lunes, 15 de abril de 2013

Evocación No. 13



Jueves once de Abril como a las diez de la mañana

Evocación No. 13

Tía María también hacia negocios por la ruta del Rio Magdalena. Solo la acompañé una vez, no me gustó, el viaje era muy aburrido, solo agua y agua, la orilla del rio tupida de monte, no se  veía nada interesante o que me llamara la atención, solo al llegar a algún puerto se ponía la gente en actividad, mientras el barco navegaba las personas dormían o hablaban entre ellas y como yo no tenia con quien hablar me la pasaba aburridísimo, y para colmo ni siquiera tenia algo para leer, solo un periódico viejo que calló en mis manos, con noticias viejas y aunque fueran nuevas o de interés,  no me decían nada.

Los barcos eran mas grandes, con unas salas para que la gente estuviera cómoda, con unas bancas largas de madera  que era donde tía María y yo pasábamos el día y dormíamos todo lo que podíamos, no tenia que cuidar el equipaje ni la mercancía porque estaba guardada en la bodega del barco. Para los que viajaban por varios días y tenían las posibilidades económicas había camarotes. Igual que en la piragua, salimos en la noche, el viaje remontando el rio es lento, pareciera que el barco estaba parado, que no se movía y a veces me daba la sensación que estábamos retrocediendo porque el agua pasaba mas rápido de lo que el barco podía avanzar contra la corriente. Cuando amaneció desayunamos con unos panes con queso que tía María llevaba, compramos chocolate pera acompañarlos y seguimos sentados viendo pasar el rio que a veces arrastraba troncos.

En este viaje me pasaron dos cosas increíbles. Ya eran como las tres de la tarde y casi todas las personas estaban como dormidas  y solo se oía el ruido del motor del barco y el sonido del agua al rozarlo, de pronto un marino empezó a gritarle al capitán que parara el barco, el capitán no quería, pero ahora la gente y los marinos insistían y el capitán tuvo que arrimar el barco para la orilla que le estaban señalando, amarraron a un hombre que se lanzó al agua a buscar no se que cosa, y la gente gritaba por ahí por ahí, yo no veía nada y en todo caso tía María me echó para un lado y me dijo “usted no puede mirar eso”. El asunto es que entre los gritos y los comentarios de la gente, supe que subieron al barco un hombre que no tenia cabeza, unos decían que se la habían cortado con un machete, y otros y que se la habían comido los peces, yo no lo vi en ningún momento, con todo que lo bajaron en el mismo puerto que tía María y yo nos bajamos.

Ya casi en la noche llegamos a un pequeño puerto de una ciudad llamada Gamarra que era nuestro primer destino. El pequeño barco atracó, lo amarraron bien pegadito el muelle y empezaron a descargar las mercancías y los equipajes de los que nos quedábamos en ese pueblo. Tuve que ponerme pila con nuestras cosas, había unos que se quedaban y otros que se iban, amanecimos esa noche en el puerto, igual que lo hicieron otros. Cuando estábamos en esos trajines llegó la policía, nos miraban como gallina que mira sal pero no nos dijeron nada, se montaron al barco hablaron con el capitán y al rato se bajaron con el muerto envuelto en una lona.

Ya cuando aclaró el día, tía María contrató un carro de mula que nos trasladó a la casa de un matrimonio amigo que vivía en las afueras del pueblo. Esta pareja vivía sola y eran pobres, la casa era grande y cómoda, estaba hecha de madera y con techo de zinc que salía hacia delante y para tras formando como un porche y un corredor grande en el patio que fue donde tía colgó las hamacas para dormir  porque era fresco. Esta casa y que era de un matrimonio que la dejó abandonada. El marido de la señora salió tempranito y vino cargando un saco con yuca, auyama, plátano verde y algo parecido al ñame pero que se llama malanga, y unos pescados que saco de caño del rio que le quedaba cerca, esto lo estuvo haciendo mientras estuvimos en su casa. Por otro lado salimos con la señora donde un señor que tenia unas vacas y compramos leche. Además tía agarró un saco que traiamos y que yo creía que era mercancía y empezó a sacar víveres y los pusieron en una mesa que estaba en la cocina  que era donde comíamos, había de todo. La señora acomodó la  comida, tía organizó su mercancía y todos los días salía para otros pueblos a venderla,  no compraba ni cambiaba nada.

Cuando llevaba mucha mercancía la acompañaba pero casi siempre me tocó quedarme en la casa. El oficio de esta señora era lavar ropa ajena en la orilla del rio, al principio la acompañé pero como no dejaba que me bañara decidí quedarme en la casa sin hacer nada, no tenia ni siquiera mi honda.  Un día acompañé al señor al monte donde trabajaba en un pequeño conuco y lo ayude a limpiar un poco, este señor también trabajaba sembrando y recogiendo la cosecha de otras personas, siempre andaba a pie.  Esta era una familia pobre, pero me di cuenta que por lo menos no pasaban hambre. Tía regresaba todos los días, y un día me cansé de esperarla, se hizo de noche y me quede dormido en el frente, la señora me dejo tranquilo y a media noche me desperté asustado y salí corriendo para el patio a ver si ya tía había llegado y estaba en la hamaca, pero nada no había nadie.

