martes, 30 de julio de 2013

Evocación No. 21



Domingo 21 de Julio como a las seis de la tarde


Debido a mi trabajo en las oficinas me relacionaba con los oficiales que de cuando en vez me pedían favores, como de salir a la calle a comprarles algo o traer o llevarles a sus casas cosas, en fin, en todo caso esto no me molestaba en absoluto ya que en realidad a uno le sobraba el tiempo y además era bueno porque me tomaba un cafecito o algún dulce que me brindaban en sus casas.

Una tarea que me tocaba era hacer la lista de los permisos de los soldados y entregársela  a los oficiales para que ellos le dieran el visto bueno y después hacer las boletas de salida para que el oficial de guardia la firmara, cuando me tomaron confianza ya no les pasaba la lista, solo las boletas para la firma.

Nunca le tramité permiso a nadie que realmente no lo mereciera o lo necesitara, y si alguno me insistía en su licencia se lo pasaba al oficial de guardia para que el mismo diera la orden de salida. No quería esa responsabilidad y pagar por los platos rotos de otros y actuando de esa forma no tenia problemas con nadie y permiso que yo pasaba lo firmaban sin mirar. Mis paisanos salieron  beneficiados de esta circunstancia ya que pude conseguirles licencias para ir a Puerto. Ya estaba adaptado a mi trabajo y me iba bien, no hacia formación a ninguna hora y andaba en el cuartel como si fuera mi casa, no tenia problemas por nada ni con nadie, creo que debí quedarme en la vida militar, pero Dios tenia planes diferentes a los que yo hubiera querido.

Pero todo no era trabajo ni tristeza, también habían momentos de juego, alegría y una de mis salidas favoritas era irme un fin de semana a la casa de un soldado de apellido Montoya que vivía en un pueblo llamado La Estrella. Cuando no tenia juego u otra responsabilidad le conseguía un permiso al soldado Montoya y nos íbamos para su casa, vivían casi en el campo en una pequeña parcela bien cuidada con una casa bonita. Montoya tenía dos hermanas mayores que estudiaban en la universidad, su papá era agricultor y su mama era una señora menudita pero un amor, por lo menos a mi me complacía en todo y me obligaba a llevarle la ropa sucia para lavármela. Estos eran momentos felices de mi estadía en el cuartel, pasar un fin de semana como en mi casa.

Una de mis obligaciones en la oficina era retirar todos los días una lista del consumo de víveres y entregársela al administrador para que este pudiera hacer las compras a su debido tiempo, esta lista del consumo diaria me la daba el ecónomo, un sargento ladrón que se llevaba para su casa todo lo que podía. Cuando me puse a sacar cuentas observé que algo no cuadraba, ya que el gasto diario era casi siempre era el mismo y no podía ser ya que el personal variaba mucho. Esta cuenta es fácil de sacar, tantos soldados por tanta cantidad de víveres por persona y no había pele, cuando le hice la observación me dijo de frente que esa era la forma de ayudarse que me quedara tranquilo que siempre se había hecho y que no había problema, y que además si sobraba dinero a la asignación del cuartel se lo robaba el comandante.

Bueno no me quedó mas remedio sino quedarme sano y pasé entonces a disfrutar del beneficio de comer cuando quisiera y lo que quisiera.

Todo lo contrario pasaba con los soldados que estaban en comisión donde los víveres nunca alcanzaban y tenían que estar mendingando en las haciendas o robando cochinos y gallinas para poder sobrevivir. Cuando podía les metía la mano para que llevaran algo más.

Cuando quería pasear me iba en los camiones de la compañía  a repartir personalmente los víveres. Los campesinos sufrían mucho por la actividad de las bandas o guerrilla que se combatían mutuamente, (conservadores y liberales) y el ejército que reprimía a cualquiera de ellas y podían confundirlos con guerrilleros. Cuando moría alguna persona por esta causa, lo sacaban a la orilla de la carretera para que las autoridades se la llevaran. Varias veces nos tocó llevarnos a estas personas para los pueblos más cercanos al lugar y entregárselos a quien correspondiera, era triste esta situación, les conté que una vez vi en el rio Magdalena el cadáver de una persona ajusticiada y el secuestro de otras.

Ya tenia más de un año en el cuartel y en una visita a la casa del soldado Montoya nos encontramos  con  sus  hermanas. Después de cenar nos pusimos a conversar y salió a relucir el cuento de mis estudios y mi fracasado intento de estudiar en la universidad, pues resulta que esta quedaba como a dos horas de Medellín en una pequeña ciudad llamada Rio Negro y me embullaron para que fuera de paseo y la conociera,  la idea me quedó rondando la cabeza.

La oportunidad se presentó de la siguiente forma: Era el mes de Abril época de licencias y relevos en los campamentos. Como yo tenia conocimiento de la rotación de los soldados y sus mandos me di cuenta que salía una comisión para Rio Negro, le pedí al capitán encargado de estos traslados el permiso para ir con el pretexto de conocer la susodicha Universidad, no me puso ningún reparo y me incluyo en la lista de los que viajaban.

