martes, 30 de julio de 2013

Evocación No. 21



Domingo 21 de Julio como a las seis de la tarde


Debido a mi trabajo en las oficinas me relacionaba con los oficiales que de cuando en vez me pedían favores, como de salir a la calle a comprarles algo o traer o llevarles a sus casas cosas, en fin, en todo caso esto no me molestaba en absoluto ya que en realidad a uno le sobraba el tiempo y además era bueno porque me tomaba un cafecito o algún dulce que me brindaban en sus casas.

Una tarea que me tocaba era hacer la lista de los permisos de los soldados y entregársela  a los oficiales para que ellos le dieran el visto bueno y después hacer las boletas de salida para que el oficial de guardia la firmara, cuando me tomaron confianza ya no les pasaba la lista, solo las boletas para la firma.

Nunca le tramité permiso a nadie que realmente no lo mereciera o lo necesitara, y si alguno me insistía en su licencia se lo pasaba al oficial de guardia para que el mismo diera la orden de salida. No quería esa responsabilidad y pagar por los platos rotos de otros y actuando de esa forma no tenia problemas con nadie y permiso que yo pasaba lo firmaban sin mirar. Mis paisanos salieron  beneficiados de esta circunstancia ya que pude conseguirles licencias para ir a Puerto. Ya estaba adaptado a mi trabajo y me iba bien, no hacia formación a ninguna hora y andaba en el cuartel como si fuera mi casa, no tenia problemas por nada ni con nadie, creo que debí quedarme en la vida militar, pero Dios tenia planes diferentes a los que yo hubiera querido.

Pero todo no era trabajo ni tristeza, también habían momentos de juego, alegría y una de mis salidas favoritas era irme un fin de semana a la casa de un soldado de apellido Montoya que vivía en un pueblo llamado La Estrella. Cuando no tenia juego u otra responsabilidad le conseguía un permiso al soldado Montoya y nos íbamos para su casa, vivían casi en el campo en una pequeña parcela bien cuidada con una casa bonita. Montoya tenía dos hermanas mayores que estudiaban en la universidad, su papá era agricultor y su mama era una señora menudita pero un amor, por lo menos a mi me complacía en todo y me obligaba a llevarle la ropa sucia para lavármela. Estos eran momentos felices de mi estadía en el cuartel, pasar un fin de semana como en mi casa.

Una de mis obligaciones en la oficina era retirar todos los días una lista del consumo de víveres y entregársela al administrador para que este pudiera hacer las compras a su debido tiempo, esta lista del consumo diaria me la daba el ecónomo, un sargento ladrón que se llevaba para su casa todo lo que podía. Cuando me puse a sacar cuentas observé que algo no cuadraba, ya que el gasto diario era casi siempre era el mismo y no podía ser ya que el personal variaba mucho. Esta cuenta es fácil de sacar, tantos soldados por tanta cantidad de víveres por persona y no había pele, cuando le hice la observación me dijo de frente que esa era la forma de ayudarse que me quedara tranquilo que siempre se había hecho y que no había problema, y que además si sobraba dinero a la asignación del cuartel se lo robaba el comandante.

Bueno no me quedó mas remedio sino quedarme sano y pasé entonces a disfrutar del beneficio de comer cuando quisiera y lo que quisiera.

Todo lo contrario pasaba con los soldados que estaban en comisión donde los víveres nunca alcanzaban y tenían que estar mendingando en las haciendas o robando cochinos y gallinas para poder sobrevivir. Cuando podía les metía la mano para que llevaran algo más.

Cuando quería pasear me iba en los camiones de la compañía  a repartir personalmente los víveres. Los campesinos sufrían mucho por la actividad de las bandas o guerrilla que se combatían mutuamente, (conservadores y liberales) y el ejército que reprimía a cualquiera de ellas y podían confundirlos con guerrilleros. Cuando moría alguna persona por esta causa, lo sacaban a la orilla de la carretera para que las autoridades se la llevaran. Varias veces nos tocó llevarnos a estas personas para los pueblos más cercanos al lugar y entregárselos a quien correspondiera, era triste esta situación, les conté que una vez vi en el rio Magdalena el cadáver de una persona ajusticiada y el secuestro de otras.

