miércoles, 18 de diciembre de 2013

CRISTO, EL CIEGO Y YO


CRISTO, EL CIEGO Y YO

Un  día cualquiera hace poco tiempo, ayude a cruzar la calle a un señor aparentemente ciego. Cuando llegamos al otro lado de la calle el señor me dio las gracias, a todo esto no sé cómo se dio cuenta que ya habíamos cruzado, y yo le dije tranquilo viejo no hay de qué.

El señor me había puesto su mano derecha en un hombro, cuando yo le conteste me apretó un poco más y me pregunto ¿Qué le pasa lo siento triste? Esta aseveración del señor me dejo sorprendido porque en realidad era cierto. Había tenido en esos días una desilusión familiar y solo le respondí que no era nada grave solo un asunto pasajero.

El señor ciego todavía aferrado a mi hombro me dijo y ahora en un tono suave, “mírame”, lo mire fijamente a los ojos y me desnudo, me sentí sumergido en un mar sin fondo, “las cicatrices solo se cierran cuando se logra comprender que uno no es defraudado, sino que se defrauda a si mismo cuando crees que las personas son igual a ti, y no es así, cada persona tiene sus propios principios fundados en sus valores, deja que cada quien sea juzgado por sí mismo y sana tu cicatriz dejando de pensar  que lo que te hicieron fue personal, solo piensa que las personas que te desilusionan no lo hacen para herirte, ellos son así, trata de comprenderlo, a vivir con ello aunque no vivas con ellos”.

El señor siguió su camino agitando su bastón de un lado al otro y yo me quede con mis pensamientos agitándolos también de un lado al otro, de un lado estaban lo que me aconsejaban ignorar los hechos y al otro las que me aconsejaban ignorar a la persona.

Una personita muy querida me vino aconsejar que yo tenía que dar una lección de vida, yo creo que las personas que me defraudaron, la vida le tiene que dar una lección, y que yo no soy quien ahora después de tanto tiempo enseñándoles a vivir, el que tenga que dar el ejemplo. Seguiré siendo el mismo, no puedo cambiar nada de lo que ha pasado, ni puedo cambiar nada de lo que va a suceder la vida continua inexorablemente su curso y cada quien seguirá en ese andar pasajero del tiempo que todo lo tiene ordenado. Hay tiempo para cada cosa en esta vida. Y el tiempo de llorar y lamentarse ha pasado, vendrán los tiempos de la alegría, el gozo y la tolerancia.

Después que tuve ese encuentro casual con el ciego me puse a reflexionar sobre el poder de descernimiento, intuición o no sé qué cosa tienen los ciegos o por lo menos este a quien tuve la bendición de conocer un día cualquiera sin nombre fecha y hora, pero determinantemente es la vida de cualquier persona.

La mirada del ciego es profunda e insondeable.
La mirada del ciego no te acusa, te interpela.
En la mirada del ciego se refleja tu ser.
La mirada del ciego es esencia pura de  vida.
La mirada del ciego va más allá de los sentidos, es sentimiento puro a través de su alma.
La mirada del ciego te ve cuando hablas.
La mirada del ciego te penetra y descubre tus sentimientos.
La mirada del ciego ve los que otros no ven.

EL Ciego camina con un aparente andar torpe o precavido, pero con la seguridad interior del que todo lo ve y sabe a dónde va.
El ciego jamás podrá ser engañado por la apariencia, su mirada ve más allá de lo tangible.


Y por último es difícil para una persona mantener la mirada nebulosa de un ciego so pena  de ser descubierto, en sus afanes debilidades y egoísmos.
A toda estas el ciego es el símbolo de cristo, aunque tu piensa que no te ve él te conoce íntegramente, él sabe de tus más íntimos sentimientos y te dará la mano para guiarte en tu día de penumbra.

