martes, 30 de julio de 2013

Evocación No. 20



Sábado 13 de Julio como a las dos de la tarde


Estos son relatos de recuerdos no olvidados, no se si he recordado muchos o pocos, mas bien creo que ni una cosa ni la otra sino todo lo contrario, pero antes de continuar con mis evocaciones donde mis recuerdos van encaminados a la pasantía por la vida militar, quiero dar una mirada retrospectiva  pero fugaz a esos días previos a mi nacimiento.

Lo que les contaré me lo contaron, mi mamá era una mujer muy joven y ayudaba a mi papá en la construcción de su casa. El viejo Euclides compraba materiales usados como: puertas y ventanas que mi mamá limpiaba y pintaba, también compraba tejas que para usarlas había que lavarlas para quitarles el cemento. Las echaban en una media pipa con agua para remojarlas y cuando mi mamá tenía tiempo las limpiaba poco a poco, este trabajo lo hacia todos los días y cuando tenían suficientes tejas limpias  contrataban a un albañil para que fuera techando la casa.

Esta es la misma casa donde mi papá llevó a vivir a su esposa cuando se separó de mi mama y es donde ella vive hasta el día de hoy. Según tengo entendido esta casa la quieren traspasar a nombre de uno de mis hermanos, pero mi hermana mayor me comentó que ella no esta muy de acuerdo, ya que fue mi mamá la que ayudó a construirla y tenemos el mismo  derecho de mis otros hermanos, así están las cosas, yo no estoy reclamando nada pero no me vendría mal una tajadita de la repartición, o mejor dicho, un pedacito de la torta.

Estas cosas me las contó mi abuela que nunca estuvo de acuerdo con la separación de mis padres y que además no gustaba de mi madrasta por el trato que nos daba. A veces cuando mi abuela se ponía filosófica me decía que con ella había entrado la maldición del huérfano o expósito a su familia (vivir sin papá o sin mamá), para esa época de mi niñez no entendía nada, ya grande tampoco podía relacionar esta circunstancia con algo fuera de lo natural, o sea peleas entre las parejas, y solo logre entenderlo cuando me convertí al Señor y tuve conocimiento de las maldiciones generacionales.

Mi papá si logró entender esto ya que también lo sufrió en carne propia y uno de sus consejos era que no me metiera con una mujer con hijos o que a mis hijos los criara otra persona. Puse en práctica este sabio consejo aunque tuve la tentación de no cumplirlo.

Mi papá fue un músico natural o de oído, tocaba el violín y desde diciembre hasta los carnavales se la pasaba enfiestao y ese año con mayor razón ya que estaba esperando mi llegada.

Mi papá trabajaba en el Terminal Marítimo de Barranquilla que como cosa curiosa no queda a la orilla del mar sino en el curso de un rio (El Magdalena). Los nativos de mi pueblo tenían la preferencia o prioridad de trabajar en el Terminal sobre otras personas ya que originalmente este Terminal Marítimo estuvo ubicado en mi pueblo y cuando lo trasladaron para Barranquilla lo hicieron con los trabajadores porteños y esto quedó instituido como una costumbre natural.

Estas cosas parece que no tienen importancia, pero forman parte de la cultura de los pueblos que se sustentan en el conocimiento de los tiempos, de las costumbres, de la herencia, de la tradición. Como ejemplo les pongo el que los hijos ocupaban el lugar de los padres cuando estos se retiraban o morían, ya fuera este en un trabajo o en la familia. Para la siembra también tenían sus costumbres, donde sembraban maíz, para el otro año sembraban granos y después patillas y melones, lo hacían y que para que la tierra no se cansara. Ahora esta costumbre ancestral es hoy toda una ciencia y a esta en particular la llaman “rotación de cultivos”.

Con mi papá de fiesta en fiesta y mi mamá lavando tejas y esperando ya estoy por venir al mundo, aguanten un poquito y les contaré.

Por lo pronto  estoy en mi casa y hace como una hora trato de ordenar mis pensamientos, pero nada, son muy difusos y de paso se están entremezclando con un trabajo de análisis sobre las cosa buenas o malas que han dado resultados negativos o positivos para  ordenarlas y poder entonces buscar estrategias para que estos mejoren. Tengo en mis manos algo así como un resumen de las apreciaciones y proposiciones  individuales que medio nos pusimos de acuerdo para discutirlas en una próxima reunión, las he leído todas una y otra vez y estoy asombrado de cómo uno puede entre líneas ver  el fondo que motiva  cada proposición.

Por ejemplo alguien propone algo donde se refleja la cultura de exclusión de su grupo, se que la proposición es factible y positiva,  estoy de acuerdo con ella en la forma, mas no en su fondo. Hay otra proposición que a mi en particular me causa risa, ya que tu no puedes pedirle a otra persona que haga algo que tu no estas dispuesto a hacer. Creo que me salí de la norma y he hecho infidencias, pero este tipo de cosas son las que yo combato y enseño a mis alumnos, a ser claros y ha no tener agendas ocultas. En todo caso esto no me quita el sueño, ahora vea cada quien  si puede dormir.
Ahora es mejor cambiar de tema y que me dedique a relatarles algo de mi vida en el Batallón Girardot de Medellín. Esta institución militar queda en un sector aledaño y apacible a Medellín llamado Villa Hermosa que se fue poblando a su alrededor con el paso del tiempo. A una cuadra de su entrada hay una plaza o parque  rodeada de salones, bares, cafés y restaurantes con la in faltable  rokola donde sonaban los tangos de Carlos Gardel. (Este cantante argentino murió en esta ciudad en un accidente aéreo).