Ya tenia más de un año en el cuartel y en una visita a la casa del soldado Montoya nos encontramos  con  sus  hermanas. Después de cenar nos pusimos a conversar y salió a relucir el cuento de mis estudios y mi fracasado intento de estudiar en la universidad, pues resulta que esta quedaba como a dos horas de Medellín en una pequeña ciudad llamada Rio Negro y me embullaron para que fuera de paseo y la conociera,  la idea me quedó rondando la cabeza.

La oportunidad se presentó de la siguiente forma: Era el mes de Abril época de licencias y relevos en los campamentos. Como yo tenia conocimiento de la rotación de los soldados y sus mandos me di cuenta que salía una comisión para Rio Negro, le pedí al capitán encargado de estos traslados el permiso para ir con el pretexto de conocer la susodicha Universidad, no me puso ningún reparo y me incluyo en la lista de los que viajaban.

Salimos un martes tempranito y apenas llegamos al destacamento le preguntè al oficial al mando que como hacia para ir a ese lugar, “como a media hora de aquí, en las afueras”, me dijo esto y se retiró. Hicimos el relevo del personal rapidito, los cambios eran un teniente, un sargento, un cabo y veinte soldados al capitán comandante del destacamento lo relevaban después. Programamos el regreso para las cuatro de la tarde para que todos tuvieran tiempo de recoger sus cosas. Andábamos en tres jeep y dos camiones, en un jeep el teniente, en otro los dos suboficiales, en el otro jeep yo con dos escoltas. Almorzamos y al rato le pedí el favor al teniente que había ido conmigo para que me acompañara a visitar la universidad lo que acepto gustoso y que para ir conociendo.

Salimos en un jeep con uno de mis escoltas y preguntando y preguntando llegamos rápidamente a la Universidad. Quedaba en el  campo y estaba ubicada en  unos terrenos que fueron una hacienda, lo mismo que en mi colegio, pedimos permiso para entrar y como estábamos uniformados ni nos preguntaron que  íbamos a hacer, la entrada era una avenida como de cien metros bordeada de arboles. En el exterior había muchos muchachos por ahí sentados o caminando, entramos en la edificación. Yo quería saber cual de mis condiscípulos estaba estudiando en ese lugar para saludarlo y ponerme a la orden, me atendió una señorita y como no tenia ni idea de lo que yo le estaba preguntando nos pasó a una oficina donde nos atendió el sub-director de ingresos, el teniente le hizo la misma pregunta, buscó en unos libros, en unas listas, mando a buscar otras listas y solo nos dijo “ninguno”. No puede ser, le dije que eran unos muchachos que estaban becados y fue en ese momento que al hombre se le aclaró el asunto.

El señor lentamente nos explicó: Resulta que en Colombia habían para esa época seis institutos agropecuarios y solo eran tres becas para repartir entre todos los opcionados, estos  hicieron un examen en los primeros días de Enero y de mi instituto nadie pasó. El problema fue que no nos explicaron bien, pero para mi era lo mismo, si hubiera pasado la prueba igual no hubiera ido.

Salimos de la Universidad, tenia el corazón tranquilo, ya hacia tiempo que me había resignado y de paso estaba adaptado a la vida militar. En la tarde organizamos el viaje de regreso. El teniente que se iba para Medellín con todo que podía darme la orden me pidió el favor para usar el camioncito que trajimos con los suministros para transportar unos muebles de su casa y pusimos manos a la obra. Nos fuimos todos para su casa y con la ayuda de los soldaos montamos en el camión todos los muebles y los soldados de la escolta para tener cupo en los jeep para la familia del teniente y ya como a las cinco de la tarde emprendimos viaje de regreso.

Era la la primera vez que tenia trato con este teniente, resultó que se mudo para una de las casa de los oficiales del cuartel y era casi familia, de apellido De la Hoz de la ciudad de Santa Marta, tenia su esposa y una hija y eran amables con mi persona, la señora me decía “el primo” y a cada rato me estaba pidiendo favores.

Durante los dos años que estuve en el cuartel no fui a mi casa, podía ir ya que los permisos los tramitaba mi persona, pero fue que nunca sentí la necesidad de hacerlo.