Salimos un martes tempranito y apenas llegamos al destacamento le preguntè al oficial al mando que como hacia para ir a ese lugar, “como a media hora de aquí, en las afueras”, me dijo esto y se retiró. Hicimos el relevo del personal rapidito, los cambios eran un teniente, un sargento, un cabo y veinte soldados al capitán comandante del destacamento lo relevaban después. Programamos el regreso para las cuatro de la tarde para que todos tuvieran tiempo de recoger sus cosas. Andábamos en tres jeep y dos camiones, en un jeep el teniente, en otro los dos suboficiales, en el otro jeep yo con dos escoltas. Almorzamos y al rato le pedí el favor al teniente que había ido conmigo para que me acompañara a visitar la universidad lo que acepto gustoso y que para ir conociendo.

Salimos en un jeep con uno de mis escoltas y preguntando y preguntando llegamos rápidamente a la Universidad. Quedaba en el  campo y estaba ubicada en  unos terrenos que fueron una hacienda, lo mismo que en mi colegio, pedimos permiso para entrar y como estábamos uniformados ni nos preguntaron que  íbamos a hacer, la entrada era una avenida como de cien metros bordeada de arboles. En el exterior había muchos muchachos por ahí sentados o caminando, entramos en la edificación. Yo quería saber cual de mis condiscípulos estaba estudiando en ese lugar para saludarlo y ponerme a la orden, me atendió una señorita y como no tenia ni idea de lo que yo le estaba preguntando nos pasó a una oficina donde nos atendió el sub-director de ingresos, el teniente le hizo la misma pregunta, buscó en unos libros, en unas listas, mando a buscar otras listas y solo nos dijo “ninguno”. No puede ser, le dije que eran unos muchachos que estaban becados y fue en ese momento que al hombre se le aclaró el asunto.

El señor lentamente nos explicó: Resulta que en Colombia habían para esa época seis institutos agropecuarios y solo eran tres becas para repartir entre todos los opcionados, estos  hicieron un examen en los primeros días de Enero y de mi instituto nadie pasó. El problema fue que no nos explicaron bien, pero para mi era lo mismo, si hubiera pasado la prueba igual no hubiera ido.

Salimos de la Universidad, tenia el corazón tranquilo, ya hacia tiempo que me había resignado y de paso estaba adaptado a la vida militar. En la tarde organizamos el viaje de regreso. El teniente que se iba para Medellín con todo que podía darme la orden me pidió el favor para usar el camioncito que trajimos con los suministros para transportar unos muebles de su casa y pusimos manos a la obra. Nos fuimos todos para su casa y con la ayuda de los soldaos montamos en el camión todos los muebles y los soldados de la escolta para tener cupo en los jeep para la familia del teniente y ya como a las cinco de la tarde emprendimos viaje de regreso.

Era la la primera vez que tenia trato con este teniente, resultó que se mudo para una de las casa de los oficiales del cuartel y era casi familia, de apellido De la Hoz de la ciudad de Santa Marta, tenia su esposa y una hija y eran amables con mi persona, la señora me decía “el primo” y a cada rato me estaba pidiendo favores.

Durante los dos años que estuve en el cuartel no fui a mi casa, podía ir ya que los permisos los tramitaba mi persona, pero fue que nunca sentí la necesidad de hacerlo.

El día 4 de Diciembre de 1960 nos dieron la baja del ejercito y tenia todo listo para venirme directo para Venezuela por la vía de Cúcuta. Sin embargo me tocó quedarme unos días mas ya que el muchacho que me iba a remplazar en las oficinas no entendía nada de las tareas y tuvieron que llamar a un cabo que pasó por ese puesto cuando era soldado. Este corto tiempo me sirvió para despedirme de las amistades, ya no tenía novia, la esposa del capitán me regaló unos pantalones y unas camisas y un par de zapatos que su esposo ya no le quedaban y con la ropita que yo tenía me las acomodó en una pequeña maleta que el capitán usaba cuando se iba  de comisión. Ya estaba listo para venirme un sábado pero el capi me hizo esperar hasta el lunes ya que me había conseguido una cola en un avión de transporte militar que llegaba hasta Cartagena, esto me pareció bien ya que esa forma tenia la oportunidad de despedirme de mi papá.

Este capitán era buena gente, “una madre”       como le dicen en el ejercito a los correctos y amables, no es que no fuera estricto sino que no humillaba a nadie y reconocía el trabajo de los demás, por lo menos a mi me tenia en buena estima y me hice “amigo de su familia y de su caballo”. El día que me venia me llevo junto con su esposa y sus dos hijos al aeropuerto, me presentó a los oficiales encargados del vuelo y al momento de despedirse me pasó un sobre con dinero, era una colecta que hicieron en la oficina y sacó de su bolsillo otro dinero y me lo dio como un aporte de su familia, fue muy emotivo  despedirme de esas personas.

