Miércoles 13 de Febrero del 2013 como a las diez de la noche.
Los ruidos de
los tiempos pasados traen tenues sonidos al presente, los cuales estarán en
nuestras mentes en los silencios del futuro, recuerdos que muy a menudo se
convierten en ausentes. El futuro siempre será incierto sino sabemos lo que
hicimos en el pasado, por eso trato, con esfuerzo, identificar esos ruidos que
suenan en mi mente, convertirlos en recuerdos y transformarlos en palabras que
puedan expresar lo que siento hoy al revivirlos y nuevamente evocar esas experiencias
que hoy cobran vida, pero la idea principal de este ensayo no es vivir de los
recuerdos, sino recrearlos.
Les estaba
contando anteriormente de mi papá, que realmente era un hombre sabio, nos daba
cada lección de cómo era la vida en comunidad y de cómo comportarnos con las
personas y con la naturaleza. De estos consejos que mi papá nos daba, hay uno que jamás podré olvidar, y que aun hoy lo
sigo acatando y poniendo en practica, enseñándolo a otros siempre que tenga la
ocasión.
Les decía que el
patio de mi casa era algo especial, por lo grande y la cantidad de cosas que
había en el, era el escondite perfecto para un niño travieso huyéndole a unos
correazos. Entre los arboles sembrados en el patio habían cuatro matas de
limón, que para la época, como lo es también hoy, era una fuente de ingresos
para la familia. Había un señor que los encargaba por sacos y teníamos que
recogerlos.
Para la
recolección de los limones usábamos unas varas largas, que tenían amarrado en
su extremo mas fino un alambre en forma de lazo para jalarlos, pero por la
carrera o por no querer recoger los limones o por hacerlo lo mas rápido
posible, golpeábamos las ramas para que los limones cayeran, o jalábamos los
limones con ramas y todo lo que se engancharan en las varas. Por lógica se
partían las ramas y se caían muchas hojas y ahí era cuando entraba en escena mi
papa, nos daba un buen regaño, y se ponía a enseñarnos como era que se hacia y
porque debíamos hacerlo de la forma que el nos indicaba.
Mi papá, después
de recoger los limones, nos sentaba en el suelo y él desde una silla antigua de
mimbre, que era su silla particular, nos explicaba algo así como esto: El limón
para crecer y ser fruto útil, necesitaba de un árbol que lo alimentara. Este
árbol tenía su raíz, su tronco, sus ramas, sus hojas, las flores y todo lo
demás. Cuando rompíamos las ramas y las hojas caían al suelo, el árbol
necesitaba un tiempo para recuperarse y dar nuevos limones; las hojas y las
ramas que se caen (o se van) con los limones a su tiempo se secan y se mueren a
no ser que una persona conocedora de estas cosas, las recoja, las trate y las
convierta en abono y lleguen a ser nuevamente parte de la mata de limón pero
ahora en forma de savia, y sino hay quien haga esto se recogen y se echan a la
basura que era lo que realmente hacíamos nosotros.
Pero mi papá iba
aun mas lejos en sus explicaciones; nos ponía el ejemplo como si la mata de
limón fuera una familia y nosotros entonces éramos los limones, las hojas, y lo
demás. Después de explicar estas cosas, nos decía entonces en un tono de voz
grave y fuerte: He aquí la moraleja, yo como limón debo sentirme triste que para recolectarme se deba
destruir el árbol que me dio vida, y todo por culpa de un recolector
irresponsable que no le interesa el daño que se le hace al árbol.
Después de la
enjabonada de mi papá, yo por lo menos recogía los limones con calma, sin
estropear las ramas y a veces me espinaba recogiendo los limones con la mano.
Después con el paso del tiempo llegue a comprender el verdadero mensaje de mi
papá. ¿Tu te sientes recolector o limón?
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