Pasé una noche triste pensando que tía María me había dejado abandonado, el marido de la señora me prometió que iba a averiguar que había pasado, que estuviera tranquilo, y que en todo caso él tenia que viajar a Barranquilla y sabia donde vivía tía María y me llevaría de vuelta. Pasó ese día y otra noche y tía no aparecía y yo llorando y pensando en el hombre sin cabeza, al fin como a la hora del almuerzo del segundo día apareció tía María como si no hubiera pasado nada, le preguntó a la señora como me había portado, ella le dijo que bien, me miró y me dijo: “Así es que me gusta, que se porte como todo un hombre” y yo por lo bajo entre dientes murmurando, que hombre ni que carajo. No se hablo jamás del asunto.

Como a las dos semanas de estar en ese lugar, ya no había mercancía que vender, solo teníamos el equipaje, la maleta de tía y un maletincito con unas mudas de ropa que era lo que yo cargaba como equipaje, que además era toda mi ropa. Nos fuimos a pie para el puerto y el marido de la señora nos acompañó cargando la maleta de tía María. Mientras esperábamos que el barco llegara para podernos ir, tía María le entrego un papel al señor, que era un recibo por el pago de un burro que tía había comprado a buen precio, donde se indicaba no solo las características del burro sino también los aperos que venían con el burro y unos sacos, mecates y guacales que tía había comprado por aparte, cuando el viaje de los tres días. Este burro tan bien equipado se lo estaba cuidando una familia amiga de tía en un pueblo que estaba cerquita como a media hora de camino. Fueron a la comisaria de la policía y le firmó una autorización, avalada por el comisario de la policía, para que le pudieran entregar el burro.  El caso es que tía María le regaló el burro a esa familia y que nosotros les debíamos  más que eso, fue lo que me explico, como puse cara de “no comprender” me dijo que sus hijos habían cogido monte y una hija se tuvo que ir a trabajar en una casa de familia a Bogotá.

Ya bien tarde en la noche nos montamos nuevamente en el barco y seguimos el viaje, yo pensaba que nos regresábamos, pero no, seguimos palante y como a los dos días de viaje llegamos a una ciudad pequeña pero bonita que se llama Honda. Resulta que de ahí es que viene la familia de mi abuela, tía y mamá nacieron por esos lados. Tía María se alojaba con unos familiares, creo que primos, y nos quedamos como dos semanas, sin hacer nada, pero nada. Salía con “una prima” a dar vueltas por los alrededores, visitábamos unos familiares, regresábamos a la casa cenábamos, oíamos radio, a dormir y al otro día lo mismo y así día tras día. Lo único bueno fue que la prima me arregló la ropita, me la lavó, cosió, planchó y aumentaron mis prendas de vestir con unas camisas de un primito  que nunca vi.

En esos días la tía María lo que hacia era fumar y tomar café negro todo el día, sentarse en unas mecedoras con unas señoras que la visitaban, unas tías, así las llamaba la prima, y hablaban y hablaban sin descanso, solo se paraban de las mecedoras cuando las llamaban a comer o a almorzar. Esta prima era una muchacha quedada  como de treinta años, era muy cariñosa y servicial. Esta familia quería que tía María me dejara un tiempo viviendo  con ellos y me recogiera en otro viaje. De estos lugares tía se llevó para Barranquilla un muchacho como de mi edad, que estuvo viviendo con ella algún tiempo y después lo regresó para su pueblo en el interior, era un cachaquito. Mi tía le pegaba mucho, lo maltrataba.

Cuando ya se cansó de estar en ese lugar, armó el viaje de regreso, la familia nos despidió en el puerto y nos venimos para Barranquilla. En este viaje de regreso me sucedió la segunda cosa increíble: Como hizo siempre tía María se acomodaba en las salas de estar, ahí hacíamos nuestro viaje lo mejor que podíamos, ya que según ella el viaje bajando era mas rápido y sin problemas. Pero  una noche cuando todo estaba en silencio, se oyeron unos disparos fuera del barco, unos hombres en unas lanchas de motor  obligaron al capitán a arrimar el barco a la orilla. A todas estas mi tía escondió su maletica debajo de la banca de madera y se puso en las piernas mi maletincito y nos abrazamos, sabíamos que había peligro, porque había oído decir en la casa de las primas que estaban asaltando los barcos.

Se montaron cuatro hombres y dos mujeres armados con escopetas o fusiles y registraron el barco, sobre todo los camarotes, parecía que estaban buscando a alguien en particular, cargaban para las lanchas todo los que le parecía de valor, o que necesitaban, no se, también le quitaron el dinero a la gente. Las mujeres lloraban y los hombres permanecían con la cabeza agachada sin mirarlos, yo tenia mucho miedo pero estaba tranquilo, no lo demostraba, a tía María y a mi ni nos miraron. Como a la hora de estar en el barco habían reunido a tres hombres en la parte de atrás del barco,  (en la popa)  los tuvieron un rato y se llevaron a uno de ellos.