El día 4 de Diciembre de 1960 nos dieron la baja del ejercito y tenia todo listo para venirme directo para Venezuela por la vía de Cúcuta. Sin embargo me tocó quedarme unos días mas ya que el muchacho que me iba a remplazar en las oficinas no entendía nada de las tareas y tuvieron que llamar a un cabo que pasó por ese puesto cuando era soldado. Este corto tiempo me sirvió para despedirme de las amistades, ya no tenía novia, la esposa del capitán me regaló unos pantalones y unas camisas y un par de zapatos que su esposo ya no le quedaban y con la ropita que yo tenía me las acomodó en una pequeña maleta que el capitán usaba cuando se iba  de comisión. Ya estaba listo para venirme un sábado pero el capi me hizo esperar hasta el lunes ya que me había conseguido una cola en un avión de transporte militar que llegaba hasta Cartagena, esto me pareció bien ya que esa forma tenia la oportunidad de despedirme de mi papá.

Este capitán era buena gente, “una madre”       como le dicen en el ejercito a los correctos y amables, no es que no fuera estricto sino que no humillaba a nadie y reconocía el trabajo de los demás, por lo menos a mi me tenia en buena estima y me hice “amigo de su familia y de su caballo”. El día que me venia me llevo junto con su esposa y sus dos hijos al aeropuerto, me presentó a los oficiales encargados del vuelo y al momento de despedirse me pasó un sobre con dinero, era una colecta que hicieron en la oficina y sacó de su bolsillo otro dinero y me lo dio como un aporte de su familia, fue muy emotivo  despedirme de esas personas.

Este dinero junto con el que me dieron en el ejército me fue de mucha utilidad, ya que tuve que esperar en Puerto más de una semana para venirme y  me tocó  gastar en pasajes y comidas. Cuando llegue a Cartagena llamé por teléfono a la casa de un compañero del ejercito de apellido Lambis quien a las mil y quinientas me buscó y pasé el resto del día en su casa con su familia, dormí donde su hermano y al otro día temprano me vine para Barranquilla y de ahí para puerto. Este muchacho estaba muy entusiasmado para regresar al ejército, después tuve conocimiento que llegó hasta sargento y lo jubilaron joven, ya que en el servicio de  orden público el tiempo lo contabilizan doble. Poe lo menos cuando estuvo de servicio le conseguí dos permisos para que viniera a su casa, lo que me agradeció su mama con gratas demostraciones de afecto, para el desayuno el día que me venia me hizo unas arepas con huevo, especialidad de la casa.

Al fin después de dos años corridos llegue nuevamente a Puerto Colombia mi querido pueblo, testigo mudo de mis andanzas y travesuras de muchacho. Al entrar el bus en el pueblo pasó por un lado del campo de fútbol donde había dado tantas carreras, observé con asombre que no era el mismo campo de fútbol sino uno parecido, tenia los surcos que dejaba el agua lluvia, estaba abandonado, el bus cruzó a la derecha y paso lentamente por todo el frente de el colegio donde estudié toda mi primaria, estaba irreconocible, sin pintura, desierto, aunque esto era lógico ya que era Diciembre y aquí fue donde empecé no a dudar de donde estaba sino de que lo que veía era cierto, el campo feo y la escuela abandonada, o era que siempre había estado así y yo no me daba cuenta, o era otra cosa y no lo entendía.
De un impulso emocional que no se de donde me salió, si del miedo o de la sorpresa, del asombre o de la incredulidad, grité sin pensarlo chofer déjeme por aquí, me baje apresuradamente del bus, el ayudante me pasó la maletica donde lo que tenia era pura ropa sucia, creo que los pasajeros ni se dieron cuenta quien se había bajado y los que estaban sentados del lado de la acera me miraron con una  indiferencia parecida a la ignorancia supina o premeditada, eran miradas heladas libres de sentimientos o curiosidad, nojoda me dolió, no se quien lo escribió pero alguien dijo que el extranjero sufre una doble decepción, una cuando llega a un lugar y nadie lo conoce y otra cuando regresa que ya nadie se acuerda de èl.  

El bus me dejó en todo el frente de las oficinas donde se pagaban los servicios públicos y aquí otro cambio evidente, cuando era niño y pasaba por el lugar me acuerdo que era una casa grande y sucia con camiones accidentados en el patio lleno de basura y chatarra y unos hombres sentados en el frente sin ningún oficio aparente pero con uniformes de los obreros de la alcaldía y ahora estaba pintada, con un aviso bonito en el frente y la chatarra había desaparecido.