Maestro Euclides Vargas


lunes, 19 de agosto de 2013

Evocación No. 24



Domingo 18 de Agosto como a las 5 de la tarde

Cuando pienso que estoy dormido y me duermo pensando que estoy despierto, al despertar pienso que no he dormido y pienso que he soñado despierto. Es lo que pienso que ha pasado con estas evocaciones, no se si las he pensado  dormido o las he soñado despierto pero se que es la realidad de las cosas que me sucedieron y que no son un invento, una ilusión o hechos figurados, mas bien les debo muchos relatos de los que no me pude acordar..

Les hago esta reflexión ya que este es el último capitulo de estas evocaciones que han sido par mi un ejercicio mental muy satisfactorio durante el cual al evocar momentos pasados pude tener el placer de revivirlos y gozarlos, aunque cuando sucedieron fueron tristes, melancólicos, alegres o peligrosos y que hoy me parecen divertidos como el episodio del burro persiguiendo a la burra donde corrí con la suerte de no haberme muerto de un golpe y salí con un chichón en la frente y un ojo morado, o cuando me perdí en la montaña de Agua Viva y todos aquellos que ahora al analizarlos creo realmente que cuando uno está muchacho no mide las consecuencias de las cosas, no tiene la suficiente claridad para hacer o no hacer.

Como verán de mi vida de casado es muy poco o nada lo que les relato, ya que no quiero remover el pasado sin estar la otra parte presente y pudiera refutar o agregar algo a estas vivencias. Mi experiencia en el matrimonio me servirá como una herramienta mas para comprender a las parejas que  tengan problemas en sus relaciones. Mi esposa era una mujer bella en todos los aspectos, mis hijos son un regalo de Dios y mis nietos la alegría de mi vejez y mas importante aun, que gozo de la bendición de Dios al ser trasformado por su gracia en una nueva criatura.

Quiero terminar por el principio, aun cuando no empecé por el final. Les cuento que corría el año 1942, en plena 2ª. guerra mundial y alrededor del mundo se sentían los efectos de esta. Mi pueblo no era le excepción y los hombres se reunían para hablar de estos acontecimientos: Alemania Oriental estaba bombardeando a Inglaterra, el Primer Ministro de esta nación era el Sr. Wiston Churchil un hombre rubicundo (de cara gorda y cachetes rojos),  quien era el personaje de moda para esa época.

El día 14 de Diciembre mi mamá empezó con los dolores y pasó la noche movida, a todas estas ya estaba le comadrona instalada en la casa, creo que le decían “la señora Julita”, ella estaba pendiente de mi mamá, un amigo de mi papá tenia un carro y lo puso a la orden por si acaso algún problema.

Amaneció el día 15 de Diciembre y la señora Julita puso a mi mamá a caminar por el patio y que para aligerar el parto y como al medio día rompió fuentes y a las tres de la tarde pario un niño grande, gordo y bonito que salió llorando como un desesperado por no se que cosa, a lo mejor era que nadie lo había invitado y venia a esta mundo casi obligado.

La señora Julita era una comadrona experta, envolvió al bebé en un pañal o en otra cosa, no se en realidad si seria en una manta, un paño o una camisa vieja, pero no importa no viene al caso, atendió a mi mamá, limpió al bebé, tampoco se que fue lo primero que hizo pero igual y cuando le corto el ombligo fue entonces que en realidad empezó a llorar a todo pulmón, se puso rojo como un tomate maduro y se le inflaron los cachetes y un amigo de mi papá de apellido Zanzíbier al ver al niño no se le ocurrió otra cosa sino exclamar como si hubiera hecho el descubrimiento del siglo y  con la gracia que identifica al costeño exclamó:  “No joda, si este pelao se parece a Wiston Churchil”.

Ese pelao identificado con el  no joda infame y con un sobrenombre extranjero antes de abrir los ojos, sin derecho al reclamo, sin poder exigir respeto, solo el llanto para la protesta sin respuesta, solo la risa de los presentes aprobando la gracia del momento que quedó  marcando toda la vida de un hombre, bueno ese bebé era yo, que protesté al venir a este mundo y sigo protestando para no irme de el, pero que aun sigue con el sobrenombre de CHURCHIL.