Los hombres que robaron en el barco se fueron en sus lanchas y se llevaron al señor, agarraron rio arriba y enseguida se formo un alboroto en el barco, tía y yo estábamos sentaditos, callados, solo observando todo lo que pasaba. Había una señora que lloraba mucho, era la esposa del señor que se llevaron, y gritaba desesperada, “lo van a matar, lo van a matar”. La gente hizo que el capitán atracara el barco en un pequeño pueblo donde se bajaron unas personas que  fueron a poner la denuncia a la policía, la esposa del señor secuestrado  fue con ellos y no  regresó. Mientras esto sucedía varios pasajeros se quedaron en ese pueblo, estaban asustados.

Cuando ya el capitán estuvo claro de quien se quedaba y quien seguía, despegó el barco del pequeño muelle y le dio viaje sin para hasta Barranquilla. Navegamos toda la noche y todo el otro día y llegamos en la noche a la casa. Por las conversaciones que oí esa noche, nadie dormía, pude entender que había como una guerra que empezó el día que mataron a Gaitán. Por un lado los conservadores, que eran los que estaban gobernando, perseguían a los seguidores de Gaitán, que por eso fue que metieron preso a mi papá, los mataban o los metían en la cárcel, y por el otro lado los liberales hacían lo mismo, se vengaban matando a los contrarios. Esa guerra aun continúa y en estos días está el gobierno y los guerrilleros reunidos en Cuba tratando de firmar un pacto de paz. Dios permita, o como decía mi abuela “Jehová de los Ejércitos mete tu mano y termina con el dolor y sufrimiento de tanta gente”.

Entre las conversaciones que oí esa noche, hubo una que me llamó la atención, unos estudiantes de la Universidad de Bogotá que iban a sus casas a pasar las vacaciones, venían hablando de sus cosas, y uno de ellos dijo: “estudio derecho”, esta frase me quedo grabada en la mente y la relacioné  con mi abuela cuando me decía “Ud. tiene que ser un hombre de bien, un hombre derecho, responsable” y yo entendía que mi abuela me quería decir que tenia que ser honrado, un hombre de palabra, y por lógica semántica, aplicando mi razonamiento, el estudio derecho significaba no copiarse, sacar buenas notas, ser disciplinado, no perder años de estudio, aunque me pareció que este señor estaba un poco viejo para estar estudiando.

Desde ese día empecé a calificar como derecho todo lo bueno que hacia, ejemplo: Estudiaba derecho, jugaba derecho, hablaba derecho, hasta un día que me oyó mi abuela y me pregunto por que decía esas cosas, le explique la conversación del barco, se sonrió un poco y me dijo:”No seas bobo estudiar derecho es estudiar abogacía y no hay abogados derechos, todos son retorcidos y de mal proceder”, hasta ese día llegaron mis sueños de estudiar derecho, y como no podía estudiar torcido  no me quedo de otra sino estudiar zigzagueando.

Tía María tenia amigos en la empresa naviera dueña de los barcos que navegaban por el rio Magdalena y le consiguió trabajo a mi mamá, y por eso era que muchas vacaciones no las pasé con ella porque estaba viajando, y si tía María tampoco estaba por esos lados, me tocaba quedarme en Puerto. Cuando ya mi mamá vivía con Adalberto, me mandaron en unas vacaciones para Santa Marta con unos primos, la pasé bien pero nada de particular que contar, solo que uno de ellos vivía a la orilla del rio Manzanares y nos bañábamos de vez en cuando.

La tía María también me decía que uno no puede estar aparentando lo que no es y que a veces era conveniente ocultar lo que uno era, y que eso fue lo que pasó en el barco el día que nos asaltaron, no nos prestaron atención porque ellos saben (los asaltantes) que los  pasajeros que viajan en segunda o tercera son gente pobre que muchas veces no puede ni pagar los pasajes y tiene que dormir en esas bancas de madera y no tienen derecho ni siquiera a estar por los pasillos y los baños son unos cuarticos donde lo que uno hace cae directo al agua y come de lo que uno lleva preparado de su casa, a veces venden algo de comida o bebida. A ni no me importaba viajar de esa forma, estoy acostumbrado desde pequeño a dormir en cualquier parte, en el suelo, en hamaca, en Macondo dormía en trojas, y ya grande podía dormir en una silla o mecedora, todavía lo hago,  tanto es así que cuando me ha tocada viajar, la demora es que me siente y recline el espaldar de la silla cuando ya estoy dormido. Cuando ya estábamos en la casa tía me dijo que si quería seguir viajando con ella no le dijera a nadie lo que había pasado, cumplí con ella hasta el día de hoy, pero tampoco quise seguir acompañándola por esos lados, que va.

Antes de empezar a viajar con tía María la conocí en el negocio de la comida, de los restaurantes, supuestamente tuvo varios pero solo me acuerdo de uno grandísimo, tenia como cuarenta mesas y un mostrador o barra larguísima. En ese local funcionó un bar con su rokola, mujeres y todas las cosas relativas a esos negocios, pero lo habían cerrado hacia como un año porque originaba muchos altercados y  se decía que había muerto un hombre en una pelea.