Me quede un momento ahí parado, las personas salían o entraban a las oficinas, no pude reconocer a nadie, caminé hasta la esquina y lo que no había cambiado eran las fachadas de los hoteles, estos le daban el frente para la calle principal y el fondo para la playa, habían muchos hoteles y posadas en Puerto, era y es un lugar turístico. Seguí caminando para el centro del pueblo, y entonces fue que cai en cuenta que todas las personas que encontraba en mi camino me miraban como un visitante extraño, como a un extranjero. Me hice el desentendido y seguí caminando pero a medida que lo hacia me sentía como el primer día que salí a conocer a Medellín, era un bicho raro, un soldado recluta, vestido con un uniforme grande, unas botas aun mas grandes y una gorra que me tapaba los ojos, como a tres cuadras me devolví casi corriendo para el cuartel y me senté en la plaza, refugio apacible de mi soledad explicable, segura y no compartida sino con mis propias soledades.

Como yo había pasado por la pena, el suplicio y la burla de la gente, cuando tuve la oportunidad ayudaba a los reclutas a vestirse bien para que no sufrieran lo que yo sufrí.

El caso era que en mi propio pueblo, donde yo inventé los atajos, donde voltee las calles como quien voltea las tripas de los cochinos para hacer morcillas, donde no había hueco del pueblo que yo no conociera, donde todos los perros del pueblo me movían la cola, en este lugar parado en medio de la calle, en un momento fugaz pasara por mi mente la idea impertinente de haberme olvidado, o de que se me hubiera perdido la brújula orientadora de mi  aparente caminar sin rumbo pero con destino seguro en mis tiempos de andanzas y tiempo perdido en cosas inútiles, pero lleno del placer de hacerlas sin un orden concebido libre de tiempo o espacios limitantes. En mis tiempos de niño no lo veía de esta manera, solo las hacia porque me salía hacerlas y me las gozaba.

Evocación No. 20



Sábado 13 de Julio como a las dos de la tarde


Estos son relatos de recuerdos no olvidados, no se si he recordado muchos o pocos, mas bien creo que ni una cosa ni la otra sino todo lo contrario, pero antes de continuar con mis evocaciones donde mis recuerdos van encaminados a la pasantía por la vida militar, quiero dar una mirada retrospectiva  pero fugaz a esos días previos a mi nacimiento.

Lo que les contaré me lo contaron, mi mamá era una mujer muy joven y ayudaba a mi papá en la construcción de su casa. El viejo Euclides compraba materiales usados como: puertas y ventanas que mi mamá limpiaba y pintaba, también compraba tejas que para usarlas había que lavarlas para quitarles el cemento. Las echaban en una media pipa con agua para remojarlas y cuando mi mamá tenía tiempo las limpiaba poco a poco, este trabajo lo hacia todos los días y cuando tenían suficientes tejas limpias  contrataban a un albañil para que fuera techando la casa.

Esta es la misma casa donde mi papá llevó a vivir a su esposa cuando se separó de mi mama y es donde ella vive hasta el día de hoy. Según tengo entendido esta casa la quieren traspasar a nombre de uno de mis hermanos, pero mi hermana mayor me comentó que ella no esta muy de acuerdo, ya que fue mi mamá la que ayudó a construirla y tenemos el mismo  derecho de mis otros hermanos, así están las cosas, yo no estoy reclamando nada pero no me vendría mal una tajadita de la repartición, o mejor dicho, un pedacito de la torta.

Estas cosas me las contó mi abuela que nunca estuvo de acuerdo con la separación de mis padres y que además no gustaba de mi madrasta por el trato que nos daba. A veces cuando mi abuela se ponía filosófica me decía que con ella había entrado la maldición del huérfano o expósito a su familia (vivir sin papá o sin mamá), para esa época de mi niñez no entendía nada, ya grande tampoco podía relacionar esta circunstancia con algo fuera de lo natural, o sea peleas entre las parejas, y solo logre entenderlo cuando me convertí al Señor y tuve conocimiento de las maldiciones generacionales.

Mi papá si logró entender esto ya que también lo sufrió en carne propia y uno de sus consejos era que no me metiera con una mujer con hijos o que a mis hijos los criara otra persona. Puse en práctica este sabio consejo aunque tuve la tentación de no cumplirlo.

