
hermanito en un barrio que se llama Carrizal, este era el esposo de mi mama, lo ayudaba en un negocio donde vendía ropa en
un sector algo parecido al callejón de los pobres, a veces abríamos el domingo y después de almorzar me
daba dinero y me iba para el colegio.
Si no tenia
ningún plan me quedaba en el internado estudiando, o me iba para la casa de
algún alumno y pasaba el fin de semana con su familia, o como jugaba un poco al
futbol me metí en un equipo del pueblo donde estaba el colegio y me iba a la
casa del dueño y ahí pasaba el domingo, jugando o entrenando. Lo mismo hice con
un equipo de Puerto que se llamaba Los Halcones, pero como no estaba integrado
al grupo y no entrenaba con ellos, no me daban muchas oportunidades para jugar. Ya me sentía autónomo, me había independizado,
tomaba mis propias decisiones.
Tengo entendido
que a mis hermanas les pasó algo parecido. La mayor no era hija de mi mama, no
estudiaba , trabajaba en una casa de familia y se quiso casar con un negrito,
mi papá no le aceptó el novio y al tener la mayoría de edad sacó sus documentos
y se fue para .los EEUU, no supe mas nunca de su vida y creo que mi papá
tampoco.
Después venían
las dos hijas de mi mamá, ambas están aquí en Venezuela con sus hijos y sus
nietos, la mayor tiene una casa que se llama Macondo. La otra tiene un problema
perenne con mi persona, cada vez que
cumplo años, tengo que preguntarle a ella cual es su edad, no me la puedo pasar
porque es dos años mayor que yo. Ya tengo setenta, pero ella dice que tiene
sesenta, por lo tanto resto dos años y mi edad nominal son cincuenta y ocho. De
mis recuerdos de niño no tengo casi nada que contarles de mis hermanas ni de mi
de mi hermano.
A mi mamá le
dejé en un diciembre esperando que me pariera, pero es hora que sepamos algo de
como es que yo la recuerdo. Mamá era linda y siempre que estuve con ella nunca
la vi desarreglada. Tampoco tengo memoria de recordarla viviendo con mi papá y
cuando le pregunté a mi abuela solo me respondió que un día que mi papá se fue
a trabajar nos vistió a los tres y se fue para Barranquilla a vivir con tía
María, yo no me acuerdo de eso, creo que mi hermana mayor si se acuerda.
Tampoco se porque se separaron y no quiero averiguarlo.
Para poder
organizar esta evocación tengo que contarles de mi mamá. La mama de mi mama, o
sea mi abuela, era una señora del interior de la república, de Honda, Tolima y
por allá tuvo dos hijas, tía María y mi mamá, no la conocí, murió en Cartagena
en un sanatorio llamado Caño de Loro se llamaba Angélica Flores. En este punto
les hago la aclaratoria que cuando digo que mi abuela me dijo o hizo algo me
refiero a la mamá de mi papá que fue realmente la única abuela que tuve.
No se que edad
tendría mi mama cuando llegó con mi abuela al pueblo. No lo he dicho antes, pero yo nací en Puerto Colombia, que
para la época era el puerto marítimo mas importante de Colombia, mi abuela
Angélica conoció a un marino ingles
llamado Arthur Johnson, y se metió a vivir con él. Este señor pasaba un tiempo en Puerto viviendo con
la abuela y sus hijas y otro en el exterior cuando se embarcaba, casi siempre
sus viajes eran para EEUU. Supuestamente el se iba a quedar definitivamente en
Puerto, no se si se casó con mi abuela, pero le puso su apellido a sus hijas,
que era una modalidad de esos tiempos, no se porque.
