martes, 26 de febrero de 2013

Evocación No. 1



Martes 29 de enero del 2013 como a las siete de la noche.



Segunda guerra mundial, año 1942, Diciembre, la señora Anaïs Johnson estaba en sus últimos días de embarazo, ya había tenido dos partos y le habían nacido niñas, pero ahora era algo diferente, ya que los “curiosos, los que adivinan, los que saben el sexo de los niños mirándole el ombligo de las preñadas, hay otras que le miden las orejas y otras cosas mas que yo no se, le habían dicho a la señora Anaïs “será varón”, y yo digo gracias señor que fue así.

A la niña Anaïs aparentemente esto no le preocupaba mucho, (tengo que hacer la observación que a las señoras también se les decía niñas, así tuvieran hijos pero estuvieran jóvenes y a las señoras de edad se les decía misia) además, tengo entendido que no se hacían muchos preparativos para estas cosas que no fueran las habituales, las personas se limitaban a esperar y el día que tenia que llegar llegaba.

Y cuando llegaba, era entonces que la gente se ponía en movimiento, se buscaba la comadrona en el pueblo, que siempre había una, y también si era un sitio pobre de la ciudad alejado de los hospitales, existían los “puestos de salud” que era como se les llamaba a los ambulatorios para esa época, o a un hospital, todo dependía del caso o las circunstancias, y pasara lo que pasara la vida continuaba.

Con todo que había escasez de muchas cosas (debido a la guerra), en mi pequeño pueblo los días trascurrían apaciblemente, los hombres se reunían y hablaban de política, y las mujeres se reunían y hablaban de sus quehaceres y de sus cosas; las mujeres no se metían en política y los hombres no se metían en la cocina, bueno habían casos muy especiales, mi tía y mi vecino eran uno de estos caos.

Mi pueblo esta a la orilla del mar y tenia unas playas lindas, de arena blanca y aguas cristalinas (ojo no es un cliché), un muelle que entraba en el mar como un kilometro, donde atracaban los barcos que venían del exterior con mercancías y víveres, que trasladaban a los depósitos del  pueblo por medio de un tren de carga que rodaba por el medio el muelle, las maquinas daban la vuelta en el pueblo y en la punta del muelle que era como se le decía al final de este.

Yo no tuve la dicha de ver esto, cuando ya tenia uso de razón o que me  acuerde  de esto, al muelle lo habían abandonado a su suerte y mi querido y bello muelle se quedo solo y sin suerte y ya solo servía para dar paseos a pie y con el paso del tiempo se fue a la ruina total, se partió en pedazos, y hoy da lastima verlo, realmente ya ni se ve, o para decirlo mejor, se esfumó y cuando miro las fotos de esa época me dan ganas de llorar.

Solo me queda el buen recuerdo  del pasado y una canción que compuso y grabó un primo canta-autor llamado Humberto “chichi” Meyer  que cantaba  en los  días de parranda con mi papá, esa canción se llama “Lamento Naufrago”.

En esas playas y en ese muelle sin uso y abandonado pasé muchos días felices de mi niñez en compañía de otros muchachos del pueblo de mi edad y uno de nuestros pasatiempos favoritos era ir a la playa a divertirnos con un juego que habíamos inventado.

El agua de nuestra playa era cristalina pero el oleaje muy fuerte, tan cristalina  era el agua, que  cuando uno se metía en ella, podías verte los pies, los pececitos, las piedras, la arena, todo.

Le pusimos un nombre a nuestro juego y a nuestra playa, el juego se llamaba: Deja que suba la marea y la playa, Playa marea, tanto la playa como el juego tenían bien puesto el nombre. Después salió una canción con el nombre de nuestro juego y la letra del coro repetía una y otra vez “deja que suba la marea”. Lastima que éramos muchachos y no sabíamos nada de leyes y no patentamos el nombre del juego, podíamos haber ganado algo de dinero cobrando los derechos de autor.

El juego consistía en lo siguiente: Nos metíamos al agua unos hasta un poquito mas arriba del ombligo, y otros hasta la altura de los hombros, ahora todo dependía del tiempo, resistencia y valor de los jugadores (yo siempre jugaba con el agua del ombligo pa bajo), Para ganar el juego teníamos que mantenernos en un solo lugar, el que se movía perdía

El flujo y reflujo de las olas nos empujaban pa tras y pa lante, además te ibas enterrando poco a poco en la arena, los muchachos gritábamos con mucho gozo y desorden “deja que suba la marea”, los jugadores de ombligo perdían por cansancio o mareo, y los jugadores de cuello perdían por miedo o por asfixia.

El juego era divertido y emocionante, al principio jugábamos solo muchachos, el de mas edad tendría como doce años, yo tenia siete, pero empezaron a invadirnos la playa muchachos mas grandes, después ya eran hombres adultos que empezaron a jugar y se estaban apropiando de nuestro juego, esto podíamos soportarlo ya que ellos solo venían los sábados o domingos, pero el colmo fue cuando se unieron mujeres al juego que también venían todos los días, habían muchachas que aguantaban mas que nosotros y no podíamos permitirlo, no queríamos saber nada de mujeres entrometidas (ahora que me acuerdo me da risa y nostalgia), y la solución fue que abandonamos el lugar, claudicamos, nos retiramos, no jugamos mas al “deja que suba la marea” y buscamos otro entretenimiento.

Los quiero aclarar que nuestra playa estaba retirada un poco del pueblo y era peligrosa, era especial, con grandes olas, donde llegaban personas en carros con unas tablas amarradas en el techo que usaban para deslizarse sobre las olas. El caso fue que perdimos nuestra playa y nuestro juego que antes eran exclusivos y privados se convirtieron en libres y para todo público.

Pero bueno no se que hago ya jugando en la playa, pero hablando de playas en una reunión con mi pastor, surgió una pregunta, algo así como que queríamos hacer o donde queríamos pasar el resto de nuestras vidas o algo parecido. Yo respondí que si Dios me daba la oportunidad quería pasar esos días, feliz a la orilla de una playa, no importando que no sea la de mi pueblo, es lo de menos pero seria lo mejor y que al morir pusieran en mi lapida: “Nació, creció y murió en la playa”, me da risa al solo pensarlo.

Lógicamente, ni estoy en la playa y aun no he muerto y en realidad no pienso en ello, porque no se si estas memorias  se  convertirán en la historia de mi vida, o mi vida como una historia, o mi vida como un cuento o el cuento de mi vida, pero ya sea lo que salga de estas cuartillas les puedo decir que mi vida ha sido larga, buena con problemitas aquí y allá pero nada que no se pueda haber resuelto satisfactoriamente.
 

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