Mi papá fue un músico natural o de oído, tocaba el violín y desde diciembre hasta los carnavales se la pasaba enfiestao y ese año con mayor razón ya que estaba esperando mi llegada.

Mi papá trabajaba en el Terminal Marítimo de Barranquilla que como cosa curiosa no queda a la orilla del mar sino en el curso de un rio (El Magdalena). Los nativos de mi pueblo tenían la preferencia o prioridad de trabajar en el Terminal sobre otras personas ya que originalmente este Terminal Marítimo estuvo ubicado en mi pueblo y cuando lo trasladaron para Barranquilla lo hicieron con los trabajadores porteños y esto quedó instituido como una costumbre natural.

Estas cosas parece que no tienen importancia, pero forman parte de la cultura de los pueblos que se sustentan en el conocimiento de los tiempos, de las costumbres, de la herencia, de la tradición. Como ejemplo les pongo el que los hijos ocupaban el lugar de los padres cuando estos se retiraban o morían, ya fuera este en un trabajo o en la familia. Para la siembra también tenían sus costumbres, donde sembraban maíz, para el otro año sembraban granos y después patillas y melones, lo hacían y que para que la tierra no se cansara. Ahora esta costumbre ancestral es hoy toda una ciencia y a esta en particular la llaman “rotación de cultivos”.

Con mi papá de fiesta en fiesta y mi mamá lavando tejas y esperando ya estoy por venir al mundo, aguanten un poquito y les contaré.

Por lo pronto  estoy en mi casa y hace como una hora trato de ordenar mis pensamientos, pero nada, son muy difusos y de paso se están entremezclando con un trabajo de análisis sobre las cosa buenas o malas que han dado resultados negativos o positivos para  ordenarlas y poder entonces buscar estrategias para que estos mejoren. Tengo en mis manos algo así como un resumen de las apreciaciones y proposiciones  individuales que medio nos pusimos de acuerdo para discutirlas en una próxima reunión, las he leído todas una y otra vez y estoy asombrado de cómo uno puede entre líneas ver  el fondo que motiva  cada proposición.

Por ejemplo alguien propone algo donde se refleja la cultura de exclusión de su grupo, se que la proposición es factible y positiva,  estoy de acuerdo con ella en la forma, mas no en su fondo. Hay otra proposición que a mi en particular me causa risa, ya que tu no puedes pedirle a otra persona que haga algo que tu no estas dispuesto a hacer. Creo que me salí de la norma y he hecho infidencias, pero este tipo de cosas son las que yo combato y enseño a mis alumnos, a ser claros y ha no tener agendas ocultas. En todo caso esto no me quita el sueño, ahora vea cada quien  si puede dormir.
Ahora es mejor cambiar de tema y que me dedique a relatarles algo de mi vida en el Batallón Girardot de Medellín. Esta institución militar queda en un sector aledaño y apacible a Medellín llamado Villa Hermosa que se fue poblando a su alrededor con el paso del tiempo. A una cuadra de su entrada hay una plaza o parque  rodeada de salones, bares, cafés y restaurantes con la in faltable  rokola donde sonaban los tangos de Carlos Gardel. (Este cantante argentino murió en esta ciudad en un accidente aéreo).

Cuando uno era nuevo, las salidas de los domingos no llegaban más lejos de la plaza, pero era agradable estar sentado en una banca de cemento a la sombra de un frondoso árbol viendo pasar a las muchachas. A medida que era mas antiguo hice amistades y ya no me quedaba en la plaza, inclusive era novio de una muchacha que hizo las pasantías en “mi escuelita”.

En el servicio militar  me fue más que bien, como todo recluta pasé los tres primeros meses en entrenamiento, a pesar que hacíamos mucho ejercicio engordé y crecí, yo creo que era el régimen de vida que teníamos, y que además en el último mes que estuve en la casa me fallaron algunas comidas. De lunes a viernes había un horario fijo para todo lo que hacíamos,  el sábado solamente formábamos para las comidas y el resto del día podías hacer lo que quisieras dentro del cuartel, por lo menos yo “descubrí las caballerizas” y me la pasaba por esos lados, ahí fue donde empecé a tener trato con el capitán que era dueño de un caballo lo que a la larga me sirvió de ayuda para ciertas cosas que hice en el cuartel.