                                                                 FIN

Evocación No. 23



Sábado 10 de Agosto como a las 11 de la noche

Ya estaba impaciente y aburrido en Puerto y decidí irme para Barranquilla a la casa de Adalberto y esperar allí noticias de Venezuela. Me despedí de mi papá, ya había arreglado mi ropa y el día de mi cumpleaños me largué de improviso tal cual como había llegado y cuando llegue a la casa de mi padrastro me acordé enseguida de que cuando me fui para el cuartel, había salido de esa casa y ahora que me venia para Venezuela iba a salir de la misma casa. Que cosa verdad, ni que lo hubiera planeado de esa forma..

Mi viaje para Venezuela fue lo más insólito que se pudiera uno imaginar. Me llegó la noticia de que me fuera para Maicao y que allí me esperaría tía María, que la buscara en la parada de las camionetas que venían para Maracaibo. Apenas llegué a Maicao llamé por teléfono a mi hermana a su trabajo para avisarle que vinieran a buscarme. Me tocó esperar tres días hasta que llegó tía María, dormía en el cuartel donde me daban un desayuno y el resto del día me la pasaba en la parada de las camionetas.

Cuando al fin llegó, yo pensaba que me iba a venir con ella, nada que ver, estuvimos toda la tarde esperando que regresara de Maracaibo un tal señor  Manuel dueño de una camioneta quien era el que tenia los contactos para  pasarme. Como a las tres de la tarde ella se vino y el señor me llevó para su casa donde ya estaban otras cuatro personas. 

Esa noche dormimos en esa casa y tempranito emprendimos viaje para Maracaibo. El primer inconveniente lo tuvimos en la frontera en un sector que se llama Paraguachon, allí el señor Manuel estuvo como una hora hablando con la guardia hasta que al fin pudimos seguir el viaje, llegamos al rio Limón y aquí nos volvieron a parar. Resulta que ese día había una comisión de la extranjería de Caracas y no dejaban pasar a nadie, cuando el señor  se dio cuenta ya no había remedio, nos detuvieron y nos mandaron detenidos para Sinamaica.

En ese lugar la policía nos interrogó, nos reseñaron y nos reunieron con otras personas que ya estaban en el lugar. Un empleado de la extranjería nos informó que cuando tuvieran 20 personas nos iban a deportar para Colombia, Al señor Manuel no lo detuvieron y nos visitó en  el reten de la policía de Sinamaica y nos dijo que cuando llegáramos a Maicao fuéramos para su casa a ver que se podía hacer y nos dio algo de dinero, Esa noche dormimos como pudimos, yo por lo menos me acosté en el suelo y puse como almohada mis zapatos y dormía a ratos.

Temprano en la mañana regresaron los de extranjería, elaboraron una lista con los nombres de los que estábamos  detenidos, la sellaron y nos entregaron a un sargento de la Guardia Nacional de apellido Montilla para que nos trasladara a la frontera y nos pusiera a la orden de una organización que se encargaba de darle ayuda a los deportados. “Tuvieron suerte porque a veces duran hasta un mes detenidos” nos dijo el sargento Montilla. Como a veinte minutos de viaje encontramos una alcabala de la Digepol que quería bajarnos del autobús a lo que el sargento Montilla se opuso y no acepto ni siquiera que se montaran a revisar.
Salieron de discusión y se gritaban groserías y cosas que no entendía, en una de esas el sargento les dijo “échenle bolas”, pensé que se iban a entrar a tiros, pero llegaron otros guardias y la Digepol no tuvo mas remedio que dejarnos pasar. El sargento nos explicó que esa era una gente de mal proceder, detenían a las personas para sacarle dinero y si no conseguían nada los desaparecían y que a el no le iban a echar esa vaina. Gracias amigo Montilla donde quiera que Ud. esté por su coraje y rectitud.