Por casualidad yo estaba el día que fueron a ver el local, y cuando lo abrieron, estaba lleno de ratas y tenía un olor nauseabundo como a animal muerto. Tía hizo el contrato de alquiler y busco a unos hombres para limpiarlo y matar las ratas,  y después que estuvo limpio busco un señor constructor que llevo albañiles, pintores electricistas, eran como diez personas que estaban trabajando, construyeron una cocina en el patio y lo techaron para guardar carbón y los víveres los metían en unas alacenas grandes,  con puertas de hierro por las ratas, quedo bien limpio y bonito.

Mi mamá trabajaba con tía María en el restaurant, y cuando yo estaba con ella me llevaba y allí desayunaba y almorzaba, estaba pequeño tenia como seis años pero me acuerdo bien porque me dejaban comer lo que quisiera. A ese restaurant tía le puso como nombre Copacabana, era muy concurrido. En el sector también había bares, billares, un mercado, negocios de comida y almacenes de telas, se conseguía lo que uno estuviera buscando. En una placita que estaba cerca un señor vendía hielo y lo tapaba con las conchitas que quedaba cuando molían arroz. También había moliendas de maíz. Ese sector era zona roja y le decían el boliche. Por ahí cerca quedaba una sala de billar que administraba un señor llamado Adalberto que con el tiempo se caso con mi mamá.

El día que mataron a Gaitán estaba con mi mamá, y al otro día fuimos al Copacabana y observé que en los techos, en el cielo raso y en el patio estaban escondiendo mercancía y toda clase de cosas que se estaban robando en los almacenes del centro, fueron un poco de días de saqueos y muertos. La gente tenía miedo de salir a la calle. Tía solo habría el negocio hasta el medio día. El que dejaba guardar esas cosas robadas era el Tío Julio, marido de mi tía, De ese poco de ropa que estaba en el restaurant me tocó una camisa, un pantalón y un par de zapatos que me regaló un sobrino del tío Julio
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El día que fueron a ver el local, se encontraron una rokola que el tío Julio quiso probar pero no había corriente, a los días que fuimos a ver como seguía el trabajo de limpieza, unos de los obreros llamó al tío Julio para que viera la rokola, la tenia limpiecita y conectada, era muy bonita con muchos colores que parecían girar haciendo figuras, le dio a un botón y empezó a funcionar, sonó un tango de Carlos Gardel. El tío Julio se las dio de vivo y vendió la rokola pero el dueño se dio cuenta y lo metió preso, tuvo tía que buscar la rokola, devolver el dinero, y entregársela al dueño para que soltaran al tío Julio. También encontramos unos cajones que me ayudaron a montar en el techo, como casas de palomas, pero las ratas se comían los pichones, y no había manera de cuidarlos.

A este ti Julio lo dominaba el vicio del juego, y siempre estaba arruinado. Un día le robó el dinero que  tía María guardaba para comprar los víveres del restaurant y los perdió. Tía lo botó, cerró el restaurant y en sociedad con mi mama compraron una casa para un barrio que se llama Rebolo, allí hicieron una casa de vecindad, osea, alquilaban cuartos. Fue cuando tía María agarro el negocio de los viajes con más dedicación, ya mi mamá vivía con Adalberto. Esa casa la vendieron porque quedaba a la orilla de un arroyo y cuando llovía se metía el agua por toda la casa  y se fueron a vivir a un pueblo llamado Galapa, ya mamá estaba trabajando en los barcos, tía María se quedaba en la casa cuidando a mi hermano menor, al que le decimos “el papi”, yo los visitaba de vez en cuando y no tengo recuerdos de esos tiempos. Ya mis  recuerdos se adelanten un poco, cuando vivían en Barranquilla y era la época cuando tía María viajaba y yo la acompañaba, mi hermanito menor tenia como cinco años y se ofrecía para vender unos bollos de yuca que tía María traía de los viajes.  

Ya mi hermana mayor estaba grande y no estudiaba, trabajaba en un centro comercial llamado TIA, para esos tiempos fue que se consiguió al novio con quien a la larga se caso y tuvo sus cuatro hijos, que ahora todos están casados y viven aquí en Venezuela.

Evocación No. 12





Sábado seis de Abril como a las tres de la tarde

Evocación No. 12

Les dije en evocaciones anteriores que lo importante no solo era tener recuerdos, sino que estos sean gratos, reconfortantes, porque los recuerdos ingratos siempre nos perseguirán como lo hacia el perro canelo con  las iguanas y los conejos cuando lo dejaba que me acompañara a Macondo. Por cierto el día que casi me mata el burro, canelo también venia corriendo detrás de nosotros ladrando como un loco.