El caso es que
mi abuela ya había presentado a las hijas con su apellido de soltera por allá
en el interior y también las presentó
con el apellido Johnson en Puerto. Por lo consiguiente ahora eran Johnson
Flores. El viejo Arthur Johnson estuvo un par de años seguidos viviendo en
Puerto con la abuela y un día se embarcó con destino a Londres y todavía lo
están esperando. Con el tiempo la abuela se metió a vivir con un cachaco de
apellido Gutiérrez y tuvo otra hija
llamada Zaturia, ella estuvo viviendo un tiempo en Puerto, y cuando yo tenia
como 14 años se mudó para Barranquilla y
después se fue a vivir a los EEUU a New York. De sus hijos varones. el mayor
nació el 9 de abril y le pusieron Jorge Eliecer, el otro se llama Manuel como
su padre, estos dos muchachos se criaron por allá, Manuelito se metió el
ejercito y estando destacado en Alemania lo asignaron para combatir en la
guerra que se llamó “Tormenta del Desierto” se fugo, igual que muchos, y se
vino para Puerto con su esposa y un hijo, allí vivió un tiempo y se fue para
los EEUU cuando prescribió el delito de deserción que creo que allá dura 10
años. Para subsistir daba clases de ingles en colegios privados.
Tía Zaturia y su esposo Manuel cuando les llegó
la edad se jubilaron y se fueron a vivir a Miami en una urbanización construida
especialmente para jubilados. Tía era diabética y murió de eso, no quiso que la
enterraran sino que la cremaran y mandaran las cenizas para Puerto, así lo
hicieron, pero el tío Manuel cargaba con la botella de las cenizas para todos
lados, pero como era un borracho un día agarró
una de llorito y no supo donde quedó tía Zaturia. Aquí en Venezuela vive una de
sus hijas por los lados de la Limpia. Como pueden ver esta hermana de mi mamá
era la menor y tenía otro apellido.
Mas adelante
cuando esté con humor fraterno les contaré el rollo de los apellidos de mi
familia, es un tremendo enredo y trataré de desenredarlo.
La hermana mayor
de mi mamá se llamaba Herminda, pero le decíamos tía María. Pasaba mucho más
tiempo con tía María que con mi mamá. Esta era una señora que le gustaban los
negocios y viajaba mucho y a mi me encantaban las aventuras. El primer día que
la vi llegar de un viaje por la zona bananera, trajo plátanos, bollos, queso,
sueros, un monito tití y otras cosas que
ya ni me acuerdo. Quedé impactado con mi tía. Tengo una hija que vive en el Placer aquí en San Francisco
que se parece a ella, no solamente en el físico sino también por sus aptitudes.
La mercancía que tía llevaba para vender consistía mas que todo en ropa y uno
que otro encargo que le hacían. Desde ese día cuando mis vacaciones coincidían
con sus viajes, la acompañaba.
Esos viajes eran
toda una aventura, salíamos en la noche de Barranquilla en una piragua que
atravesaba una extensión de agua llamada Ciénaga Grande. Esta ciénaga la
formaban las aguas del mar Caribe que entraba por su lado norte y por las
inundaciones del rio magdalena que interconectaba las lagunas por su lado
occidental, navegábamos toda la noche y en la mañana llegábamos a una ciudad
llamada Ciénaga, que era donde vivía mi tío Pedro. En esta ciudad se montaba
uno en un tren que pasaba por todos esos pueblos que tiempo después nombrara
Gabriel García Márquez en sus novelas.
Era emocionante
bajarse en esos pueblos con todo el equipaje que tía cargaba, me acuerdo del nombre de uno que era donde tía, después de vender
toda su mercancía, pasaba unos días donde unas amigas, sacaba sus cuentas e
invertía en mercancía para llevar para barranquilla, este pequeña pueblo se
llama Aracataca, que concidencialmente es el pueblo donde nació “El gabo”,
estoy hablando de los años 52 al 55 y ya él no estaba por ahí, y todavía no era
famoso, leí su novela cien años de soledad como en el año 70. Tengo entendido
que este pueblo en la actualidad es un
sitio turístico por excelencia
Al bajarnos del
tren lo primero que hacíamos era buscar un lugar para alojarnos, aunque casi
siempre lo hacíamos en las casas de los amigos que tía tenia por esos pueblos.
En cada pueblito o caserío estábamos dos o tres días, tía era una comerciante
sagaz, vendía, compraba e intercambiaba. Y así nos íbamos de pueblo en pueblo,
en tren, en camiones, jeep, buses, carros de mula y hasta en burros, comíamos
cualquier cosa y dormíamos en cualquier lugar, por los caminos había mucho
guineo y te podías comer los que quisieras porque el guineo maduro se perdía.
