Martes 26 de
marzo de 2013 a las nueve y media de la mañana.
Evocación No. 11
Estamos en
Semana Santa y son días de recogimiento o como decían en mi casa, de estar
tranquilos y no hacer nada. Pero resulta que yo no me estaba tranquilo ningún
día y tenía que estar haciendo algo para
estar tranquilo.
Mi papá siempre
tuvo como la ilusión de ser un pequeño hacendado pero las cosas no se le daban
porque era hombre de ciudad. Empezó con un par de becerras que le compró a sus
cuñaos (Los palacios) que eran sus asesores en estos negocios y como estaba su
hermana por el medio lo aconsejaban bien. Una de esas becerras se llamaba
mariposa y cuando tuvieron crías papá hizo el esfuerzo para comprarse un
terreno para llevar las vacas, ya que era incomodo cuidarlas en la casa, había
que llevarlas al monte de un señor que vivía en las afueras del pueblo, para
que las cuidara en el día y por las tardes las soltaba y las vacas se venían
solas para la casa, en la mañana las ordeñaban y nuevamente a llevárselas al
señor y así todos los días.
Al fin se le
presento la oportunidad de comprarse una pequeña finca, ubicada como a una hora
y pico de camino a pie y a una hora en burro, no quedaba lejos. Esta finca
tenia por nombre Macondo en un sector donde habían varias haciendas pero esta
era la mas pequeña y no se porque se llamaba Macondo porque las que estaban a
su alrededor tenían sus nombres de acuerdo a las características de cada una de
ellas, por ejemplo: Agua Viva, porque habían unos manantiales de agua dulce que
brotaban de unas piedras, quedaba para los frentes de Macondo y para ir para
allá desde Macondo no había camino, había que pasar una montaña y nadie hacia eso,
no se porque. La hacienda donde estaba la montaña se llamaba la Montañita. Más adelante
de Macondo, pero lejos, quedaba El Salao ya que el agua que salía de los pozos
era salobre y solo servía para los animales y tenían que llevar del pueblo el
agua para el consumo de las personas. Los dueños de esta hacienda tenían un
jeep viejo para traer la leche al pueblo y se les hacia fácil el trabajo. Y
mucho mas lejos, pero lejos, estaban Las Minas, ahí si me gustaba ir, esa
hacienda quedaba mas cerca del otro pueblo de donde era la familia de la esposa
de mi papá y yo me anotaba con los Palacios cada vez que podía para ir a Las
Minas. Tenia este nombre porque una empresa petrolera estuvo perforando esos
terrenos buscando petróleo y no lo encontraron, solo quedaron unos tubos
enterrados bien hondo donde uno metía un recipiente y sacaba como querosén.
Cuando papá
compró Macondo se llevaron las vacas y contrataron un señor para trabajar en el
monte, y cuando tuve como ocho o nueve años, a veces me tocaba ir al monte a
buscar la leche. Pero en todo caso yo me iba para Macondo cada vez que podía y
en uno de esos viajes me pasó lo siguiente.
Era un martes
de Semana Santa y yo estaba como perro
con gusano en el patio de la casa encaramado en una mata de mango tirándole
piedras con la honda a unos pájaros que estaban en una mata de coco que había
en la clínica del terminal cuando oí el chiflido del Jefe frente a la casa, me
bajé de la mata de mango y fui a ver que quería el Jefe, que solamente me dijo
“ensilla el burro y nos vamos pa Macondo a cortar leña”. Mi papá alegó que era
Semana Santa y no se podía cortar leña y Racha “que lo que estábamos buscando
era una mala hora”. Yo no les paré, ensille el burro y arrié para el monte
detrás del Jefe.
Yo tenía un poco
de leña ya cortada y no me demoré mucho en completar mi carga de leña, cuando
la tuve ya lista, le grita al Jefe que me iba para el jagüey a ver si podía
matar unas palomas de monte o torcazas. Agarré la honda y empecé a tirarles
piedras, pero no le pegaba a ninguna lo que me parecía raro porque les estaba
apuntando bien, de pronto sentí un ruido entre los pajonales que había a la
orilla del jagüey, guardé la honda y
agarré el machete pensando que era un cochino de monte. Lo que salió del monte
fue el pájaro mas raro que yo había visto en mi vida y que ni aun ahora he
podido averiguar que clase de pájaro era.
