Domingo 21 de
Julio como a las seis de la tarde
Debido a mi
trabajo en las oficinas me relacionaba con los oficiales que de cuando en vez
me pedían favores, como de salir a la calle a comprarles algo o traer o
llevarles a sus casas cosas, en fin, en todo caso esto no me molestaba en
absoluto ya que en realidad a uno le sobraba el tiempo y además era bueno
porque me tomaba un cafecito o algún dulce que me brindaban en sus casas.
Una tarea que me
tocaba era hacer la lista de los permisos de los soldados y entregársela a los oficiales para que ellos le dieran el
visto bueno y después hacer las boletas de salida para que el oficial de
guardia la firmara, cuando me tomaron confianza ya no les pasaba la lista, solo
las boletas para la firma.
Nunca le tramité
permiso a nadie que realmente no lo mereciera o lo necesitara, y si alguno me
insistía en su licencia se lo pasaba al oficial de guardia para que el mismo
diera la orden de salida. No quería esa responsabilidad y pagar por los platos
rotos de otros y actuando de esa forma no tenia problemas con nadie y permiso
que yo pasaba lo firmaban sin mirar. Mis paisanos salieron beneficiados de esta circunstancia ya que
pude conseguirles licencias para ir a Puerto. Ya estaba adaptado a mi trabajo y
me iba bien, no hacia formación a ninguna hora y andaba en el cuartel como si
fuera mi casa, no tenia problemas por nada ni con nadie, creo que debí quedarme
en la vida militar, pero Dios tenia planes diferentes a los que yo hubiera
querido.
Pero todo no era
trabajo ni tristeza, también habían momentos de juego, alegría y una de mis
salidas favoritas era irme un fin de semana a la casa de un soldado de apellido
Montoya que vivía en un pueblo llamado La Estrella. Cuando no tenia juego u
otra responsabilidad le conseguía un permiso al soldado Montoya y nos íbamos
para su casa, vivían casi en el campo en una pequeña parcela bien cuidada con
una casa bonita. Montoya tenía dos hermanas mayores que estudiaban en la
universidad, su papá era agricultor y su mama era una señora menudita pero un
amor, por lo menos a mi me complacía en todo y me obligaba a llevarle la ropa
sucia para lavármela. Estos eran momentos felices de mi estadía en el cuartel,
pasar un fin de semana como en mi casa.
Una de mis
obligaciones en la oficina era retirar todos los días una lista del consumo de
víveres y entregársela al administrador para que este pudiera hacer las compras
a su debido tiempo, esta lista del consumo diaria me la daba el ecónomo, un
sargento ladrón que se llevaba para su casa todo lo que podía. Cuando me puse a
sacar cuentas observé que algo no cuadraba, ya que el gasto diario era casi
siempre era el mismo y no podía ser ya que el personal variaba mucho. Esta
cuenta es fácil de sacar, tantos soldados por tanta cantidad de víveres por
persona y no había pele, cuando le hice la observación me dijo de frente que
esa era la forma de ayudarse que me quedara tranquilo que siempre se había
hecho y que no había problema, y que además si sobraba dinero a la asignación
del cuartel se lo robaba el comandante.
Bueno no me
quedó mas remedio sino quedarme sano y pasé entonces a disfrutar del beneficio
de comer cuando quisiera y lo que quisiera.
Todo lo
contrario pasaba con los soldados que estaban en comisión donde los víveres
nunca alcanzaban y tenían que estar mendingando en las haciendas o robando
cochinos y gallinas para poder sobrevivir. Cuando podía les metía la mano para
que llevaran algo más.
Cuando quería
pasear me iba en los camiones de la compañía
a repartir personalmente los víveres. Los campesinos sufrían mucho por
la actividad de las bandas o guerrilla que se combatían mutuamente,
(conservadores y liberales) y el ejército que reprimía a cualquiera de ellas y
podían confundirlos con guerrilleros. Cuando moría alguna persona por esta
causa, lo sacaban a la orilla de la carretera para que las autoridades se la
llevaran. Varias veces nos tocó llevarnos a estas personas para los pueblos más
cercanos al lugar y entregárselos a quien correspondiera, era triste esta
situación, les conté que una vez vi en el rio Magdalena el cadáver de una
persona ajusticiada y el secuestro de otras.
Ya tenia más de
un año en el cuartel y en una visita a la casa del soldado Montoya nos
encontramos con sus
hermanas. Después de cenar nos pusimos a conversar y salió a relucir el
cuento de mis estudios y mi fracasado intento de estudiar en la universidad,
pues resulta que esta quedaba como a dos horas de Medellín en una pequeña
ciudad llamada Rio Negro y me embullaron para que fuera de paseo y la
conociera, la idea me quedó rondando la
cabeza.
La oportunidad
se presentó de la siguiente forma: Era el mes de Abril época de licencias y
relevos en los campamentos. Como yo tenia conocimiento de la rotación de los
soldados y sus mandos me di cuenta que salía una comisión para Rio Negro, le
pedí al capitán encargado de estos traslados el permiso para ir con el pretexto
de conocer la susodicha Universidad, no me puso ningún reparo y me incluyo en
la lista de los que viajaban.