Los hechos que nos hicieron daño o nos perturbaron en el pasado, ahora en forma de recuerdos,  nos perseguirán ladrando y si tenemos temor, nos morderán en lo mas intimo de nuestros sentimientos y emociones y al hacerlo, tendrán la posibilidad de abrir viejas heridas, lastimarnos  nuevamente, de hincar muy hondo sus colmillos y sacarnos sangre que como raíces de amargura o falta de perdón brotaran de lo mas profundo de nuestro ser.

Yo hice todo lo posible para que los conflictos que se originaron en mi niñez por la falta de fraternidad o relación con mis padres, no me afectaran ni marcaran mi vida. Estoy seguro que logré este cometido y hoy me siento sin ataduras, libre de resentimientos y se que esto se lo debo a mi abuela que supo guiarme con sus consejos, supo consolarme en los momentos de tristeza y supo acompañarme en mis momentos de soledad. Y algo que jamás olvidaré fue lo que me dijo  un día que llegue llorando a meterme entre sus faldas. “el dolor de los golpes  a ti te pasaran, pero a ella, el remordimiento jamás le pasará”. Se refería a Racha, mi madrasta.

Un día que no me acuerdo cual, estábamos los seis huérfanos en el cuarto de mi abuela, mis tres primos, hijos de mi tío Pedro, mis dos hermanas y yo sentados en el suelo alrededor de la abuela, que desde su mecedora vieja trataba de consolarnos, recuerdo bien que le traje un cuchillo de la cocina, partió una panela y nos fue dando un pedacito a cada uno. No se porque estaban tristes mis primos, creo que era que su papá tenia tiempo que no venia a visitarlos y nosotros llorábamos porque no nos habían dado almuerzo. Este era un castigo que a mi no me importaba mucho, pero a mis hermanas si le pegaba.”Que fatalidad es no tener madre”, esa fue la sentencia de mi abuela, claro nosotros si teníamos pero no estaba presente.

Estoy escribiendo mis memorias, no las de mi familia, no la visión personal de mis hermanas o de mi hermano que es diferente a la mía, ya que si omito hablar de circunstancias por las que  pasaron, es sencillamente que no puedo hablar de algo que es personal y que cada quien interpretará  a su manera. Les estoy hablando de mis hermanos de parte de madre, porque los que tengo de parte de mi papá no tuve mayor relación con ellos cuando estaba niño, solo me acuerdo que el mayor de ellos, Eduardo, estudió en el mismo colegio que yo lo hacia y cuando los vi nuevamente ya eran unos hombres y mujeres, inclusive casados y con hijos. Ellos no tuvieron nada que ver con las cosas que buenas o malas que me hubieren pasado.

Después de estas aclaratorias retomaré el hilo de lo que les venia contando, estaba pequeño y vivía mas tiempo con mi papá, me acuerdo de haber estado con mi mama el día que mataron a Gaitán, ya tenia seis años y me acuerdo como si fuera el día de hoy, todavía no estaba en la escuela, pero ya sabia leer y  escribir y hacia las cuatro operaciones que me lo había enseñado mi abuela. Cuando tuve los siete años me inscribieron en la escuela, me hicieron un examen y me pudieron en tercer grado, Salí de la escuela a los diez, del básico a los trece y del bachillerato a los dieciséis. Siempre fui el mas pequeño y el menor en las aulas  de clase.

Por el hecho de estudiar en el pueblo, pasé mas tiempo con mi papá y estaba con mi mama solo en las vacaciones y en uno que otro fin de semana largo. Como mi papá tenia sus influencias me consiguió una beca en un instituto, ya allí estudiaba mi primo Paul, que aunque me llevaba como siete años éramos muy amigos, compañeros de sufrimientos y correrías, además  socios en la caza de pájaros. Cuando llegue a estudiar el primo estaba en el último año y cuando salió me regalo unos libros que me sirvieron bastante en los estudios.

Después que me fui a estudiar interno, prácticamente perdí el contacto con mis padres, ya se había venido mi mamá para Venezuela y casi no iba al pueblo y cuando lo hacia no iba a Macondo, me pasaba el día entre la casa de mi abuela y la casa de Micaela y Cheche y siempre almorzaba con la señora Aquilina. Ya para esa época me hacia algún dinerito para mis gastos. Tenia mis maneras de conseguirlo, por ejemplo: si un alumno no podía o no quería hacer la guardia del fin de semana, yo la hacia por un precio, además tenía con el primo Paul el negocio de los pájaros. Otra que hacia era irme los sábados para donde Adalberto, que vivía con mi hermanito en un barrio que se llama Carrizal, este era el esposo de mi mama,  lo ayudaba en un negocio donde vendía ropa en un sector algo parecido al callejón de los pobres, a veces  abríamos el domingo y después de almorzar me daba dinero y me iba para el colegio.

Si no tenia ningún plan me quedaba en el internado estudiando, o me iba para la casa de algún alumno y pasaba el fin de semana con su familia, o como jugaba un poco al futbol me metí en un equipo del pueblo donde estaba el colegio y me iba a la casa del dueño y ahí pasaba el domingo, jugando o entrenando. Lo mismo hice con un equipo de Puerto que se llamaba Los Halcones, pero como no estaba integrado al grupo y no entrenaba con ellos, no me daban muchas oportunidades para jugar.  Ya me sentía autónomo, me había independizado, tomaba mis propias decisiones.