Se paró en un
claro donde podía verlo bien y se quedó quieto mirándome fijamente, yo a la
verdad me dio miedo al ver que solo me miraba y no corría ni volaba, solo me
miraba, el miedo me pasó a terror. Era de color gris oscuro, casi negro, con
unas patas largas como las de una garza pero gruesas y terminaban como las de
un pato. Permanecía quieto mirándome, erguido como un pingüino y entonces lo
detallé mejor, tenía el pico como un pato y los ojos al frente como una persona
no como las aves, y entonces fue que me cage todo, hacia un ruido ronco algo
así como: Croó—croo—croó al tiempo que le subía y le bajaba un penacho rojo.
Yo ya estaba que
me desmayaba del miedo y no me atrevía a lanzarle una piedra, no sabia que
hacer, pero me quedé ahí parado tieso como un palo, sin poder ni gritar para
llamar al Jefe, esperando a ver que pasaba, tenia el machete en la mano y me dispuse a cortarle la cabeza como me
atacara. No se si el extraño pájaro me adivinó las intenciones o se cansó de
estar parado en el sol o se sintió satisfecho con asustarme, el caso es que
tomó una posición como la de una gallina y se fue caminando lentamente
graznando croo—croo—croo y subiendo y bajando la cresta roja se lanzo al
jagüey, no lo vi salir del agua por ninguna parte, aproveche y me fui corriendo
para donde estaba el Jefe, cuando llegue no podía ni hablar. Cuando me calmé le
conté todo con plumas y colores. El Jefe
al principio se reía, pero después se puso serio, me quitó la honda, la partió
en tres pedazos con su machete y me dijo “Eso que te salió era el diablo nojoda,
porque tu eres muy malo, la porca de la madona, deja de estar matando pájaros
ensilla el burro que nos vamos”. Ni siquiera nos dio tiempo para comernos unos
bollos de mazorca con queso que el Jefe había llevado y que para almorzar.
Regresamos
callados, yo adelante montado en el burro, el Jefe amarró su burro al mío y nos seguía a pie, en
una sombra me hizo detener y repartió
los bollos y el queso, que nos comimos andando. De pronto me gritó, “no joda
pelao de mierda” y no hablo mas durante el regreso al pueblo, él se fue para su
casa y yo le lleve la leña a la señora Aquilina.
Este suceso
jamás se lo conté a alguien, ni siquiera a mi abuela, hasta el día de hoy que
mas bien me parece anecdótico y me da risa sobre todo al recordar al Jefe que
cuando estaba borracho me mamaba gallo y me decía: “Ahí viene el pájaro
croo—croo—croo” y se reía y se reía yo también me reia, y nos reíamos y nos
reíamos. Las personas nos veían y se reían y se reían de vernos reír sin saber
cual era el chiste, era un secreto entre el Jefe y yo. Jamás supe que el Jefe
le contara lo que pasó en Macondo a alguien, aun cuando ahora pienso que
realmente el Jefe creyó que me había salido el diablo. Pero en todo caso, no
salgo en Semana Santa para ninguna parte.
Jamás le presté
atención a esto y no deje de ir a Macondo, y otro de mis pasatiempos favoritos
era ir con el primo Paul a cazar pajaritos al monte, de esos que se pueden
domesticar y viven en pequeñas jaulas, en mi casa habían muchos pájaros, de
toda clase ya que a mi papá le gustaban y me dejaba ir.
Como en Macondo
había un jagüey grandísimo que nunca se secaba los pajaritos de todos esos
montes comían y bebían agua y hasta anidaban alrededor del jagüey. La
estrategia de caza era la siguiente: en Macondo había unos arboles que al
hacerle unos cortes en el tronco, botaban un material como goma, algo parecido
como cuando se recoge el caucho natural. Mi primo Paul y yo teníamos preparado
unos alambres que sacábamos de los ganchos de ropa, a los que le untábamos la
goma que sacábamos de las matas. Esta goma la guardábamos como si fuera una
pelota de cera y cuando la íbamos a usar la suavizábamos con querosén.