En la frontera nos esperaban unas personas que nos llevaron a Maicao y en una casa grande nos sirvieron un refrigerio, nos bañamos, nos dieron ropa limpia, y nos ofrecieron la oportunidad de regresar a nuestros lugares de origen.

Yo estuve ese día pensando seriamente en volver a Puerto, pero en el grupo se encontraban dos muchachos que me convencieron de regresar a Venezuela con ellos. Estos muchachos trabajaban en una hacienda en Carrasquero y los habían detenido en una redada en el mercado de ese pueblo y ellos conocían el camino porque entraban y salían periódicamente. Como la idea era venirme para Venezuela nos pusimos de acuerdo para encontrarnos al otro día en el mercado guajiro de Maicao.

Esa noche dormí en la casa del señor de la camioneta quien me dio más dinero y la dirección de tía María, también tenia el teléfono de mi hermana. Temprano me fui para el mercado goajiro donde me reuní con los dos muchachos y nos montamos en un jeep que transportaba personas por toda la goajira. Estuvimos todo esa mañana rodando entre las rancherías subiendo y bajando indígenas hasta que llegamos a un lugar a la orilla del rio Limón, allí nos embarcamos en una pequeña lancha que nos pasó para el otro lado, donde nos montamos en un camioncito lleno de gente con mercancía y  víveres que compraban  en Colombia para vender aquí en Venezuela. Este camioncito nos llevó hasta Carrasquera.

Ya en este lugar nos fuimos caminando para la casa del dueño de la hacienda donde los muchachos trabajaban. Cuando este señor llegó a su casa les dio un tremendo regaño y enseguida nos llevó para la hacienda y que para que amanecieran  en el trabajo. Al otro día tuve la oportunidad de hablar con el señor quien me prometió que si lo esperaba un par de días el mismo me llevaba para la casa de mi tía María, yo no tenia de otra y me quedé en la pequeña hacienda colaborando en todo lo que podía, corte monte, cuidé chivos, ordeñé vacas, ayudé en la cocina, la comida era buenísima, la cocinera era de un pueblo de la costa colombiana y tenia dos hijos pequeños, era buena gente.

Llegó el día previsto para venirme, ya tenia mi ropita recogida y cuando llegó el señor me monté en la parte de atrás de la camioneta junto con otro muchacho trabajador de la hacienda que venia a hacer una diligencia a Maracaibo, en la parte de adelante venían la esposa y una hija. Hicimos un viaje tranquilo, en las dos alcabalas de la guardia que encontramos conocían al señor,  lo saludaban y lo mandaban a seguir.

La casa del señor aquí en Maracaibo quedaba por los lados de lo que es hoy la Curva de Molina. En ese lugar nos detuvimos un rato largo, nos dieron almuerzo y el muchacho que venia conmigo atrás en la camioneta se fue a hacer su diligencia con la advertencia que  regresara a las cinco de la tarde. Al rato el señor me dijo “vamos para llevarte para tu casa”, me pidió la dirección, en esa época mi familia vivía por los lados del Sanatorio, por el camino el señor me dio muchos consejos, y “no estés en la calle de noche son días peligrosos”,  que si quería trabajar con el en la hacienda lo llamara por teléfono a su casa aquí en Maracaibo para ponernos de acuerdo para venir a buscarme.

Cuando llegamos a la casa de tía María no había nadie, antes de irse el señor se aseguró que era la dirección correcta y nos despedimos. En el frente de la casa de tía María había una choza llamada La Florida y el dueño era el señor Juan Roque quien me sacó una silla para que  esperara. Resulta que tía María y mi mamá estaban en el Sanatorio donde trabajaba mi hermana y la más pequeña estaba en la escuela.

Me recibieron con mucho afecto y alegría. Diciembre de 1960, empezó mi vida en Venezuela, y lo celebré en familia ya que en la casa hicieron la cena de navidad, estábamos mi mamá, tía María,  mis dos hermanas y unos amigos de la familia.