Cuando uno era nuevo, las salidas de los domingos no llegaban más lejos de la plaza, pero era agradable estar sentado en una banca de cemento a la sombra de un frondoso árbol viendo pasar a las muchachas. A medida que era mas antiguo hice amistades y ya no me quedaba en la plaza, inclusive era novio de una muchacha que hizo las pasantías en “mi escuelita”.

En el servicio militar  me fue más que bien, como todo recluta pasé los tres primeros meses en entrenamiento, a pesar que hacíamos mucho ejercicio engordé y crecí, yo creo que era el régimen de vida que teníamos, y que además en el último mes que estuve en la casa me fallaron algunas comidas. De lunes a viernes había un horario fijo para todo lo que hacíamos,  el sábado solamente formábamos para las comidas y el resto del día podías hacer lo que quisieras dentro del cuartel, por lo menos yo “descubrí las caballerizas” y me la pasaba por esos lados, ahí fue donde empecé a tener trato con el capitán que era dueño de un caballo lo que a la larga me sirvió de ayuda para ciertas cosas que hice en el cuartel.

Los domingos era un día especial, no tocaban diana y solamente se formaba para desayunar y para salir a la calle de permiso, el almuerzo lo servían a  las doce  porque a las dos empezaba la visita hasta las seis de la tarde y desde esa hora se servía la cena y a las nueve a dormir para empezar nuevamente la rutina el lunes.

En un principio siempre estaba en esas filas, después solo me quedaba en el cuartel los sábados si tenía juego (jugaba futbol),  cuando terminaba el partido salía corriendo para la calle a visitar a los amigos o a pasear con la novia. Con esto de las novias tengo que contarles algo curioso que a lo mejor también se da en otras partes.

En los alrededores del cuartel se había como instituido algo que yo llamaba “las novias de los reclutas”. Esto funcionaba de la siguiente forma: Las muchachas del sector tenían por costumbre asistir los domingos a la visita con el propósito de conocer a los soldados nuevos y hacer amistad con ellos, disfrutaban la tarde bailando y comiendo a sus costillas y si se cuadraban con alguno se hacían “sus novias”, pero esto no duraba mucho, ya que estábamos en un batallón de orden público y apenas terminaban la instrucción militar los enviaban para el monte por lo menos seis meses y cuando regresaban ya sus novias tenían novios y que a estos soldados les daban un permiso de tres semanas y cuando volvían de sus casas nuevamente se iban para el monte y esto era como un ciclo que no tenia fin que se  repetía cada cuatro meses.

Yo no pasé por ese colador, no porque no quisiera, habían unas chicas muy lindas pero yo era un bobo penoso, no me quedaba mas que irme los domingos  para la plaza a oír las canciones de Gardel, además que no tenia dinero para brindarle un refresco a una muchacha y de paso bailaba mal. Que vaina, pero a la larga me fue bien, ya que al quedarme en el cuartel, las fui conociendo a casi todas y como parte de mi trabajo era fuera, las veía en la calle, las saludaba,  me hice amigo de varias de ellas, iba a su casa los días de semana y les servía de enganche con los nuevos.

Estos muchachos cuando le presentaba a alguna de ellas se sentían agradecidos pensando que les había hecho un gran favor, era divertido este comportamiento o cultura de “la novia del recluta “, una de ellas en una reunión en su casa me dijo sin ningún tipo de pena u otra cosa que en cuatro años que tenia “ejerciendo la profesión” ya había tenido veinte novios, no había perdido la cuenta de cuantos pero me imagino que si de quienes. Solamente conocí a una de ellas que se hizo novia de un compañero llamado Jorge Uribe que cuando salió del servicio se la llevó para Barranquilla. A esta pareja la encontré por casualidad aquí en Venezuela, en Carrasquero, ya tenían dos niños, les di mi dirección pero no me visitaron.

Después del entrenamiento conformaron los pelotones para enviarlos para el orden público, pero a mí junto con otros tres compañeros nos dejaron en el batallón asignados a la compañía de comando y servicio. Un peluquero, un mecánico, un chofer y a mi que me colocaron en las oficinas. En esta compañía estaban todas las personas que prestaban o hacían alguna labor diferente a los oficios militares incluyendo a las secretarias. Yo por ejemplo era como un asistente en las oficinas y me la pasaba de un lado para otro haciendo diligencias dentro del batallón, solo salía para la calle en compañía del muchacho a quien remplacé en ese puesto con el fin de irme entrenando o conociendo el trabajo que tenia que hacer cuando él se fuera para su casa.