·
Estos
alambres los amarrábamos en las maticas que estaban a la orilla del agua, y los
pajaritos que se paraban en ellos,
cuando iban a beber se quedaban pegados y teníamos que salir
corriendo para agarrarlos antes de que se embarraran todo con la goma porque
era difícil quitárselas de las plumas. Pero mientras esperábamos que los
pájaros cayeran en la trampa teníamos que hacer un silencio absoluto escondidos
entre las matas de paja, yo por lo menos me ponía a mirar el cielo observando
las nubes a las que trataba de darles alguna figura en mi imaginación, después
supe que las nubes tenían diferentes nombres de acuerdo a sus características
: Cúmulos.
Nubes de desarrollo vertical (de días soleados). Estratos: Nubes estratificadas
(de días soleados). Nimbos. Nubes capaces de formar precipitaciones (Nube de
lluvia). Cirros. Nubes de cristales de hielo (Nubes de tormenta).
·
·
Los
pájaros que capturábamos los metíamos en una jaulas de acuerdo a su clase,
canarios criollos, sinsontes, montañeros, rositas, cardenales, solo nos
quedábamos con los que trinaban a los otros los soltábamos. Para trasladarlos
los tapábamos bien para que no se asustaran y al otro día el primo Paul se iba
para la ciudad a venderlos, partíamos la cochina, pero creo que siempre me
picaba.
Cuando estuvimos
internos en el mismo colegio seguimos practicando la caza de pájaros. En los
terrenos del colegio había un sector que se
anegaba con las aguas de un caño que pasaba cerca. Los sábados que
estábamos pelando, mientras los alumnos se iban para sus casas, nosotros nos
salíamos al caño y cazábamos pájaros. La pega la triamos de Macondo y los
alambres los sacábamos de los ganchos de ropa que en el internado habían
bastante. La primera vez que fuimos a vender los pájaros al mercado, me di
cuenta que el primo Paul me estuvo picando durante mucho tiempo en el negocio
de los pájaros, nos dieron mas dinero con menos pájaros, cuando se lo dije solo
se hecho a reír y me dijo “los gastos del traslado también cuentan”.
Para tener
dinero o ingresos me hice un contrato con la señora Aquilina para proveerla de
leña, (la gente cocinaba con leña o carbón), pero era un contrato medio raro,
ya que casi no veía dinero, me pagaba con comida si la consumía en su negocio,
porque en su casa la comida era gratis, siempre y cuando “quedara algo por ahí”, ya que primero comían <los
invitados>, en todo caso las cuentas las llevaba ella y un día me dijo: “Churchill
me debes tres cargas de leña”, eso fue un viernes en la noche y el sábado
agarre el burro y arranque para Macondo y corté toda la leña que pude como
hasta las doce del día, El señor Víctor me ayudó a cargar el burro y me prestó
su burro para llevarme dos cargas de leña, y como me faltaba poco para le otra
carga me la ayudo a cortar y cuando regresé como a las cuatro ya la tenia
lista, reposé al burro como una hora o mas no me acuerdo. Llegue casi
anocheciendo al pueblo y cumplí con el contrato de la señora Aquilina como me
había enseñado mi abuela a ser un hombre responsable y de palabra.
Hice este
esfuerzo porque el domingo temprano venia mi mama a recogerme para llevarme el
lunes para el colegio donde estudiaría internado el resto de mi bachillerato.
Ya en ese colegio estaba estudiando mi primo Paul.
En la época para
recoger la cosecha de patillas y melones, por todo el camino para ir a Macondo
habían siembras, ensillaba el burro, cogía el machete y con cualquier pretexto me
iba para el monte a comer patillas, no las podía traer para el pueblo y tampoco
podía dejar evidencias de la fechoría pero mi burro colaboraba con la limpieza,
yo me comía todo lo rojo de adentro y el burro se comía las conchas y no
dejábamos rastros. Ese burro era un bandido, la gustaban las patillas y cuando
pasábamos por alguna siembra se paraba y se ponía a rebuznar.