Eran unos días difíciles de olvidar. Los empleados de la compañía bananera
pasaban con unas carretas tiradas por unos tractores recogiendo el banano, lo
lavaban, lo empacaban y lo montaban en unos trenes larguísimos como de cien
vagones cada uno, que llegaban a Santa Marta donde lo metían en barcos rumbo a
los EEUU. Que vacaciones tan buenas pasaba con tía María.
Estos viajes
duraban de tres a cuatro semanas ya que
todo dependía de la cantidad de mercancía que llevara tía y cuando ya le
quedaba poca y no valía la pena seguir viajando se la dejaba a alguna conocida
a bajo precio para que la vendiera y se ganara algo o la cambiaba por otras
cosas.
Cuando veníamos
de regreso siempre llegábamos a Aracataca, era un pueblo grande y de mucho
comercio según decía tía María, aunque yo no lo veía de esa manera, mas bien me
parecía un pueblo solo y casi muerto, comparado con Puerto que era un pueblo
con vida. Yo lo que creo ahora es que tía María le veía mas facilidad para la clase de negocio que
ella hacia, porque un día me dijo que ese pueblo estaba lejos pero cerca, hasta
ahorita que estoy escribiendo es que le entendí su filosofía de lo lejos pero
cerca para hacer negocios.
Allí en
Aracataca tía invertía en su negocio comprando gallinas, pavos, patos,
cochinos, cabras, sombreros (que ahora se han hecho muy famosos en Colombia), y
todo lo que se pudiera llevar, bueno ella sabia su negocio y a mi solo me tocaba
ayudarla cuidando y cargando. En la noche acomodábamos el equipaje y la carga o
mercancía, en la mañana temprano cargábamos todo en el tren, a media mañana
llegábamos a Santa Marta, tía alquilaba una carreta y nos íbamos al mercado y
le vendía la mayoría de su mercancía a los revendedores, a media tarde nos
íbamos al terminal con la mercancía que le quedara y arrancábamos en el tren
para Ciénaga, ya en la noche nos embarcábamos en la piragua que nos llevaba
para Barranquilla a donde llegábamos en la mañana. Apenas me montaba en la
piragua y me recostaba en cualquier lado me quedaba rendido inmediatamente,
cansado pero feliz, contento y con ganas de volver.
Con todo y que tía
María era una mujer estricta con los muchachos, no tuvo hijos y por nada regañaba,
jamás tuve problemas con ella ni de niño ni de viejo, la obedecía en todo lo
que mandaba sin replicar, no le pedía ni comida ni descanso, además ya estaba
acostumbrado a pasar trabajo y estos viajes eran diversión.
Mi trabajo
consistía en cuidar los equipajes y la mercancía, ayudarla a cargar y
descargar, estábamos en movimiento constante y a veces me decía vamos a armar
un ventorrillo. Primero buscaba un lugar apropiado cerca de una plaza o de un
mercado, que tuviera sombra, tendíamos unas lonas en el suelo y ponía su
mercancía a la venta, zapatos, camisas,
pantalones y ropa de mujer, también llevaba perfumes, pero estos los ofrecía en
las casas, ese era como un día de descanso, pasábamos el día tranquilo
esperando los clientes, en la tarde recogíamos y nos íbamos al lugar donde
estábamos alojados. Otras veces, cuando llegábamos a un pueblo pequeño en un
fin de semana, alquilaba un puesto en el mercado, ese día ella también compraba
cosas. Un día de esos llego un señor en un camioncito con unos cochinos, no los
bajó sino que les echaba agua para refrescarlos, tía le prestó una lona y se la
pusieron como un techito al camión, así estuvo el señor hasta el medio día sin
vender los animales.