Tengo entendido que a mis hermanas les pasó algo parecido. La mayor no era hija de mi mama, no estudiaba , trabajaba en una casa de familia y se quiso casar con un negrito, mi papá no le aceptó el novio y al tener la mayoría de edad sacó sus documentos y se fue para .los EEUU, no supe mas nunca de su vida y creo que mi papá tampoco.

Después venían las dos hijas de mi mamá, ambas están aquí en Venezuela con sus hijos y sus nietos, la mayor tiene una casa que se llama Macondo. La otra tiene un problema perenne con mi persona,  cada vez que cumplo años, tengo que preguntarle a ella cual es su edad, no me la puedo pasar porque es dos años mayor que yo. Ya tengo setenta, pero ella dice que tiene sesenta, por lo tanto resto dos años y mi edad nominal son cincuenta y ocho. De mis recuerdos de niño no tengo casi nada que contarles de mis hermanas ni de mi de mi  hermano.

A mi mamá le dejé en un diciembre esperando que me pariera, pero es hora que sepamos algo de como es que yo la recuerdo. Mamá era linda y siempre que estuve con ella nunca la vi desarreglada. Tampoco tengo memoria de recordarla viviendo con mi papá y cuando le pregunté a mi abuela solo me respondió que un día que mi papá se fue a trabajar nos vistió a los tres y se fue para Barranquilla a vivir con tía María, yo no me acuerdo de eso, creo que mi hermana mayor si se acuerda. Tampoco se porque se separaron y no quiero averiguarlo.

Para poder organizar esta evocación tengo que contarles de mi mamá. La mama de mi mama, o sea mi abuela, era una señora del interior de la república, de Honda, Tolima y por allá tuvo dos hijas, tía María y mi mamá, no la conocí, murió en Cartagena en un sanatorio llamado Caño de Loro se llamaba Angélica Flores. En este punto les hago la aclaratoria que cuando digo que mi abuela me dijo o hizo algo me refiero a la mamá de mi papá que fue realmente la única abuela que tuve.

No se que edad tendría mi mama cuando llegó con mi abuela al pueblo. No lo he dicho  antes, pero yo nací en Puerto Colombia, que para la época era el puerto marítimo mas importante de Colombia, mi abuela Angélica  conoció a un marino ingles llamado Arthur Johnson, y se metió a vivir con él. Este  señor pasaba un tiempo en Puerto viviendo con la abuela y sus hijas y otro en el exterior cuando se embarcaba, casi siempre sus viajes eran para EEUU. Supuestamente el se iba a quedar definitivamente en Puerto, no se si se casó con mi abuela, pero le puso su apellido a sus hijas, que era una modalidad de esos tiempos, no se porque.

El caso es que mi abuela ya había presentado a las hijas con su apellido de soltera por allá en el interior y también  las presentó con el apellido Johnson en Puerto. Por lo consiguiente ahora eran Johnson Flores. El viejo Arthur Johnson estuvo un par de años seguidos viviendo en Puerto con la abuela y un día se embarcó con destino a Londres y todavía lo están esperando. Con el tiempo la abuela se metió a vivir con un cachaco de apellido Gutiérrez  y tuvo otra hija llamada Zaturia, ella estuvo viviendo un tiempo en Puerto, y cuando yo tenia como 14 años se mudó para Barranquilla  y después se fue a vivir a los EEUU a New York. De sus hijos varones. el mayor nació el 9 de abril y le pusieron Jorge Eliecer, el otro se llama Manuel como su padre, estos dos muchachos se criaron por allá, Manuelito se metió el ejercito y estando destacado en Alemania lo asignaron para combatir en la guerra que se llamó “Tormenta del Desierto” se fugo, igual que muchos, y se vino para Puerto con su esposa y un hijo, allí vivió un tiempo y se fue para los EEUU cuando prescribió el delito de deserción que creo que allá dura 10 años. Para subsistir daba clases de ingles en colegios privados.

Tía  Zaturia y su esposo Manuel cuando les llegó la edad se jubilaron y se fueron a vivir a Miami en una urbanización construida especialmente para jubilados. Tía era diabética y murió de eso, no quiso que la enterraran sino que la cremaran y mandaran las cenizas para Puerto, así lo hicieron, pero el tío Manuel cargaba con la botella de las cenizas para todos lados, pero  como era un borracho un día agarró una de llorito y no supo donde quedó tía Zaturia. Aquí en Venezuela vive una de sus hijas por los lados de la Limpia. Como pueden ver esta hermana de mi mamá era la menor y tenía otro apellido.

Mas adelante cuando esté con humor fraterno les contaré el rollo de los apellidos de mi familia, es un tremendo enredo y trataré de desenredarlo.

