lunes, 19 de agosto de 2013

Evocación No. 22



MEMORIAS PARTE OCHO

Jueves 1º. de Agosto como a las seis de la tarde

Quisiera retomar el hilo de lo que les venia contando, ya que esta digresión involuntaria me puso poeta y melancólico, aunque yo no comparto la idea de que los melancólicos sean poetas y se que no soy ni una cosa ni la otra, si fuera poeta o literato ya hubiera escrito un libro y si fuera melancólico no hubiera durado ni una semana en ninguna parte alejado de mi gente. Más bien creo que soy pragmático si se le puede aplicar esta definición a alguien que le busca la parte amable, cómica e informal a las cosas y le gusta echarle bromas a la gente, porque en realidad podemos ser serios pero afables, responsables pero condescendientes y ser estrictos o perfeccionistas y un poco permisivos.

 Pero volvamos al relato. Me había bajado del bus como a seis cuadras antes de llegar a la casa,  caminé lentamente por las mismas calles que ya no eran las mismas por donde había caminado antes, no lograba  identificar si era yo que no las reconocía o eran ellas las que me sentían como un extraño. Las persona que encontraba en la calle no me conocían y  yo tampoco lograba reconocerlas, era como un mirar sin ver o andar o caminar sin saber para donde ir, o buscar a alguien sin saber a quien, primera vez que sentía esta sensación, venia de un lugar donde sabían quien era y cuando salí de mi pueblo todos me conocían, por un momento pensé que a lo mejor me había equivocado y estaba en otro lugar, pero no que va, estaba en Puerto, pero un Puerto diferente, frente a la iglesia el mismo hotel Merey con otra fachada, el puentecito donde se ponían a sacar pecho unos chamos que levantaban pesas ya no tenia barandas, el arroyo seco que aunque lloviera nunca llevaba agua al mar, seguía igual de seco y entonces para asegurarme que realmente estaba en Puerto miré para la izquierda y ahí  para confirmar mi presencia en el  pueblo la casa de la señora Aquilina. Creo que no era  confusión sino sorpresa por el cambio y decidí en ese momento tomarlo con calma y ver que tanto habíamos cambiado mi pueblo y yo.

A todas estas aun hoy no se que pasó, si era mi pueblo quien había cambiado y no lo reconocí, o fui yo quien había cambiado y mi pueblo no me reconoció o cambiamos ambos y nos convertimos en dos extraños. El caso era que se me perdieron los caminos y las idas y venidas quedaron truncas en mi inadvertido caminar por unas calles conocidas pero unas calles olvidadas en un tiempo de ausencia no planeado pero si aceptado y deseado.

Era como cuando uno sueña con un lugar al cual  nunca has ido pero que te resulta familiar pero mi caso era lo contrario, estaba en el lugar donde había nacido, crecido y fue mi campo de batalla particular en mis aventuras de niño y ahora no lo reconocía, no tuve temor de perderme sino de encontrar lo que no estaba buscando o de no encontrar lo que buscaba por no saber donde hacerlo o de no reconocerlo al encontrarlo.

Cuando llegué a la altura de la iglesia, me fui hasta el frente y me senté en las escalinatas y me vinieron a la mente algunas  de las travesuras que le hice al padre Juan.  Aquí si fue verdad que se abrieron los canales de la nostalgia, pero una nostalgia por la presencia  no por lo ausencia, es difícil de explicar ya que la nostalgia es lo contrario, pero creo que siempre he visto las cosas del otro lado y ese momento fue uno de esos que no tienen comparación ya que me daba tristeza lo que encontraba hoy no lo que dejé ayer.

La manifiesta y practicada  irreverencia por la figura o persona del cura me la sembró mi abuela que como ya saben era la hija natural de uno de ellos. Les contaré solamente tres de ellas aunque fueron muchas las veces que me goce a sus costillas. Por ejemplo cada vez que pasaba por la Iglesia le cerraba la puerta y tocaba las campanas, aprendí a tocar la llamada a los funerales y un día me agarró el sacristán y cuando me preguntó quien se había muerto sin pensarlo mucho le dije que el padre Juan, apenas el cura lo supo se fue directo para la casa a acusarme con mi papá. Esta travesura trajo cola ya que la gente se enteró y me decían “Churchil mataste al padre Juan”.

Tenia como nueve años y  los sábados asistía a la iglesia, al catecismo, ya que me estaban preparando para que hiciera la primera comunión, estas clases las daban unas monjitas y cuando ellas no venían las remplazaba el monaguillo. Un sábado nos quedamos esperando a las monjas y el monaguillo tampoco apareció, como no quería irme para la casa tan temprano, me quedé en la iglesia sin ánimo de hacer nada solo darme tiempo para llegar a la hora del almuerzo y que no me mandaran a hacer oficios.

Estando en el lugar llegó una viaja beata de esas que se la pasan metidas en la iglesia y le lavan los interiores al cura y prendió una lucecita  en el candelero (esta es un corotico con aceite y una mechita que colocan en los altares y que para iluminar las almas de los que están en el purgatorio), se quedó un rato rezando, puso una limosna en la alcancía de las ofrendas y se fue. Yo estaba viendo la vaina y me fui hacia los candeleros y no se me pudo ocurrir otra cosa sino apagarlos todos, salí muy despacito hecho el loco y cuando ya me había alejado como una cuadra de la iglesia pegue la carrera y me metí en la casa. Al otro día en la misa el padre Juan se montó en el pulpito y dijo rabioso que un malhechor había profanado la iglesia y que estaba excomulgado sino se confesaba y se arrepentía de lo que había hecho. Esto me dio pie para que no me confesara cuando hice la primera comunión, es mas nunca me confesè.