Tía María hizo
el negocio mas raro que le vi en todos los viajes que la acompañé. El trato fue
el siguiente: Dejar los cochinos en el camión hasta la tarde, y se los pagaría
al bajarlos del camión, además que se los compró sin dinero mas baratos que
inicialmente los estaba vendiendo el señor. El señor cerró el convenio y se fue
para su casa. Tía María me dejó cuidando la mercancía y los cochinos y se fue
para no se donde, al rato largo se presentó con una pareja en un jeep con una
carreta, la pegaron al camión y pasaron los cochinos para la carreta, el señor
del jeep le dio dinero a tía María y se fueron. Recogimos nuestra mercancía y
esperamos que llegara el dueño del camión, tía le pagó lo convenido y le quedó
un poco de dinero.
Nunca le
preguntaba que clase de negocio hacia ni nada por el estilo y ella tampoco me
contaba nada. Pero ese día fue diferente, estaba comunicativa, llegamos a la
casa donde estábamos alojados, nos bañamos, comimos y nos sentamos en el
frente, cuando nos fuimos a dormir en unas hamacas que colgamos en la sala me
contó el negocio, resulta que el señor quería vender los cochinos para la cría
y todos los compradores los querían para el matadero, por lo tanto le ofrecían
muy poco, le propuse pagarle un poco mas de lo que le estaban dando, pero que
sino conseguía como llevármelos el me hacia el trasporte para la casa, el señor
aceptó y entonces me fui para una haciendita que yo había visitado hacia un
tiempo atrás, que los dueños eran conocidos y querían criar cochinos. Les
propuse un negocio que no podían rechazar, comprar los cochinos a medias y
repartir las ganancias a medias. Con el precio que le di me dio para pagar los
cochinos y me quedó algo, la sociedad me salió gratis y ahora todo lo que me toque de la cría de los
cochinos es ganancia. Y la tía María se reía sola, me acordé de la abuela
cuando me decía “el que solo se ríe, de su picardía se acuerda”.
Para no perderle
la huella al negocio de los cochinos, en otro viaje que hice con ella y pasamos
por el pueblo, que creo que se llama Rio Frio, le pregunté por los cochinos, ya
habían pasado como dos años, y nuevamente como aquella noche recostados en las
hamacas se hecho a reír, y enseguida pensé, que picardía hizo ahora la tía María.
“Vine hace como seis meses y pasé por la
haciende de los amigos, ya las marranas habían parido varias veces y me estaban
guardando algo de dinero, entonces les propuse otro trato, agarré lo que me
tenían y que en otro viaje me dieran lo que yo había puesto (supuestamente era
la mirad del costo de los cochinos) y se
quedaran con el negocio para ellos solos, aceptaron de inmediato y muy
contentos me dieron las gracias, mañana vamos por ese dinero”. Al otro día
alquilamos un jeep, se llevó unos trapos como le decía a la ropa que vendía y
nos fuimos para la hacienda, allí pasamos el día, mataron una gallina y la
hicieron en sancocho, pero apenas llegué me dio permiso y me fui con los
hijos varones de esos señores a bañarnos
en un pequeño rio que pasaba cerquita de la casa. Que día tan bueno pasé en esa
hacienda.
En el viaje de regreso
le pregunté porque había hecho ese negocio, que si no era mejor que fuera
aumentando el capital, y entonces me dijo “creo que no vengo mas por estos
lados”, y así mismo pasó, fue el ultimo viaje de negocios que hizo, al tiempo se vino para Venezuela.
Acompañé a tía
María en cuatro viajes por la zona bananera, eran unos días fabulosos, pararse
temprano desayunar con leche de vaca, yuca y queso o guineos sancochados con
nata y café con leche, montar y bajar cajas, almorzar cualquier cosa, tomar
café negro para no dormirse en el día, sentarme en una estación de ferrocarril
arriba de las cajas de tía María viendo pasar los trenes cargados de guineo,
mientras esperábamos el tren de pasajeros para irnos a otro lugar y seguir con
el negocio, o dormir en la estación en una banca para salir al otro día en
camioncitos para los pueblos del interior, añoro esos días, tía le decía a sus
amigos que yo era el mejor compañero de
viajes que jamás había tenido, y yo feliz, ojala esos viajes nunca se
hubieran terminado.
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