A partir de ese momento empecé a conocer a los vecinos, el entorno de la casa, me hice a unos amigos, conseguí trabajo en un taller de mecánica como ayudante, aprendí bastante, en ese lugar estuve como dos años, después buscando mas sueldo me fui a trabajar como ayudante de construcción con unas personas casi familia, con ellos estuve como dos años mas, le trabajábamos al señor Gustavo Nava en su ferretería y en su casa. Este señor me recomendó a unos hacendados de Machiques de apellido Gutiérrez. Aquí me fue muy bien, tuve la oportunidad de legalizar mi permanencia en el país y como para esos días ya mi mamá se había ido para Caracas apenas me dieron la cedula de identidad renuncié al trabajo y me fui detrás de mi mamá.

No me adapté a esta ciudad, creo que no estuve un año, la inseguridad, el corri-corri, los largos viajes para ir a trabajar, la madrugadera, llovía todos los días y sin pensarlo dos veces me regresé para Maracaibo, aquí me contacté con un hermano de mis amigos constructores ( a la larga mi compadre Miguel), que era mecánico y quería montar un taller, me enrolé en ese proyecto y me fue muy bien, me casé, y me establecí por mi cuenta en un negocio de transporte escolar.

Eran buenos tiempos, ya los hijos están grandes, mi esposa partió con el señor, tengo nietos, vivo tranquilo, Gloria a Dios por esto.

Hay cosas que se  pueden contar a todos, otras que se  pueden contar a algunas personas, otras que se le pueden contar a alguien y otras cosas que no se le pueden a contar a nadie, y debido a que mi esposa no está presente para que me pudiera ayudar a contarles ciertas cosas de nuestra vida como pareja solo me limitaré a decirles como fue que ella llegó a ser mi ayuda idónea.

Ya y que me estaba poniendo viejo y nada de enjuiciarme como me decía tía María y mi mamá me lo recordaba  cada vez que podía, para el caso en esos días yo tenia tres frentes y me sentía cómodo con la situación.

La primera era una muchacha que vivía en el barrio que tenia dos hijos pequeños, estábamos pero no juntos, ustedes comprenden, yo la ayudaba en lo que podía y todo bien. La segunda era una maestra soltera sin hijos que no quería obligaciones de ninguna clase, salíamos, nos divertíamos, íbamos a fiestas, al cine, a la playa y todo bien. La tercera era una muchacha que había conocido en noviembre para los días de la feria de la chinita y realmente no teníamos nada formal pero yo le estaba haciendo la lucha, ella vivía con una cuñada porque era huérfana de padre y madre y las cosas marchaban poco más o menos, no tenía ni un mes en “esta relación”.

Era un mes de Diciembre y mi mamá nos avisó que se venia a pasar las navidades con nosotros y a mi en particular me dijo que quería conocer a mi novia, esto me puso en un aprieto ya que no tenia la seguridad de por cual de ellas me debía decidir aunque las quería a las tres. Entonces dije, Bueno señor tu decidirás por mi, aquella que acepte la invitación para conocer a mi mama en calidad de novia esa será mi compañera.

Cuando hablé con la primera para que fuera a conocer a la suegra, se excuso, que ella era una mujer con hijos, que seguro que a mi mamá no lo iba a gustar, que siguiéramos igual y todo tranquilo. Me acordé de la recomendación de mi papá, primer descarte y corte la relación. Cuando le hice la invitación a la maestra se hecho a reír y me dijo: “Tu estas loco, yo te tengo para divertirme y puedo vivir sola tranquilamente, olvídate, es mas no estés pensando en mi para casarte y cortemos, te pasaste, ya te estas poniendo serio”. Segunda negativa y esta con despido y todo.
En este momento parecía que me estaba cayendo un peso encima, me quedaba la opción de la casi novia y no veía como ella pudiera aceptar la invitación para conocer a mi mamá cuando aun no teníamos nada en serio, pero habia que hacer la diligencia ya que tenia que llevarle una muchacha a mi mamá para presentársela como mi novia. Ahora en mi mente surgió otra opción en el caso de que me fallara el tercer frente, tenía una amiga que era de mi grupo de fiesteros que si le contaba el problema seguro que me hacia la segunda y se prestaba para ir a la casa a decir que era mi novia y con esta idea en la mente me decidí a hablar con la casi novia.