Ese burro me
hecho una vaina que casi no la cuento. Un día me ofrecí para llevar agua dulce
para el monte, el mudo me ensilló el burro con los calambucos mas pequeños y
que para que fuera montado e hiciera el viaje mas rápido y regresara antes de
entrar la noche. El camino para ir a Macondo tiene dos entradas, uno por el
cementerio, más lejos pero el camino era plano y cómodo para los burros y por el otro, había que subir
un cerro que le llamaban “La Virgencita”, pero era mas cerca, bajando la
Virgencita venia un terreno baldío sin cercas por ninguna parte y lleno de
monte donde siempre habían vacas, burros, chivos, cochinos y toda clase de
animales que pastaban en ese lugar.
·
Cono
este era el camino mas rápido me fui por el, subimos la virgencita y el burro
llevaba buen paso, en el terreno baldío había una burra que estaba en celo, mi
burro que la huele y empieza a rebuznar, y yo arriba del burro tratando de
mantenerlo en el camino, pero que va, no tuve la suficiente fuerza para pararlo
y el burro salió corriendo detrás de la burra y yo arriba del burro, se
metieron por entre las matas y las tunas, menos mal que no me espiné pero me
estaba golpeando todo con las ramas, casi que me saco un ojo, me quedó la
frente hinchada un poco de tiempo. La burra corriendo adelante por el monte, el
burro atrás rebuznando y yo agarrao lo mejor que podía para no caerme.
Un señor que
gracias a Dios estaba en el lugar recogiendo unos cochinos me gritaba
desesperado “tírate, tírate”, pero me daba miedo y lo que hacia era agarrarme
mas y en una de esas el burro alcanzó a la burra y la montó, se cayeron los
calambucos, se derramó el agua, se rompió el sillón, se partieron las bridas y
yo caí al suelo como una plasta y me di un tremendo golpe en las nalgas que no
me podía parar. Estaba todo adolorido tenia golpes en todo el cuerpo y la cara
hinchada, me quede sentado en el suelo llorando, el señor de los cochinos me
ayudo a parar, y entonces no podía caminar.
Mientras yo
estaba sentado en el suelo el señor de los cochinos buscó al burro, remendó las
bridas, acomodó lo mejor que pudo el sillón, volvió a cargar el burro, dejó los
cochinos en el monte y nos fuimos para su casa donde me curó la cara y le echó
agua a los calambucos, porque el señor me decía que me fuera para la casa pero
yo no quise y me fui para Macondo todo maltratado. El señor Víctor me amarro
una penca de sábila en la frente y me hizo tomar una agua rara y que para los
golpes, me ensilló el burro con otro sillón y que para arreglar mejor el mío, y
le puso otras bridas al burro. Cuando llegué a la casa no me querían creer el
cuento, pero me tuvieron que llevar al médico de la clínica del terminal porque
tenia la cara mas hinchada y me dio fiebre en la noche, casi que me mata el
burro.
Ese mismo burro
quiso hacer la misma gracia, pero ahora lo llevaba el Jefe por las riendas y
cuando el burro quiso salir corriendo detrás de una burra, el Jefe le dio un
templòn y como siempre cargaba una vara le dio un palazo por la frente al burro
que casi lo mata, el burro cayo al suelo pero se paro enseguida y trato de
morder al Jefe quien le pego otra vez al burro con la vara pero el burro
siempre logro morder al Jefe en la mano y le arranco un dedo.
Salí con el Jefe
para la clínica del terminal donde terminaron de quitarle el dedo. Papá dio la
orden de que nadie usara el burro y a los días se lo vendió a unos señores que
hacían carbón. Compró un mulo bonito que caminaba rápido, pero tenia un
defecto, se asustaba hasta con su sombra y había que amarrarlo a otro animal
para que caminara seguro. Un día fuimos a Macondo y yo me monté en el mulo e
iba de ultimo y que para evitar problemas pero a la salida del pueblo por la
virgencita en el terreno baldío, habían unos señores arreando unas vacas y el
dichoso mulo que se asusta y arrancó a correr, menos mal que medio logré
meterlo al camino, y el mulo corriendo y yo arriba del mulo y otra vez la gente
gritando “tírate, tírate” pero yo me dije , este mulo no me tumba y el mulo
corriendo, la gente atrás de nosotros y yo tratando de pararlo y así llegamos a
Macondo donde se paró porque había una talanquera cerrada.