Mi estabilidad en las oficinas sucedió de la siguiente forma: Un día un oficial de guardia me dio la orden de revisar las diferentes dependencias para ver quienes del personal asignado a ellas estaban realmente  asistiendo a su trabajo. Hice mi lista a lápiz y le pasé la hoja a una secretaria para que me la pasara a maquina. A la hora del almuerzo el oficial me pidió la lista y cuando fui a buscarla a la oficina la secretaria no la había hecho y que por estar ocupada, con mucha amabilidad le pedí permiso para usar su maquina de escribir y mas rápido que cualquiera de ellas hice la lista, le di las gracias y le entregue la lista al oficial de guardia que ya la estaba esperando parado detrás de mi.

Lo simpático de esto era que las secretarias no tenían ni idea que yo sabia escribir a maquina, también estaba la circunstancia que por las noches yo le hacia las cartas a los muchachos que no sabían escribir y no había perdido la practica, y desde ese día me asignaron un escritorio, un archivo y una maquina de escribir vieja pero en buen estado que rescaté de los talleros, estaba ubicado en un rincón pero ya tenia mi lugar y hacia mis trabajos personalmente y no tenia que estar pidiendo favores y mejor aun cuando las secretarias estaban full de trabajo las ayudaba con mi maquina de escribir lo que no había hecho ninguno de los asistentes que habían pasado por las oficinas.

Dentro de los oficios o tareas que tenia en mi trabajo, estaba la del correo. Invariablemente iba una vez a la semana a las oficinas del correo a poner y retirar la correspondencia incluyendo la oficial que llevaba y recogía en  la 4º. Brigada. Ya tenía como un año en el ejército y un día me llevé una sorpresa, era el día de ir al correo y rutinariamente vacié el buzón de las cartas y las metí en la talega, recogí la correspondencia oficial que casi siempre eran notificaciones de traslados, compras etc. y  que  colocaban en un sobre sellado.

Estas salidas las hacia en un jeep y a los choferes les encantaba llevarme ya que los dejaba que hicieran diligencias personales y hasta visitábamos sus casas. Por el camino ordenaba las cartas por departamentos (estados) para no perder tiempo en los buzones, recogía las cartas en el apartado postal del batallón y salíamos volando para la Brigada a llevar el sobre de la correspondencia oficial para que nos quedara tiempo para pasear. Cuando llegaba al cuartel siempre estaban los soldados esperando para ver si tenían carta de sus casas y lo que hacia era entregarle la talega de las cartas a un soldado de confianza para que las voceara y yo “me perdía del lugar”. Ese día en particular me fui para el rancho (así le dicen al lugar donde se cocina) a comer algo y después agarre para el lado de las caballerizas y como ya había almorzado me quede un rato largo en ese lugar, saque al caballo a caminar un poco y cuando me aburrí de no hacer nada me fui para la oficina.

Sentado en mi lugar encontré al soldado voluntario quien apenas me vio grito “Vargas Johnson carta de Venezuela”. El corazón me dio un brinco, no se si se aceleró o se paró, pero me asusté. Tengo que confesarles aunque lo tomen a mal, que ya no me acordaba de nadie, “vivía ocupado en mis cosas y mi familia no existía en mis pensamientos”, pero al tener la carta en mis manos lo primero que se me vino a la mente fue mi mamá, tenia como un temor de abrirla, imaginé noticias malas, el soldado me apuraba para que la abriera, miré el remitente y cuando vi que era tía María, entonces fue que me cagè todo y la deje en el escritorio pensando nada pero con temor de las noticias que me traía la carta, algo extraño estaba sucediendo,  primera carta que recibía en mi vida y en vez de darme alegría era todo lo contrario. Bueno que carajo pensé, no puedo evitar las cosas sobre las que no tengo control y de un tirón abrí la carta.

Las noticias eran buenas, la carta inquietante y sospechosa era de mi mamá, me saludaba con cariño, que estaba bien, que mi hermana estaba trabajando y en ese tono intercambié como tres cartas con mi mamá, el motivo real era que ella me pedía que me viniera a vivir con ella, que ya estaba bueno de estar alejados. Yo no tenía nada decidido con respecto a mi futuro, habían dos cosas que podía hacer y ahora tenía una tercera opción; la primera que era la que mas me tentaba era quedarme en la vida militar, o sea reenganchar como sub-oficial, que ya me lo habían ofrecido e inclusive los aspirantes hicimos un pequeño curso en Manizales y lo que teníamos que hacer era irnos para nuestra casa al terminar el servicio y al mes presentarnos en el cuartel y nos ascendían en un acto militar a cabos segundos.

La otra opción que veía factible era quedarme en Puerto y buscar trabajo en el terminal ya que tenía la seguridad que entre mi papá y mi tío el jefe podrían con sus influencias conseguirme el puesto. Esta posibilidad tuve que desecharla de plano ya que cuando salí del cuartel le hablé del asunto a mi tío y solo me dijo que cuando tuviera los 21 años hablara con él. A la larga más pudo la sangre materna y mi ánimo de conocer que decidí finalmente aceptar la invitación de mi mamá y aquí estamos. La voluntad de Dios es indiscutible.

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