La hermana mayor de mi mamá se llamaba Herminda, pero le decíamos tía María. Pasaba mucho más tiempo con tía María que con mi mamá. Esta era una señora que le gustaban los negocios y viajaba mucho y a mi me encantaban las aventuras. El primer día que la vi llegar de un viaje por la zona bananera, trajo plátanos, bollos, queso, sueros, un monito tití y otras cosas  que ya ni me acuerdo. Quedé impactado con mi tía. Tengo una hija  que vive en el Placer aquí en San Francisco que se parece a ella, no solamente en el físico sino también por sus aptitudes. La mercancía que tía llevaba para vender consistía mas que todo en ropa y uno que otro encargo que le hacían. Desde ese día cuando mis vacaciones coincidían con sus viajes, la acompañaba.

Esos viajes eran toda una aventura, salíamos en la noche de Barranquilla en una piragua que atravesaba una extensión de agua llamada Ciénaga Grande. Esta ciénaga la formaban las aguas del mar Caribe que entraba por su lado norte y por las inundaciones del rio magdalena que interconectaba las lagunas por su lado occidental, navegábamos toda la noche y en la mañana llegábamos a una ciudad llamada Ciénaga, que era donde vivía mi tío Pedro. En esta ciudad se montaba uno en un tren que pasaba por todos esos pueblos que tiempo después nombrara Gabriel García Márquez en sus novelas.

Era emocionante bajarse en esos pueblos con todo el equipaje que tía cargaba, me acuerdo del  nombre  de uno que era donde tía, después de vender toda su mercancía, pasaba unos días donde unas amigas, sacaba sus cuentas e invertía en mercancía para llevar para barranquilla, este pequeña pueblo se llama Aracataca, que concidencialmente es el pueblo donde nació “El gabo”, estoy hablando de los años 52 al 55 y ya él no estaba por ahí, y todavía no era famoso, leí su novela cien años de soledad como en el año 70. Tengo entendido que este pueblo  en la actualidad es un sitio turístico por excelencia

Al bajarnos del tren lo primero que hacíamos era buscar un lugar para alojarnos, aunque casi siempre lo hacíamos en las casas de los amigos que tía tenia por esos pueblos. En cada pueblito o caserío estábamos dos o tres días, tía era una comerciante sagaz, vendía, compraba e intercambiaba. Y así nos íbamos de pueblo en pueblo, en tren, en camiones, jeep, buses, carros de mula y hasta en burros, comíamos cualquier cosa y dormíamos en cualquier lugar, por los caminos había mucho guineo y te podías comer los que quisieras porque el guineo maduro se perdía. Eran unos días difíciles de olvidar. Los empleados de la compañía bananera pasaban con unas carretas tiradas por unos tractores recogiendo el banano, lo lavaban, lo empacaban y lo montaban en unos trenes larguísimos como de cien vagones cada uno, que llegaban a Santa Marta donde lo metían en barcos rumbo a los EEUU. Que vacaciones tan buenas pasaba con tía María.

Estos viajes duraban de tres a cuatro  semanas ya que todo dependía de la cantidad de mercancía que llevara tía y cuando ya le quedaba poca y no valía la pena seguir viajando se la dejaba a alguna conocida a bajo precio para que la vendiera y se ganara algo o la cambiaba por otras cosas.

Cuando veníamos de regreso siempre llegábamos a Aracataca, era un pueblo grande y de mucho comercio según decía tía María, aunque yo no lo veía de esa manera, mas bien me parecía un pueblo solo y casi muerto, comparado con Puerto que era un pueblo con vida. Yo lo que creo ahora es que tía María le veía  mas facilidad para la clase de negocio que ella hacia, porque un día me dijo que ese pueblo estaba lejos pero cerca, hasta ahorita que estoy escribiendo es que le entendí su filosofía de lo lejos pero cerca para hacer negocios.

Allí en Aracataca tía invertía en su negocio comprando gallinas, pavos, patos, cochinos, cabras, sombreros (que ahora se han hecho muy famosos en Colombia), y todo lo que se pudiera llevar, bueno ella sabia su negocio y a mi solo me tocaba ayudarla cuidando y cargando. En la noche acomodábamos el equipaje y la carga o mercancía, en la mañana temprano cargábamos todo en el tren, a media mañana llegábamos a Santa Marta, tía alquilaba una carreta y nos íbamos al mercado y le vendía la mayoría de su mercancía a los revendedores, a media tarde nos íbamos al terminal con la mercancía que le quedara y arrancábamos en el tren para Ciénaga, ya en la noche nos embarcábamos en la piragua que nos llevaba para Barranquilla a donde llegábamos en la mañana. Apenas me montaba en la piragua y me recostaba en cualquier lado me quedaba rendido inmediatamente, cansado pero feliz, contento y con ganas de volver.

Con todo y que tía María era una mujer estricta con los muchachos, no tuvo hijos y por nada regañaba, jamás tuve problemas con ella ni de niño ni de viejo, la obedecía en todo lo que mandaba sin replicar, no le pedía ni comida ni descanso, además ya estaba acostumbrado a pasar trabajo y estos viajes eran diversión.