Los domingos era un día especial, no tocaban diana y solamente se formaba para desayunar y para salir a la calle de permiso, el almuerzo lo servían a  las doce  porque a las dos empezaba la visita hasta las seis de la tarde y desde esa hora se servía la cena y a las nueve a dormir para empezar nuevamente la rutina el lunes.

En un principio siempre estaba en esas filas, después solo me quedaba en el cuartel los sábados si tenía juego (jugaba futbol),  cuando terminaba el partido salía corriendo para la calle a visitar a los amigos o a pasear con la novia. Con esto de las novias tengo que contarles algo curioso que a lo mejor también se da en otras partes.

En los alrededores del cuartel se había como instituido algo que yo llamaba “las novias de los reclutas”. Esto funcionaba de la siguiente forma: Las muchachas del sector tenían por costumbre asistir los domingos a la visita con el propósito de conocer a los soldados nuevos y hacer amistad con ellos, disfrutaban la tarde bailando y comiendo a sus costillas y si se cuadraban con alguno se hacían “sus novias”, pero esto no duraba mucho, ya que estábamos en un batallón de orden público y apenas terminaban la instrucción militar los enviaban para el monte por lo menos seis meses y cuando regresaban ya sus novias tenían novios y que a estos soldados les daban un permiso de tres semanas y cuando volvían de sus casas nuevamente se iban para el monte y esto era como un ciclo que no tenia fin que se  repetía cada cuatro meses.

Yo no pasé por ese colador, no porque no quisiera, habían unas chicas muy lindas pero yo era un bobo penoso, no me quedaba mas que irme los domingos  para la plaza a oír las canciones de Gardel, además que no tenia dinero para brindarle un refresco a una muchacha y de paso bailaba mal. Que vaina, pero a la larga me fue bien, ya que al quedarme en el cuartel, las fui conociendo a casi todas y como parte de mi trabajo era fuera, las veía en la calle, las saludaba,  me hice amigo de varias de ellas, iba a su casa los días de semana y les servía de enganche con los nuevos.

Estos muchachos cuando le presentaba a alguna de ellas se sentían agradecidos pensando que les había hecho un gran favor, era divertido este comportamiento o cultura de “la novia del recluta “, una de ellas en una reunión en su casa me dijo sin ningún tipo de pena u otra cosa que en cuatro años que tenia “ejerciendo la profesión” ya había tenido veinte novios, no había perdido la cuenta de cuantos pero me imagino que si de quienes. Solamente conocí a una de ellas que se hizo novia de un compañero llamado Jorge Uribe que cuando salió del servicio se la llevó para Barranquilla. A esta pareja la encontré por casualidad aquí en Venezuela, en Carrasquero, ya tenían dos niños, les di mi dirección pero no me visitaron.

Después del entrenamiento conformaron los pelotones para enviarlos para el orden público, pero a mí junto con otros tres compañeros nos dejaron en el batallón asignados a la compañía de comando y servicio. Un peluquero, un mecánico, un chofer y a mi que me colocaron en las oficinas. En esta compañía estaban todas las personas que prestaban o hacían alguna labor diferente a los oficios militares incluyendo a las secretarias. Yo por ejemplo era como un asistente en las oficinas y me la pasaba de un lado para otro haciendo diligencias dentro del batallón, solo salía para la calle en compañía del muchacho a quien remplacé en ese puesto con el fin de irme entrenando o conociendo el trabajo que tenia que hacer cuando él se fuera para su casa.

Mi estabilidad en las oficinas sucedió de la siguiente forma: Un día un oficial de guardia me dio la orden de revisar las diferentes dependencias para ver quienes del personal asignado a ellas estaban realmente  asistiendo a su trabajo. Hice mi lista a lápiz y le pasé la hoja a una secretaria para que me la pasara a maquina. A la hora del almuerzo el oficial me pidió la lista y cuando fui a buscarla a la oficina la secretaria no la había hecho y que por estar ocupada, con mucha amabilidad le pedí permiso para usar su maquina de escribir y mas rápido que cualquiera de ellas hice la lista, le di las gracias y le entregue la lista al oficial de guardia que ya la estaba esperando parado detrás de mi.