Salimos un
martes tempranito y apenas llegamos al destacamento le preguntè al oficial al
mando que como hacia para ir a ese lugar, “como a media hora de aquí, en las
afueras”, me dijo esto y se retiró. Hicimos el relevo del personal rapidito,
los cambios eran un teniente, un sargento, un cabo y veinte soldados al capitán
comandante del destacamento lo relevaban después. Programamos el regreso para
las cuatro de la tarde para que todos tuvieran tiempo de recoger sus cosas.
Andábamos en tres jeep y dos camiones, en un jeep el teniente, en otro los dos
suboficiales, en el otro jeep yo con dos escoltas. Almorzamos y al rato le pedí
el favor al teniente que había ido conmigo para que me acompañara a visitar la
universidad lo que acepto gustoso y que para ir conociendo.
Salimos en un
jeep con uno de mis escoltas y preguntando y preguntando llegamos rápidamente a
la Universidad. Quedaba en el campo y
estaba ubicada en unos terrenos que
fueron una hacienda, lo mismo que en mi colegio, pedimos permiso para entrar y
como estábamos uniformados ni nos preguntaron que íbamos a hacer, la entrada era una avenida
como de cien metros bordeada de arboles. En el exterior había muchos muchachos
por ahí sentados o caminando, entramos en la edificación. Yo quería saber cual
de mis condiscípulos estaba estudiando en ese lugar para saludarlo y ponerme a
la orden, me atendió una señorita y como no tenia ni idea de lo que yo le
estaba preguntando nos pasó a una oficina donde nos atendió el sub-director de
ingresos, el teniente le hizo la misma pregunta, buscó en unos libros, en unas
listas, mando a buscar otras listas y solo nos dijo “ninguno”. No puede ser, le
dije que eran unos muchachos que estaban becados y fue en ese momento que al
hombre se le aclaró el asunto.
El señor
lentamente nos explicó: Resulta que en Colombia habían para esa época seis institutos
agropecuarios y solo eran tres becas para repartir entre todos los opcionados,
estos hicieron un examen en los primeros
días de Enero y de mi instituto nadie pasó. El problema fue que no nos
explicaron bien, pero para mi era lo mismo, si hubiera pasado la prueba igual
no hubiera ido.
Salimos de la
Universidad, tenia el corazón tranquilo, ya hacia tiempo que me había resignado
y de paso estaba adaptado a la vida militar. En la tarde organizamos el viaje
de regreso. El teniente que se iba para Medellín con todo que podía darme la
orden me pidió el favor para usar el camioncito que trajimos con los
suministros para transportar unos muebles de su casa y pusimos manos a la obra.
Nos fuimos todos para su casa y con la ayuda de los soldaos montamos en el
camión todos los muebles y los soldados de la escolta para tener cupo en los
jeep para la familia del teniente y ya como a las cinco de la tarde emprendimos
viaje de regreso.
Era la la
primera vez que tenia trato con este teniente, resultó que se mudo para una de
las casa de los oficiales del cuartel y era casi familia, de apellido De la Hoz
de la ciudad de Santa Marta, tenia su esposa y una hija y eran amables con mi
persona, la señora me decía “el primo” y a cada rato me estaba pidiendo
favores.
Durante los dos
años que estuve en el cuartel no fui a mi casa, podía ir ya que los permisos
los tramitaba mi persona, pero fue que nunca sentí la necesidad de hacerlo.
El día 4 de
Diciembre de 1960 nos dieron la baja del ejercito y tenia todo listo para
venirme directo para Venezuela por la vía de Cúcuta. Sin embargo me tocó
quedarme unos días mas ya que el muchacho que me iba a remplazar en las
oficinas no entendía nada de las tareas y tuvieron que llamar a un cabo que
pasó por ese puesto cuando era soldado. Este corto tiempo me sirvió para
despedirme de las amistades, ya no tenía novia, la esposa del capitán me regaló
unos pantalones y unas camisas y un par de zapatos que su esposo ya no le
quedaban y con la ropita que yo tenía me las acomodó en una pequeña maleta que
el capitán usaba cuando se iba de
comisión. Ya estaba listo para venirme un sábado pero el capi me hizo esperar
hasta el lunes ya que me había conseguido una cola en un avión de transporte
militar que llegaba hasta Cartagena, esto me pareció bien ya que esa forma
tenia la oportunidad de despedirme de mi papá.
Este capitán era
buena gente, “una madre” como le
dicen en el ejercito a los correctos y amables, no es que no fuera estricto
sino que no humillaba a nadie y reconocía el trabajo de los demás, por lo menos
a mi me tenia en buena estima y me hice “amigo de su familia y de su caballo”.
El día que me venia me llevo junto con su esposa y sus dos hijos al aeropuerto,
me presentó a los oficiales encargados del vuelo y al momento de despedirse me
pasó un sobre con dinero, era una colecta que hicieron en la oficina y sacó de
su bolsillo otro dinero y me lo dio como un aporte de su familia, fue muy
emotivo despedirme de esas personas.