Mi trabajo consistía en cuidar los equipajes y la mercancía, ayudarla a cargar y descargar, estábamos en movimiento constante y a veces me decía vamos a armar un ventorrillo. Primero buscaba un lugar apropiado cerca de una plaza o de un mercado, que tuviera sombra, tendíamos unas lonas en el suelo y ponía su mercancía a la venta,  zapatos, camisas, pantalones y ropa de mujer, también llevaba perfumes, pero estos los ofrecía en las casas, ese era como un día de descanso, pasábamos el día tranquilo esperando los clientes, en la tarde recogíamos y nos íbamos al lugar donde estábamos alojados. Otras veces, cuando llegábamos a un pueblo pequeño en un fin de semana, alquilaba un puesto en el mercado, ese día ella también compraba cosas. Un día de esos llego un señor en un camioncito con unos cochinos, no los bajó sino que les echaba agua para refrescarlos, tía le prestó una lona y se la pusieron como un techito al camión, así estuvo el señor hasta el medio día sin vender los animales.

Tía María hizo el negocio mas raro que le vi en todos los viajes que la acompañé. El trato fue el siguiente: Dejar los cochinos en el camión hasta la tarde, y se los pagaría al bajarlos del camión, además que se los compró sin dinero mas baratos que inicialmente los estaba vendiendo el señor. El señor cerró el convenio y se fue para su casa. Tía María me dejó cuidando la mercancía y los cochinos y se fue para no se donde, al rato largo se presentó con una pareja en un jeep con una carreta, la pegaron al camión y pasaron los cochinos para la carreta, el señor del jeep le dio dinero a tía María y se fueron. Recogimos nuestra mercancía y esperamos que llegara el dueño del camión, tía le pagó lo convenido y le quedó un poco de dinero.

Nunca le preguntaba que clase de negocio hacia ni nada por el estilo y ella tampoco me contaba nada. Pero ese día fue diferente, estaba comunicativa, llegamos a la casa donde estábamos alojados, nos bañamos, comimos y nos sentamos en el frente, cuando nos fuimos a dormir en unas hamacas que colgamos en la sala me contó el negocio, resulta que el señor quería vender los cochinos para la cría y todos los compradores los querían para el matadero, por lo tanto le ofrecían muy poco, le propuse pagarle un poco mas de lo que le estaban dando, pero que sino conseguía como llevármelos el me hacia el trasporte para la casa, el señor aceptó y entonces me fui para una haciendita que yo había visitado hacia un tiempo atrás, que los dueños eran conocidos y querían criar cochinos. Les propuse un negocio que no podían rechazar, comprar los cochinos a medias y repartir las ganancias a medias. Con el precio que le di me dio para pagar los cochinos y me quedó algo, la sociedad me salió gratis  y ahora todo lo que me toque de la cría de los cochinos es ganancia. Y la tía María se reía sola, me acordé de la abuela cuando me decía “el que solo se ríe, de su picardía se acuerda”.

Para no perderle la huella al negocio de los cochinos, en otro viaje que hice con ella y pasamos por el pueblo, que creo que se llama Rio Frio, le pregunté por los cochinos, ya habían pasado como dos años, y nuevamente como aquella noche recostados en las hamacas se hecho a reír, y enseguida pensé, que picardía hizo ahora la tía María. “Vine hace como seis  meses y pasé por la haciende de los amigos, ya las marranas habían parido varias veces y me estaban guardando algo de dinero, entonces les propuse otro trato, agarré lo que me tenían y que en otro viaje me dieran lo que yo había puesto (supuestamente era la mirad del costo de los cochinos)  y se quedaran con el negocio para ellos solos, aceptaron de inmediato y muy contentos me dieron las gracias, mañana vamos por ese dinero”. Al otro día alquilamos un jeep, se llevó unos trapos como le decía a la ropa que vendía y nos fuimos para la hacienda, allí pasamos el día, mataron una gallina y la hicieron en sancocho, pero apenas llegué me dio permiso y me fui con los hijos  varones de esos señores a bañarnos en un pequeño rio que pasaba cerquita de la casa. Que día tan bueno pasé en esa hacienda.

En el viaje de regreso le pregunté porque había hecho ese negocio, que si no era mejor que fuera aumentando el capital, y entonces me dijo “creo que no vengo mas por estos lados”, y así mismo pasó, fue el ultimo viaje de negocios  que hizo, al tiempo se vino para Venezuela.

Acompañé a tía María en cuatro viajes por la zona bananera, eran unos días fabulosos, pararse temprano desayunar con leche de vaca, yuca y queso o guineos sancochados con nata y café con leche, montar y bajar cajas, almorzar cualquier cosa, tomar café negro para no dormirse en el día, sentarme en una estación de ferrocarril arriba de las cajas de tía María viendo pasar los trenes cargados de guineo, mientras esperábamos el tren de pasajeros para irnos a otro lugar y seguir con el negocio, o dormir en la estación en una banca para salir al otro día en camioncitos para los pueblos del interior, añoro esos días, tía le decía a sus amigos que yo era el mejor compañero de  viajes que jamás había tenido, y yo feliz, ojala esos viajes nunca se hubieran terminado.