Lunes 18 de Febrero
como a las tres de la tarde.
Con un blanco
techo en mi mente, donde reposan sosegados mis recuerdos, mis pensamientos son
como el despertador que funciona como impulso creador de nuevas vivencias pero
que realmente están durmiendo como soldados cansados en las más alejadas
cuadras, esperando a ser despertados para cumplir con su guardia.
Cuando analizo
lo que hago, veo o digo hoy, me doy cuenta que son cosas que ya hice, vi o dije
en una repetición constante de las cosa que ya fueron.
Estando muy
joven de solo catorce años y ahora que sigo joven aun con setenta años tenia y
tengo por costumbre o curiosidad observar a las personas en sus quehaceres y
trabajos. Así como hay observadores de pájaros yo era un observador de las
personas, lo hacia y lo hago solo con el
fin de conocer mas de ellas y de paso distraer mi mente y poder relacionarme
mejor con estas.
Pero esto no era
un mirar sin ver, yo le prestaba atención de cómo hacían las cosas y porque la
hacían, como caminaban, la forma de hablar, de reír, de comer, de cómo se
relacionaban con las otras personas y logré sin mucho esfuerzo conocerlas y
saber que podían hacer en algunos casos.
Tengo en la
mente la imagen de varios de estos personajes, y los llamo así, ya que en su
debido momento yo creaba con ellos mis fantasías de niño dándoles diferentes
roles y los integraba a mis juegos, estudios y a las actividades en las cueles
podía involucrarlos.
La señora
Aquilina: Esta era una señora que tenía en la plaza de mi pueblo una venta de comida.
Además de hacer arepas, empanadas, papitas, mandocas, yoyos, y frituras en
general su especialidad eran los sancochos de costilla, de gallina y lo mejor
era su sopa de mondongo y el arroz de cochino.
Observe que la
señora Aquilina era muy organizada; descansaba los días miércoles y habría el
negocio a las cinco de la tarde y cerraba puntualmente a las doce en punto de
la noche. Tenia la señora Aquilina una particularidad con la comida que vendía,
tenia los días específicos para ofrecer los diferentes platos por ejemplo los
domingos era mondongo y los lunes sancocho de gallina a los sábados patacones,
y así ella variaba su comida día por día y de acuerdo al día uno podía saber
que había de comida donde la señora Aquilina.
Yo le compraba
poco a la señora Aquilina debido a mi bajo nivel económico pero siempre que
podía estaba por ahí viendo como se movía el negocio y que además a veces
llegaba un compañero y me brindaba una empanadita. El chiste de todo esto es
que ya me había dado cuenta de algo que hacia la señora Aquilina, cuando alguna
persona que se había tomado su sopa y ella veía que esa persona como que
quedaba falla, muy sutilmente le llenaba otra vez el plato y si esa persona le
decía que no le podía o no tenia como pagar mas, ella se ponía las manos en la
cintura, y con esa sonrisa especial que le iluminaba la cara, esta no solo era
especial por la espontaneidad y alegría que
reflejaba sino que le faltaba un diente, era digno de ver, se paraba
frente a la persona y le respondía con una pregunta: “¿Quién te esta cobrando
mas de lo puedas pagar?”
Esta actitud de
la señora Aquilina para mi fue una revelación y en mis juegos imaginarios me
hacia acompañar de esa señora para ir a repartirle sopa a las persona que
vivían como indigentes a la orilla de la playa que era mi otra casa.
Mi relación
directa con la señora Aquilina llegó de una forma inesperada. Un día cualquiera
de la semana llegue a su negocio, y pedí
dos empanadas sin refresco ya que no tenia para mas y aprovechando la
ocasión me las fui comiendo poco a poco mientras haciéndome el loco miraba como
trabajaban las personas que ayudaban a la señora Aquilina. Unas frían otras
rayaban el queso otras picaban papas en fin, yo estaba distraído y de pronto me
agarró de sorpresa, se paro frete a mi, se puso las manos en la cintura y me
pregunto de sopetón:” ¿Oye tu pelao, que carajo haces tu aquí siempre mirando
como si te debiéramos algo?”, yo me asuste, tenía solo catorce años y quede
como fulminado por un rayo, no sabia como responder y solo se me vino a la
mente algo que yo siempre me preguntaba y le dije con una vocecita tímida
apenas audible: ¿Señora Aquilina usted
que hace con la comida que no puede vender?.
La señora me
estaba mirando fijamente y vi como poco a poco se le fue quitando de su cara
esa expresión severa que tenía cuando se paró frente a mí y se hecho a reír con
esa sonrisa especial que ustedes ya conocen, pero lo mejor de esto es que sus
empleados también se estaban riendo de mi, estoy pensando ahora que ya lo
tenían preparado, y no me quedo mas remedio que ponerme a reír yo también, no
había de otra. Después de esa risa
contagiosa ya no sabia que hacer, pero entonces me miró diría que con dulzura y
algo de comprensión y me pregunto: “¿De verdad quieres saberlo?”, rápidamente
le respondí, si usted me lo quiere decir, ya me sentía un poco mas seguro y la
miré “retador”, entonces ya tranquilamente me dijo, “pasa mañana como a las
once por mi casa, ¿te gustan mis sopas? “Tuve que responder que si aun cuando
nunca las había probado.