Este dinero
junto con el que me dieron en el ejército me fue de mucha utilidad, ya que tuve
que esperar en Puerto más de una semana para venirme y me tocó
gastar en pasajes y comidas. Cuando llegue a Cartagena llamé por
teléfono a la casa de un compañero del ejercito de apellido Lambis quien a las
mil y quinientas me buscó y pasé el resto del día en su casa con su familia,
dormí donde su hermano y al otro día temprano me vine para Barranquilla y de
ahí para puerto. Este muchacho estaba muy entusiasmado para regresar al ejército,
después tuve conocimiento que llegó hasta sargento y lo jubilaron joven, ya que
en el servicio de orden público el
tiempo lo contabilizan doble. Poe lo menos cuando estuvo de servicio le
conseguí dos permisos para que viniera a su casa, lo que me agradeció su mama
con gratas demostraciones de afecto, para el desayuno el día que me venia me
hizo unas arepas con huevo, especialidad de la casa.
Al fin después
de dos años corridos llegue nuevamente a Puerto Colombia mi querido pueblo,
testigo mudo de mis andanzas y travesuras de muchacho. Al entrar el bus en el
pueblo pasó por un lado del campo de fútbol donde había dado tantas carreras,
observé con asombre que no era el mismo campo de fútbol sino uno parecido,
tenia los surcos que dejaba el agua lluvia, estaba abandonado, el bus cruzó a
la derecha y paso lentamente por todo el frente de el colegio donde estudié
toda mi primaria, estaba irreconocible, sin pintura, desierto, aunque esto era
lógico ya que era Diciembre y aquí fue donde empecé no a dudar de donde estaba
sino de que lo que veía era cierto, el campo feo y la escuela abandonada, o era
que siempre había estado así y yo no me daba cuenta, o era otra cosa y no lo
entendía.
De un impulso
emocional que no se de donde me salió, si del miedo o de la sorpresa, del
asombre o de la incredulidad, grité sin pensarlo chofer déjeme por aquí, me baje apresuradamente del bus, el
ayudante me pasó la maletica donde lo que tenia era pura ropa sucia, creo que los
pasajeros ni se dieron cuenta quien se había bajado y los que estaban sentados
del lado de la acera me miraron con una
indiferencia parecida a la ignorancia supina o premeditada, eran miradas
heladas libres de sentimientos o curiosidad, nojoda me dolió, no se quien lo
escribió pero alguien dijo que el extranjero sufre una doble decepción, una
cuando llega a un lugar y nadie lo conoce y otra cuando regresa que ya nadie se
acuerda de èl.
El bus me dejó
en todo el frente de las oficinas donde se pagaban los servicios públicos y
aquí otro cambio evidente, cuando era niño y pasaba por el lugar me acuerdo que
era una casa grande y sucia con camiones accidentados en el patio lleno de
basura y chatarra y unos hombres sentados en el frente sin ningún oficio
aparente pero con uniformes de los obreros de la alcaldía y ahora estaba
pintada, con un aviso bonito en el frente y la chatarra había desaparecido.
Me quede un
momento ahí parado, las personas salían o entraban a las oficinas, no pude
reconocer a nadie, caminé hasta la esquina y lo que no había cambiado eran las
fachadas de los hoteles, estos le daban el frente para la calle principal y el
fondo para la playa, habían muchos hoteles y posadas en Puerto, era y es un
lugar turístico. Seguí caminando para el centro del pueblo, y entonces fue que
cai en cuenta que todas las personas que encontraba en mi camino me miraban
como un visitante extraño, como a un extranjero. Me hice el desentendido y
seguí caminando pero a medida que lo hacia me sentía como el primer día que
salí a conocer a Medellín, era un bicho raro, un soldado recluta, vestido con
un uniforme grande, unas botas aun mas grandes y una gorra que me tapaba los
ojos, como a tres cuadras me devolví casi corriendo para el cuartel y me senté
en la plaza, refugio apacible de mi soledad explicable, segura y no compartida
sino con mis propias soledades.
Como yo había
pasado por la pena, el suplicio y la burla de la gente, cuando tuve la
oportunidad ayudaba a los reclutas a vestirse bien para que no sufrieran lo que
yo sufrí.
El caso era que
en mi propio pueblo, donde yo inventé los atajos, donde voltee las calles como
quien voltea las tripas de los cochinos para hacer morcillas, donde no había
hueco del pueblo que yo no conociera, donde todos los perros del pueblo me movían
la cola, en este lugar parado en medio de la calle, en un momento fugaz pasara
por mi mente la idea impertinente de haberme olvidado, o de que se me hubiera
perdido la brújula orientadora de mi
aparente caminar sin rumbo pero con destino seguro en mis tiempos de
andanzas y tiempo perdido en cosas inútiles, pero lleno del placer de hacerlas
sin un orden concebido libre de tiempo o espacios limitantes. En mis tiempos de
niño no lo veía de esta manera, solo las hacia porque me salía hacerlas y me
las gozaba.
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