El mulo que se
para y yo que enseguida me bajo, como al minuto el mulo se hecho y de pronto
lanzo como un bufido, cuando los que venían atrás llegaron ya el mulo se había
muerto. El señor Víctor dijo que se le paro el corazón y lo ahogó la sangre.
La gente de mi
casa siempre inventaba paseos los domingos para Macondo, era como un día de
campo. Se cocinaba con leña y tenia un sabor diferente, muy sabroso, de acuerdo
a la clase de árbol, le da un sabor diferente a la comida. Un domingo de esos
acompañé al señor Víctor a cazar cochinos de monte en la montañita, tuvimos
suerte y mató un cochinito que nos
comimos asado en el almuerzo. Estábamos en medio de la montaña y me mostró unos
arboles grandísimos que sobresalían por encima de los demás y me dijo “si sigues
la dirección de esos arboles pa arriba
de aquel lado de la montañita queda Agua Viva”. Yo me quedé con eso en la mente
y le pregunté si él había ido por esos lados y me dijo que no.
Un día que
estaba la señora Josefa enferma le fui a llevar unas medicinas que mi papá
consiguió con el medico de la clínica del terminal. Era temprano y como había
ido a pie le dije al señor Víctor me voy antes de que apriete el sol, caminé un
poquito y me metí por entre la cerca y agarré rumbo a los arboles grandes que me
había señalado el señor Víctor. A medida que
me acercaba a los arboles el monte se ponía mas espeso y tenia que
cortar las ramas de espina para poder pasar, y parecía que mientras mas
caminaba mas lejos se ponía el cerro. Al fin llegué al pie de los arboles y
como media hora después arriba. Ahí se me pasó la impresión de que estaba
perdido que me venia rondando la cabeza y respiré tranquilo.
Me detuve un
rato a descansar y me di cuenta que el cerro era alto y la montaña tupida, no
sentía animales de ninguna clase, ni del monte ni caseros, me dio un poquito de
miedo y pensé que a lo mejor habían tigritos o gatos de monte. Cuando al fin
llegue a la parte mas alta divisé a lo lejos las casas de Agua Viva, me alegré
al verlas y me mandé pa bajo por ahí
derecho, pasé por los manantiales, al agua estaba fría y sabrosa. La casa
grande estaba sola y en la cas de los empleados tampoco había gente, entonces
empecé a gritar: Hey quien está por aquí, quien vive, nadie me contestaba,
seguía gritando y nada, de pronto oí un
grito que venia del monte y salieron unas personas a ver quien era. Estas
personas eran unos familiares de Eloísa la mujer del Jefe, que eran los que
trabajaban en la hacienda.
Cuando le dije
que venia de Macondo por la montaña se asustaron y el señor me regañó y me
aseguró que en esa montaña habían tigres y que estaban arreglando una oveja que
le había quitado a uno hacia como una hora. Uno de sus hijos se venia para el
pueblo y me vine con él, me dieron
carne de oveja para la casa y cuando llegamos el muchacho habló con Racha, ya que mi papá no estaba, y le contó lo
de la travesía por la montañita. Mi papá
después de hablar con Racha me agarró y me encerró en un cuarto, diciéndome:
“Quédate aquí que después hablamos”.
Papá fue a donde
la familia de Eloísa, habló con el muchacho y regresó en la noche, se metió al
cuarto y solo me miraba. Al fin me dijo: “tu como que eres loco, ¿por que te
fuiste por el monte para Agua Viva? Solo atine a decir, el señor Víctor me dijo
que era cerquita. Me dejò salir del cuarto como si no hubiera pasado nada, pero
Racha le decía ese muchacho esta loco. Entonces me dieron un castigo que no era
castigo; Tenía prohibido ir solo a Macondo, ese castigo duro como tres meses y
para mi fue mejor, ya no iba ni los domingos y cogía para la playa, pescaba con
el señor Cheche y tomaba sopa de pescado
que hacia la señora Micaela.