Lo simpático de esto era que las secretarias no tenían ni idea que yo sabia escribir a maquina, también estaba la circunstancia que por las noches yo le hacia las cartas a los muchachos que no sabían escribir y no había perdido la practica, y desde ese día me asignaron un escritorio, un archivo y una maquina de escribir vieja pero en buen estado que rescaté de los talleros, estaba ubicado en un rincón pero ya tenia mi lugar y hacia mis trabajos personalmente y no tenia que estar pidiendo favores y mejor aun cuando las secretarias estaban full de trabajo las ayudaba con mi maquina de escribir lo que no había hecho ninguno de los asistentes que habían pasado por las oficinas.

Dentro de los oficios o tareas que tenia en mi trabajo, estaba la del correo. Invariablemente iba una vez a la semana a las oficinas del correo a poner y retirar la correspondencia incluyendo la oficial que llevaba y recogía en  la 4º. Brigada. Ya tenía como un año en el ejército y un día me llevé una sorpresa, era el día de ir al correo y rutinariamente vacié el buzón de las cartas y las metí en la talega, recogí la correspondencia oficial que casi siempre eran notificaciones de traslados, compras etc. y  que  colocaban en un sobre sellado.

Estas salidas las hacia en un jeep y a los choferes les encantaba llevarme ya que los dejaba que hicieran diligencias personales y hasta visitábamos sus casas. Por el camino ordenaba las cartas por departamentos (estados) para no perder tiempo en los buzones, recogía las cartas en el apartado postal del batallón y salíamos volando para la Brigada a llevar el sobre de la correspondencia oficial para que nos quedara tiempo para pasear. Cuando llegaba al cuartel siempre estaban los soldados esperando para ver si tenían carta de sus casas y lo que hacia era entregarle la talega de las cartas a un soldado de confianza para que las voceara y yo “me perdía del lugar”. Ese día en particular me fui para el rancho (así le dicen al lugar donde se cocina) a comer algo y después agarre para el lado de las caballerizas y como ya había almorzado me quede un rato largo en ese lugar, saque al caballo a caminar un poco y cuando me aburrí de no hacer nada me fui para la oficina.

Sentado en mi lugar encontré al soldado voluntario quien apenas me vio grito “Vargas Johnson carta de Venezuela”. El corazón me dio un brinco, no se si se aceleró o se paró, pero me asusté. Tengo que confesarles aunque lo tomen a mal, que ya no me acordaba de nadie, “vivía ocupado en mis cosas y mi familia no existía en mis pensamientos”, pero al tener la carta en mis manos lo primero que se me vino a la mente fue mi mamá, tenia como un temor de abrirla, imaginé noticias malas, el soldado me apuraba para que la abriera, miré el remitente y cuando vi que era tía María, entonces fue que me cagè todo y la deje en el escritorio pensando nada pero con temor de las noticias que me traía la carta, algo extraño estaba sucediendo,  primera carta que recibía en mi vida y en vez de darme alegría era todo lo contrario. Bueno que carajo pensé, no puedo evitar las cosas sobre las que no tengo control y de un tirón abrí la carta.

Las noticias eran buenas, la carta inquietante y sospechosa era de mi mamá, me saludaba con cariño, que estaba bien, que mi hermana estaba trabajando y en ese tono intercambié como tres cartas con mi mamá, el motivo real era que ella me pedía que me viniera a vivir con ella, que ya estaba bueno de estar alejados. Yo no tenía nada decidido con respecto a mi futuro, habían dos cosas que podía hacer y ahora tenía una tercera opción; la primera que era la que mas me tentaba era quedarme en la vida militar, o sea reenganchar como sub-oficial, que ya me lo habían ofrecido e inclusive los aspirantes hicimos un pequeño curso en Manizales y lo que teníamos que hacer era irnos para nuestra casa al terminar el servicio y al mes presentarnos en el cuartel y nos ascendían en un acto militar a cabos segundos.

La otra opción que veía factible era quedarme en Puerto y buscar trabajo en el terminal ya que tenía la seguridad que entre mi papá y mi tío el jefe podrían con sus influencias conseguirme el puesto. Esta posibilidad tuve que desecharla de plano ya que cuando salí del cuartel le hablé del asunto a mi tío y solo me dijo que cuando tuviera los 21 años hablara con él. A la larga más pudo la sangre materna y mi ánimo de conocer que decidí finalmente aceptar la invitación de mi mamá y aquí estamos. La voluntad de Dios es indiscutible.