Cuando le hice la invitación ella no quedó muy convencida, que era el 24, que se reunía con su familia (un tío), que no éramos nada, al fin después de mucho hablar aceptó con una condición, tenia que ir con una de sus hermanas a lo que yo no le vi ningún problema. El día previsto la fui a buscar y a mi mamá le pareció una gran muchacha. Son las cosas de Dios, era la señal que le había pedido, nos casamos y hasta el día de su partida fueron 40 años juntos, unas veces corriendo y otras caminando, pero lo hicimos.

Evocación No. 22



MEMORIAS PARTE OCHO

Jueves 1º. de Agosto como a las seis de la tarde

Quisiera retomar el hilo de lo que les venia contando, ya que esta digresión involuntaria me puso poeta y melancólico, aunque yo no comparto la idea de que los melancólicos sean poetas y se que no soy ni una cosa ni la otra, si fuera poeta o literato ya hubiera escrito un libro y si fuera melancólico no hubiera durado ni una semana en ninguna parte alejado de mi gente. Más bien creo que soy pragmático si se le puede aplicar esta definición a alguien que le busca la parte amable, cómica e informal a las cosas y le gusta echarle bromas a la gente, porque en realidad podemos ser serios pero afables, responsables pero condescendientes y ser estrictos o perfeccionistas y un poco permisivos.

 Pero volvamos al relato. Me había bajado del bus como a seis cuadras antes de llegar a la casa,  caminé lentamente por las mismas calles que ya no eran las mismas por donde había caminado antes, no lograba  identificar si era yo que no las reconocía o eran ellas las que me sentían como un extraño. Las persona que encontraba en la calle no me conocían y  yo tampoco lograba reconocerlas, era como un mirar sin ver o andar o caminar sin saber para donde ir, o buscar a alguien sin saber a quien, primera vez que sentía esta sensación, venia de un lugar donde sabían quien era y cuando salí de mi pueblo todos me conocían, por un momento pensé que a lo mejor me había equivocado y estaba en otro lugar, pero no que va, estaba en Puerto, pero un Puerto diferente, frente a la iglesia el mismo hotel Merey con otra fachada, el puentecito donde se ponían a sacar pecho unos chamos que levantaban pesas ya no tenia barandas, el arroyo seco que aunque lloviera nunca llevaba agua al mar, seguía igual de seco y entonces para asegurarme que realmente estaba en Puerto miré para la izquierda y ahí  para confirmar mi presencia en el  pueblo la casa de la señora Aquilina. Creo que no era  confusión sino sorpresa por el cambio y decidí en ese momento tomarlo con calma y ver que tanto habíamos cambiado mi pueblo y yo.

A todas estas aun hoy no se que pasó, si era mi pueblo quien había cambiado y no lo reconocí, o fui yo quien había cambiado y mi pueblo no me reconoció o cambiamos ambos y nos convertimos en dos extraños. El caso era que se me perdieron los caminos y las idas y venidas quedaron truncas en mi inadvertido caminar por unas calles conocidas pero unas calles olvidadas en un tiempo de ausencia no planeado pero si aceptado y deseado.

Era como cuando uno sueña con un lugar al cual  nunca has ido pero que te resulta familiar pero mi caso era lo contrario, estaba en el lugar donde había nacido, crecido y fue mi campo de batalla particular en mis aventuras de niño y ahora no lo reconocía, no tuve temor de perderme sino de encontrar lo que no estaba buscando o de no encontrar lo que buscaba por no saber donde hacerlo o de no reconocerlo al encontrarlo.