Este dinero junto con el que me dieron en el ejército me fue de mucha utilidad, ya que tuve que esperar en Puerto más de una semana para venirme y  me tocó  gastar en pasajes y comidas. Cuando llegue a Cartagena llamé por teléfono a la casa de un compañero del ejercito de apellido Lambis quien a las mil y quinientas me buscó y pasé el resto del día en su casa con su familia, dormí donde su hermano y al otro día temprano me vine para Barranquilla y de ahí para puerto. Este muchacho estaba muy entusiasmado para regresar al ejército, después tuve conocimiento que llegó hasta sargento y lo jubilaron joven, ya que en el servicio de  orden público el tiempo lo contabilizan doble. Poe lo menos cuando estuvo de servicio le conseguí dos permisos para que viniera a su casa, lo que me agradeció su mama con gratas demostraciones de afecto, para el desayuno el día que me venia me hizo unas arepas con huevo, especialidad de la casa.

Al fin después de dos años corridos llegue nuevamente a Puerto Colombia mi querido pueblo, testigo mudo de mis andanzas y travesuras de muchacho. Al entrar el bus en el pueblo pasó por un lado del campo de fútbol donde había dado tantas carreras, observé con asombre que no era el mismo campo de fútbol sino uno parecido, tenia los surcos que dejaba el agua lluvia, estaba abandonado, el bus cruzó a la derecha y paso lentamente por todo el frente de el colegio donde estudié toda mi primaria, estaba irreconocible, sin pintura, desierto, aunque esto era lógico ya que era Diciembre y aquí fue donde empecé no a dudar de donde estaba sino de que lo que veía era cierto, el campo feo y la escuela abandonada, o era que siempre había estado así y yo no me daba cuenta, o era otra cosa y no lo entendía.
De un impulso emocional que no se de donde me salió, si del miedo o de la sorpresa, del asombre o de la incredulidad, grité sin pensarlo chofer déjeme por aquí, me baje apresuradamente del bus, el ayudante me pasó la maletica donde lo que tenia era pura ropa sucia, creo que los pasajeros ni se dieron cuenta quien se había bajado y los que estaban sentados del lado de la acera me miraron con una  indiferencia parecida a la ignorancia supina o premeditada, eran miradas heladas libres de sentimientos o curiosidad, nojoda me dolió, no se quien lo escribió pero alguien dijo que el extranjero sufre una doble decepción, una cuando llega a un lugar y nadie lo conoce y otra cuando regresa que ya nadie se acuerda de èl.  

El bus me dejó en todo el frente de las oficinas donde se pagaban los servicios públicos y aquí otro cambio evidente, cuando era niño y pasaba por el lugar me acuerdo que era una casa grande y sucia con camiones accidentados en el patio lleno de basura y chatarra y unos hombres sentados en el frente sin ningún oficio aparente pero con uniformes de los obreros de la alcaldía y ahora estaba pintada, con un aviso bonito en el frente y la chatarra había desaparecido.

Me quede un momento ahí parado, las personas salían o entraban a las oficinas, no pude reconocer a nadie, caminé hasta la esquina y lo que no había cambiado eran las fachadas de los hoteles, estos le daban el frente para la calle principal y el fondo para la playa, habían muchos hoteles y posadas en Puerto, era y es un lugar turístico. Seguí caminando para el centro del pueblo, y entonces fue que cai en cuenta que todas las personas que encontraba en mi camino me miraban como un visitante extraño, como a un extranjero. Me hice el desentendido y seguí caminando pero a medida que lo hacia me sentía como el primer día que salí a conocer a Medellín, era un bicho raro, un soldado recluta, vestido con un uniforme grande, unas botas aun mas grandes y una gorra que me tapaba los ojos, como a tres cuadras me devolví casi corriendo para el cuartel y me senté en la plaza, refugio apacible de mi soledad explicable, segura y no compartida sino con mis propias soledades.

Como yo había pasado por la pena, el suplicio y la burla de la gente, cuando tuve la oportunidad ayudaba a los reclutas a vestirse bien para que no sufrieran lo que yo sufrí.

El caso era que en mi propio pueblo, donde yo inventé los atajos, donde voltee las calles como quien voltea las tripas de los cochinos para hacer morcillas, donde no había hueco del pueblo que yo no conociera, donde todos los perros del pueblo me movían la cola, en este lugar parado en medio de la calle, en un momento fugaz pasara por mi mente la idea impertinente de haberme olvidado, o de que se me hubiera perdido la brújula orientadora de mi  aparente caminar sin rumbo pero con destino seguro en mis tiempos de andanzas y tiempo perdido en cosas inútiles, pero lleno del placer de hacerlas sin un orden concebido libre de tiempo o espacios limitantes. En mis tiempos de niño no lo veía de esta manera, solo las hacia porque me salía hacerlas y me las gozaba.

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