Otra que le hacia al padre Juan era que comulgaba cuando quería y no me confesaba, esto era un pecado, pero para mi una travesura. El domingo que ya iba a hacer la primera comunión, me vistieron con un pantalón azul y una camisa blanca de manga larga que no se a quien se la prestaron y una cinta azul amarrada en un brazo, ya estaba listo para irme a la iglesia cuando a Racha se le ocurrió mandarme para el mercado a comprar no se que cosa, mi papá me había regalado para comprar el cirio y me habían quedado unos pesos y como no me dieron desayuno en la casa y tenia hambre me compré una arepota de millo, me la iba comiendo tranquilamente cuando una de las viejas beatas me vio. Se puso las manos en la cabeza y me empezó a decir que ya no podía comulgar porque no estaba en ayunas y un poco de cosas mas, no le paré y me termine de comer mi arepa.

Cuando ya estaba en la iglesia sentado en la banca de los que iban a hacer la primera comunión, me escondí detrás de la maestra y entre uno y otro alumno me fui colando hasta que el padre Juan me dio la ostia. Ya estábamos saliendo y la vieja me vio, me sujeto por el brazo y le dijo a la maestra lo que yo había hecho, me solté y caminé hacia la calle y cuando estaba un poquito lejos le hice una mueca a la vieja y me fui corriendo para la playa. El lunes en la escuela la maestra solo me miraba y se sonreía, unos días después  me preguntó por que había hecho eso y solo atiné a decirle con mucha seriedad y aplomo: Yo no creo en los curas, ella me quedó mirando y empezó a reírse y me dijo entre risas “yo tampoco”.

Lo que les contaré ahora fue toda una hazaña que me dio puntos entre todos los muchachos del pueblo y que me vieran como todo un héroe.

Ya tenía como doce años y estaba grande, era una fiesta de la virgen del Carmen. En esas fiestas usan los fuegos artificiales y construyen unas estructuras de madera que le llaman castillos, donde ponen bombas y toda clase de explosivos, bengalas de colores y fuegos artificiales, se ve muy bonito, también prenden unos aparatos como carros de madera llenos de explosivos y buscapiés que le llaman vaca-loca, lo meten entre la gente y puede ser peligroso porque se quema la gente, pero el asunto fue el siguiente: Entre las distracciones esta la de la bola de candela, esta es una pelota de sacos de fique que van amarrando con alambre y cuando ya tiene el volumen de un balón de futbol lo meten por varios días en querosén y por las noches los prenden y los hombres los patean de un lado para el otro hasta que se desarman.

Yo me las daba de grande y estaba metido en el corri-corri pateando la bola de candela cuando el cura me vio y me mandó a sacar, A mi me dio rabia, agarré impulso y de una patada le mandé al cura la bola de candela y se la pegué en el pecho,  me di a la fuga a la carrera y el cura gritaba agárrenlo, agárrenlo, unos tipos me alcanzaron y me llevaron para donde estaba el cura con toda la sotana negra y la cara chamuscada. El padre Juan llamó dos policías y me metieron preso, mi papá tuvo que ir a sacarme, y desde ese día cada vez que veía al cura le hacia una sortija y le decía que lo iba a acusar con mi abuela y pegaba la carrera. 

Retomé el  camino y con un andar lento pero seguro bajé las escalinatas de la iglesia y  decidí entrar a la casa de mi papá `por la misma calle por donde me había ido el día que salí de Puerto sin un destino seguro y ahora regresaba en las mismas condiciones, la diferencia estaba que cuando me fui llevaba la ropa en un viejo maletín y ahora la traía en una maleta.  Cuando llegué a la casa me recibieron como si nunca me hubiera ausentado de Puerto, cordial pero sin efusiones o manifestaciones de alegría, abracé a mi papá saludé a todos los que estaban en la casa y me decidí a pasar en Puerto el tiempo que fuera necesario esperando el día para venirme para Venezuela.

En los días que estuve en Puerto, me la pasaba deambulando por cualquier parte, sin saber a donde quería ir, pero en todo caso no tenia a donde, me sentaba en la punta del muelle por horas, una vez me quedé dormido mirando el cielo, visitaba a Micaela y a Cheche que ya no pescaba, se había puesto viejo y miedoso, ya lo que pescaba eran camarones en la mecedora que tenia debajo de la mata de mango en el patio de su casa. El día que me vio llegar se puso a brincar como un mono y muerto de risa me decía “tu chuchí yo chechè”, lo abrace fuerte y por largo rato, ese señor me fue de gran apoyo ya que  cuando  muchacho me sentía solo el me daba compañía.

Visité a la señora Aquilina quien me contó que Barbuta se había ido o se lo habían llevado de Puerto. También me fui un día para Macondo y lo encontré abandonado, la cerca rota, el alambre púa en el suelo, con cuatro vacas flacas  pastando en un potrero seco y enmontado, fue un encuentro con una realidad que nunca pensé se diera, creo que mi papá ya no estaba para estar al frente de esos trabajos, a lo mejor si me hubiera quedado no se si esto hubiera pasado. Sin remordimientos, debía seguir mi vida.

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