Cuando llegué a la altura de la iglesia, me fui hasta el frente y me senté en las escalinatas y me vinieron a la mente algunas  de las travesuras que le hice al padre Juan.  Aquí si fue verdad que se abrieron los canales de la nostalgia, pero una nostalgia por la presencia  no por lo ausencia, es difícil de explicar ya que la nostalgia es lo contrario, pero creo que siempre he visto las cosas del otro lado y ese momento fue uno de esos que no tienen comparación ya que me daba tristeza lo que encontraba hoy no lo que dejé ayer.

La manifiesta y practicada  irreverencia por la figura o persona del cura me la sembró mi abuela que como ya saben era la hija natural de uno de ellos. Les contaré solamente tres de ellas aunque fueron muchas las veces que me goce a sus costillas. Por ejemplo cada vez que pasaba por la Iglesia le cerraba la puerta y tocaba las campanas, aprendí a tocar la llamada a los funerales y un día me agarró el sacristán y cuando me preguntó quien se había muerto sin pensarlo mucho le dije que el padre Juan, apenas el cura lo supo se fue directo para la casa a acusarme con mi papá. Esta travesura trajo cola ya que la gente se enteró y me decían “Churchil mataste al padre Juan”.

Tenia como nueve años y  los sábados asistía a la iglesia, al catecismo, ya que me estaban preparando para que hiciera la primera comunión, estas clases las daban unas monjitas y cuando ellas no venían las remplazaba el monaguillo. Un sábado nos quedamos esperando a las monjas y el monaguillo tampoco apareció, como no quería irme para la casa tan temprano, me quedé en la iglesia sin ánimo de hacer nada solo darme tiempo para llegar a la hora del almuerzo y que no me mandaran a hacer oficios.

Estando en el lugar llegó una viaja beata de esas que se la pasan metidas en la iglesia y le lavan los interiores al cura y prendió una lucecita  en el candelero (esta es un corotico con aceite y una mechita que colocan en los altares y que para iluminar las almas de los que están en el purgatorio), se quedó un rato rezando, puso una limosna en la alcancía de las ofrendas y se fue. Yo estaba viendo la vaina y me fui hacia los candeleros y no se me pudo ocurrir otra cosa sino apagarlos todos, salí muy despacito hecho el loco y cuando ya me había alejado como una cuadra de la iglesia pegue la carrera y me metí en la casa. Al otro día en la misa el padre Juan se montó en el pulpito y dijo rabioso que un malhechor había profanado la iglesia y que estaba excomulgado sino se confesaba y se arrepentía de lo que había hecho. Esto me dio pie para que no me confesara cuando hice la primera comunión, es mas nunca me confesè.

Otra que le hacia al padre Juan era que comulgaba cuando quería y no me confesaba, esto era un pecado, pero para mi una travesura. El domingo que ya iba a hacer la primera comunión, me vistieron con un pantalón azul y una camisa blanca de manga larga que no se a quien se la prestaron y una cinta azul amarrada en un brazo, ya estaba listo para irme a la iglesia cuando a Racha se le ocurrió mandarme para el mercado a comprar no se que cosa, mi papá me había regalado para comprar el cirio y me habían quedado unos pesos y como no me dieron desayuno en la casa y tenia hambre me compré una arepota de millo, me la iba comiendo tranquilamente cuando una de las viejas beatas me vio. Se puso las manos en la cabeza y me empezó a decir que ya no podía comulgar porque no estaba en ayunas y un poco de cosas mas, no le paré y me termine de comer mi arepa.