Esa noche la
pase como un sonámbulo, casi no dormí pensando en el otro día e imaginando las
cosa que ella estaba haciendo con la comida que le quedaba sin vender. La
señora Aquilina vivía como a dos cuadras de mi casa a la orilla de un arroyo
por el que nunca vi que corriera agua alguna y muy cerca de la iglesia del
pueblo.
Para esos días ya
estaba en cuarto año de bachillerato y la casa de la señora Aquilina me quedaba
en la vía de ir y venir al liceo, pero generalmente yo no pasaba por su casa
sino por otra calle para irme con unos amigos de estudio y de correrías. El
caso fue que ese día era un día diferente, para empezar me fui sin amigos para
el liceo y pase por el frente de la casa de la señora, mirando atentamente,
pero no vi nada, estaba cerrada, era muy temprano. En el liceo hablé con un
profe amigo y a las once salí corriendo, casi volando para la casa de la señora
Aquilina, cuando llegue habían dos viejitos sentados en el frente, llame a la
señora y me contesto desde adentro, “vanos Churchill pasa”, cuando esa señora
me llamo por mi sobrenombre quede sorprendido y le pregunte enseguida ¿Ud. me
conoce? Y ella sin mirarme me respondió, “claro nene quien carajo no te
conoce”.
Ese fue un día
especial en mi vida y todos los que a partir de allí pude compartir con la
señora Aquilina. Para no hacerles la historia mas larga les diré que esta
sencilla y humilde señora compartía su comida con todas aquellas personas
necesitadas que habían en el pueblo y que mucha gente ignoraba, pero que yo si sabia
que existian, ya que desde los siete años estaba vagabundeando por el pueblo y
había visto a varios de estos señores, que hoy tomaban sopa en la casa de la
señora, deambulando por el pueblo, reposando a la orilla de la playa y
durmiendo en la puerta de la alcaldía. Claro que yo los conocía y ellos me
conocían, nunca me metí con ellos, nunca les hice burla, sabia lo que hacían en
el día, sabia don de dormían, pero no sabia donde comían.
Esta experiencia
me sirvió para comer en la calle cuando sabia que la comida de mi casa no era
de mi agrado, y aprovechaba para compartir con mis nuevos amigos en la casa de
la misericordia.
Uno de estos
indigentes que vi donde la señora Aquilina, era un señor joven, como de
cuarenta años o menos, que le decíamos barbuta. A este señor yo lo conocía
desde mis andanzas en la playa cuando estaba mas pequeño, los padres le metían
miedo a sus hijos con ese señor y resulta que el no se metía con nadie, puedo
decir que era mi amigo, yo le ganaba apuestas a los otros niños que le tenían
miedo, les decía que barbuta no me podía hacer nada y que le iba a dar la mano,
lo hacia siempre que podía y ganaba mis apuestas fácilmente, ya que este señor
se alegraba cada vez que yo lo saludaba.
Este era un
señor muy especial, cuando estaba en la playa ayudaba a los pescadores a jalar
los chinchorros y lo hacia sin pedir nada. Decían y que estaba loco, pero yo
sabia que esto no era cierto, ya que según me conto después que lo encontré en
casa de la señora Aquilina el estaba estudiando ingeniería de aviones y un día
se despertó y ya no se acordaba de muchas cosas, ni siquiera que estaba en la
universidad y no pudo seguir estudiando. Su familia era adinerada y el medico
de la familia les dijo que lo dejaran tranquilo, que no se molestaran con
tratamientos ni nada por el estilo.
El caso es que
no se como llego el señor barbuta al pueblo, pero ahí estaba, de vez en cuando
su familia llegaba al pueblo, lo bañaban, le afeitaban la barba que era de
donde le venia el sobrenombre, le ponían ropa limpia y le daban dinero a una
familia que era donde supuestamente vivía aun cuando el lo hacia en cualquier
parte. Desde el día que lo encontré en la casa de la señora Aquilina hablábamos
siempre que podíamos, sobre todo después de tomarnos el consabido plato de
sopa, este era un señor muy inteligente que tenia las respuestas a todas las
preguntas. Nunca supe como se llamaba, y cuando le pregunte su nombre solo me
dijo “me llamo barbuta”, un día, al insistir sobre su nombre real me dijo: “Mi
nombre murrio como murió mi vida anterior, ahora tengo otra vida ahora tengo
otro nombre”, el se puso a llorar y a mi me dio tristeza.
Este pequeño
relato de la señora Aquilina y el señor Barbuta, como trate de explicarles
anteriormente, es un recuerdo repetido que viene a mi memoria de las cosas que
hice veo o digo hoy. Esta vivencia que les conté la viví con una hermana de la
iglesia llamada Vilma, que fue mi líder en la escuela de maestros para la iglesia. Esta hermana se tomo para si la
tarea de hacer una sopa todos los días y la iba a repartir en la plaza
Urdaneta, para hacer esto pedía la colaboración de hermanos que tuvieran la
voluntad no solo de acompañarla sino de colaborar en la elaboración de la sopa.
Yo lo hice varias veces y vi nuevamente retratada en esta acción de la hermana
Vilma a la señora Aquilina y al señor Barbuta lo vi otra vez acostado en una
banca de la plaza esperando su plato de sopa. Que Dios las bendiga a ambas.