Martes 29 de enero del 2013 como a las siete de la
noche.
Segunda guerra
mundial, año 1942, Diciembre, la señora Anaïs Johnson estaba en sus últimos
días de embarazo, ya había tenido dos partos y le habían nacido niñas, pero
ahora era algo diferente, ya que los “curiosos, los que adivinan, los que saben
el sexo de los niños mirándole el ombligo de las preñadas, hay otras que le
miden las orejas y otras cosas mas que yo no se, le habían dicho a la señora
Anaïs “será varón”, y yo digo gracias señor que fue así.
A la niña Anaïs
aparentemente esto no le preocupaba mucho, (tengo que hacer la observación que
a las señoras también se les decía niñas, así tuvieran hijos pero estuvieran
jóvenes y a las señoras de edad se les decía misia) además, tengo entendido que
no se hacían muchos preparativos para estas cosas que no fueran las habituales,
las personas se limitaban a esperar y el día que tenia que llegar llegaba.
Y cuando llegaba,
era entonces que la gente se ponía en movimiento, se buscaba la comadrona en el
pueblo, que siempre había una, y también si era un sitio pobre de la ciudad
alejado de los hospitales, existían los “puestos de salud” que era como se les
llamaba a los ambulatorios para esa época, o a un hospital, todo dependía del
caso o las circunstancias, y pasara lo que pasara la vida continuaba.
Con todo que
había escasez de muchas cosas (debido a la guerra), en mi pequeño pueblo los
días trascurrían apaciblemente, los hombres se reunían y hablaban de política,
y las mujeres se reunían y hablaban de sus quehaceres y de sus cosas; las
mujeres no se metían en política y los hombres no se metían en la cocina, bueno
habían casos muy especiales, mi tía y mi vecino eran uno de estos caos.
Mi pueblo esta a
la orilla del mar y tenia unas playas lindas, de arena blanca y aguas cristalinas
(ojo no es un cliché), un muelle que entraba en el mar como un kilometro, donde
atracaban los barcos que venían del exterior con mercancías y víveres, que
trasladaban a los depósitos del pueblo
por medio de un tren de carga que rodaba por el medio el muelle, las maquinas
daban la vuelta en el pueblo y en la punta del muelle que era como se le decía
al final de este.
Yo no tuve la
dicha de ver esto, cuando ya tenia uso de razón o que me acuerde
de esto, al muelle lo habían abandonado a su suerte y mi querido y bello
muelle se quedo solo y sin suerte y ya solo servía para dar paseos a pie y con
el paso del tiempo se fue a la ruina total, se partió en pedazos, y hoy da
lastima verlo, realmente ya ni se ve, o para decirlo mejor, se esfumó y cuando
miro las fotos de esa época me dan ganas de llorar.
Solo me queda el
buen recuerdo del pasado y una canción
que compuso y grabó un primo canta-autor llamado Humberto “chichi” Meyer que cantaba
en los días de parranda con mi papá,
esa canción se llama “Lamento Naufrago”.
En esas playas y
en ese muelle sin uso y abandonado pasé muchos días felices de mi niñez en
compañía de otros muchachos del pueblo de mi edad y uno de nuestros pasatiempos
favoritos era ir a la playa a divertirnos con un juego que habíamos inventado.
El agua de
nuestra playa era cristalina pero el oleaje muy fuerte, tan cristalina era el agua, que cuando uno se metía en ella, podías verte los
pies, los pececitos, las piedras, la arena, todo.
Le pusimos un
nombre a nuestro juego y a nuestra playa, el juego se llamaba: Deja que suba la
marea y la playa, Playa marea, tanto la playa como el juego tenían bien
puesto el nombre. Después salió una canción con el nombre de nuestro juego y la
letra del coro repetía una y otra vez “deja que suba la marea”. Lastima que
éramos muchachos y no sabíamos nada de leyes y no patentamos el nombre del
juego, podíamos haber ganado algo de dinero cobrando los derechos de autor.
El juego
consistía en lo siguiente: Nos metíamos al agua unos hasta un poquito mas
arriba del ombligo, y otros hasta la altura de los hombros, ahora todo dependía
del tiempo, resistencia y valor de los jugadores (yo siempre jugaba con el agua
del ombligo pa bajo), Para ganar el juego teníamos que mantenernos en un solo lugar,
el que se movía perdía
El flujo y
reflujo de las olas nos empujaban pa tras y pa lante, además te ibas enterrando
poco a poco en la arena, los muchachos gritábamos con mucho gozo y desorden “deja
que suba la marea”, los jugadores de ombligo perdían por cansancio o mareo, y
los jugadores de cuello perdían por miedo o por asfixia.
El juego era
divertido y emocionante, al principio jugábamos solo muchachos, el de mas edad
tendría como doce años, yo tenia siete, pero empezaron a invadirnos la playa
muchachos mas grandes, después ya eran hombres adultos que empezaron a jugar y
se estaban apropiando de nuestro juego, esto podíamos soportarlo ya que ellos
solo venían los sábados o domingos, pero el colmo fue cuando se unieron mujeres
al juego que también venían todos los días, habían muchachas que aguantaban mas
que nosotros y no podíamos permitirlo, no queríamos saber nada de mujeres
entrometidas (ahora que me acuerdo me da risa y nostalgia), y la solución fue
que abandonamos el lugar, claudicamos, nos retiramos, no jugamos mas al “deja que
suba la marea” y buscamos otro entretenimiento.
Los quiero
aclarar que nuestra playa estaba retirada un poco del pueblo y era peligrosa,
era especial, con grandes olas, donde llegaban personas en carros con unas
tablas amarradas en el techo que usaban para deslizarse sobre las olas. El caso
fue que perdimos nuestra playa y nuestro juego que antes eran exclusivos y
privados se convirtieron en libres y para todo público.
Pero bueno no se
que hago ya jugando en la playa, pero hablando de playas en una reunión con mi
pastor, surgió una pregunta, algo así como que queríamos hacer o donde
queríamos pasar el resto de nuestras vidas o algo parecido. Yo respondí que si
Dios me daba la oportunidad quería pasar esos días, feliz a la orilla de una
playa, no importando que no sea la de mi pueblo, es lo de menos pero seria lo
mejor y que al morir pusieran en mi lapida: “Nació, creció y murió en la
playa”, me da risa al solo pensarlo.
Lógicamente, ni
estoy en la playa y aun no he muerto y en realidad no pienso en ello, porque no
se si estas memorias se convertirán en la historia de mi vida, o mi
vida como una historia, o mi vida como un cuento o el cuento de mi vida, pero
ya sea lo que salga de estas cuartillas les puedo decir que mi vida ha sido
larga, buena con problemitas aquí y allá pero nada que no se pueda haber
resuelto satisfactoriamente.
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