Cuando ya estaba en la iglesia sentado en la banca de los que iban a hacer la primera comunión, me escondí detrás de la maestra y entre uno y otro alumno me fui colando hasta que el padre Juan me dio la ostia. Ya estábamos saliendo y la vieja me vio, me sujeto por el brazo y le dijo a la maestra lo que yo había hecho, me solté y caminé hacia la calle y cuando estaba un poquito lejos le hice una mueca a la vieja y me fui corriendo para la playa. El lunes en la escuela la maestra solo me miraba y se sonreía, unos días después  me preguntó por que había hecho eso y solo atiné a decirle con mucha seriedad y aplomo: Yo no creo en los curas, ella me quedó mirando y empezó a reírse y me dijo entre risas “yo tampoco”.

Lo que les contaré ahora fue toda una hazaña que me dio puntos entre todos los muchachos del pueblo y que me vieran como todo un héroe.

Ya tenía como doce años y estaba grande, era una fiesta de la virgen del Carmen. En esas fiestas usan los fuegos artificiales y construyen unas estructuras de madera que le llaman castillos, donde ponen bombas y toda clase de explosivos, bengalas de colores y fuegos artificiales, se ve muy bonito, también prenden unos aparatos como carros de madera llenos de explosivos y buscapiés que le llaman vaca-loca, lo meten entre la gente y puede ser peligroso porque se quema la gente, pero el asunto fue el siguiente: Entre las distracciones esta la de la bola de candela, esta es una pelota de sacos de fique que van amarrando con alambre y cuando ya tiene el volumen de un balón de futbol lo meten por varios días en querosén y por las noches los prenden y los hombres los patean de un lado para el otro hasta que se desarman.

Yo me las daba de grande y estaba metido en el corri-corri pateando la bola de candela cuando el cura me vio y me mandó a sacar, A mi me dio rabia, agarré impulso y de una patada le mandé al cura la bola de candela y se la pegué en el pecho,  me di a la fuga a la carrera y el cura gritaba agárrenlo, agárrenlo, unos tipos me alcanzaron y me llevaron para donde estaba el cura con toda la sotana negra y la cara chamuscada. El padre Juan llamó dos policías y me metieron preso, mi papá tuvo que ir a sacarme, y desde ese día cada vez que veía al cura le hacia una sortija y le decía que lo iba a acusar con mi abuela y pegaba la carrera. 

Retomé el  camino y con un andar lento pero seguro bajé las escalinatas de la iglesia y  decidí entrar a la casa de mi papá `por la misma calle por donde me había ido el día que salí de Puerto sin un destino seguro y ahora regresaba en las mismas condiciones, la diferencia estaba que cuando me fui llevaba la ropa en un viejo maletín y ahora la traía en una maleta.  Cuando llegué a la casa me recibieron como si nunca me hubiera ausentado de Puerto, cordial pero sin efusiones o manifestaciones de alegría, abracé a mi papá saludé a todos los que estaban en la casa y me decidí a pasar en Puerto el tiempo que fuera necesario esperando el día para venirme para Venezuela.

En los días que estuve en Puerto, me la pasaba deambulando por cualquier parte, sin saber a donde quería ir, pero en todo caso no tenia a donde, me sentaba en la punta del muelle por horas, una vez me quedé dormido mirando el cielo, visitaba a Micaela y a Cheche que ya no pescaba, se había puesto viejo y miedoso, ya lo que pescaba eran camarones en la mecedora que tenia debajo de la mata de mango en el patio de su casa. El día que me vio llegar se puso a brincar como un mono y muerto de risa me decía “tu chuchí yo chechè”, lo abrace fuerte y por largo rato, ese señor me fue de gran apoyo ya que  cuando  muchacho me sentía solo el me daba compañía.

Visité a la señora Aquilina quien me contó que Barbuta se había ido o se lo habían llevado de Puerto. También me fui un día para Macondo y lo encontré abandonado, la cerca rota, el alambre púa en el suelo, con cuatro vacas flacas  pastando en un potrero seco y enmontado, fue un encuentro con una realidad que nunca pensé se diera, creo que mi papá ya no estaba para estar al frente de esos trabajos, a lo mejor si me hubiera quedado no se si esto hubiera pasado. Sin remordimientos, debía seguir mi vida.