Sábado 13 de
Julio como a las dos de la tarde
Estos son
relatos de recuerdos no olvidados, no se si he recordado muchos o pocos, mas
bien creo que ni una cosa ni la otra sino todo lo contrario, pero antes de continuar
con mis evocaciones donde mis recuerdos van encaminados a la pasantía por la
vida militar, quiero dar una mirada retrospectiva pero fugaz a esos días previos a mi
nacimiento.
Lo que les
contaré me lo contaron, mi mamá era una mujer muy joven y ayudaba a mi papá en
la construcción de su casa. El viejo Euclides compraba materiales usados como:
puertas y ventanas que mi mamá limpiaba y pintaba, también compraba tejas que
para usarlas había que lavarlas para quitarles el cemento. Las echaban en una media
pipa con agua para remojarlas y cuando mi mamá tenía tiempo las limpiaba poco a
poco, este trabajo lo hacia todos los días y cuando tenían suficientes tejas
limpias contrataban a un albañil para
que fuera techando la casa.
Esta es la misma
casa donde mi papá llevó a vivir a su esposa cuando se separó de mi mama y es
donde ella vive hasta el día de hoy. Según tengo entendido esta casa la quieren
traspasar a nombre de uno de mis hermanos, pero mi hermana mayor me comentó que
ella no esta muy de acuerdo, ya que fue mi mamá la que ayudó a construirla y
tenemos el mismo derecho de mis otros
hermanos, así están las cosas, yo no estoy reclamando nada pero no me vendría
mal una tajadita de la repartición, o mejor dicho, un pedacito de la torta.
Estas cosas me
las contó mi abuela que nunca estuvo de acuerdo con la separación de mis padres
y que además no gustaba de mi madrasta por el trato que nos daba. A veces
cuando mi abuela se ponía filosófica me decía que con ella había entrado la
maldición del huérfano o expósito a su familia (vivir sin papá o sin mamá),
para esa época de mi niñez no entendía nada, ya grande tampoco podía relacionar
esta circunstancia con algo fuera de lo natural, o sea peleas entre las parejas,
y solo logre entenderlo cuando me convertí al Señor y tuve conocimiento de las
maldiciones generacionales.
Mi papá si logró
entender esto ya que también lo sufrió en carne propia y uno de sus consejos
era que no me metiera con una mujer con hijos o que a mis hijos los criara otra
persona. Puse en práctica este sabio consejo aunque tuve la tentación de no
cumplirlo.
Mi papá fue un
músico natural o de oído, tocaba el violín y desde diciembre hasta los
carnavales se la pasaba enfiestao y ese año con mayor razón ya que estaba
esperando mi llegada.
Mi papá
trabajaba en el Terminal Marítimo de Barranquilla que como cosa curiosa no
queda a la orilla del mar sino en el curso de un rio (El Magdalena). Los
nativos de mi pueblo tenían la preferencia o prioridad de trabajar en el
Terminal sobre otras personas ya que originalmente este Terminal Marítimo
estuvo ubicado en mi pueblo y cuando lo trasladaron para Barranquilla lo
hicieron con los trabajadores porteños y esto quedó instituido como una
costumbre natural.
Estas cosas
parece que no tienen importancia, pero forman parte de la cultura de los
pueblos que se sustentan en el conocimiento de los tiempos, de las costumbres,
de la herencia, de la tradición. Como ejemplo les pongo el que los hijos
ocupaban el lugar de los padres cuando estos se retiraban o morían, ya fuera
este en un trabajo o en la familia. Para la siembra también tenían sus
costumbres, donde sembraban maíz, para el otro año sembraban granos y después
patillas y melones, lo hacían y que para que la tierra no se cansara. Ahora
esta costumbre ancestral es hoy toda una ciencia y a esta en particular la
llaman “rotación de cultivos”.
Con mi papá de
fiesta en fiesta y mi mamá lavando tejas y esperando ya estoy por venir al
mundo, aguanten un poquito y les contaré.
Por lo pronto estoy en mi casa y hace como una hora trato de
ordenar mis pensamientos, pero nada, son muy difusos y de paso se están
entremezclando con un trabajo de análisis sobre las cosa buenas o malas que han
dado resultados negativos o positivos para
ordenarlas y poder entonces buscar estrategias para que estos mejoren.
Tengo en mis manos algo así como un resumen de las apreciaciones y
proposiciones individuales que medio nos
pusimos de acuerdo para discutirlas en una próxima reunión, las he leído todas
una y otra vez y estoy asombrado de cómo uno puede entre líneas ver el fondo que motiva cada proposición.
Por ejemplo
alguien propone algo donde se refleja la cultura de exclusión de su grupo, se
que la proposición es factible y positiva,
estoy de acuerdo con ella en la forma, mas no en su fondo. Hay otra
proposición que a mi en particular me causa risa, ya que tu no puedes pedirle a
otra persona que haga algo que tu no estas dispuesto a hacer. Creo que me salí
de la norma y he hecho infidencias, pero este tipo de cosas son las que yo
combato y enseño a mis alumnos, a ser claros y ha no tener agendas ocultas. En
todo caso esto no me quita el sueño, ahora vea cada quien si puede dormir.
Ahora es mejor
cambiar de tema y que me dedique a relatarles algo de mi vida en el Batallón
Girardot de Medellín. Esta institución militar queda en un sector aledaño y
apacible a Medellín llamado Villa Hermosa que se fue poblando a su alrededor
con el paso del tiempo. A una cuadra de su entrada hay una plaza o parque rodeada de salones, bares, cafés y
restaurantes con la in faltable rokola
donde sonaban los tangos de Carlos Gardel. (Este cantante argentino murió en
esta ciudad en un accidente aéreo).
Cuando uno era
nuevo, las salidas de los domingos no llegaban más lejos de la plaza, pero era
agradable estar sentado en una banca de cemento a la sombra de un frondoso
árbol viendo pasar a las muchachas. A medida que era mas antiguo hice amistades
y ya no me quedaba en la plaza, inclusive era novio de una muchacha que hizo
las pasantías en “mi escuelita”.
En el servicio
militar me fue más que bien, como todo
recluta pasé los tres primeros meses en entrenamiento, a pesar que hacíamos
mucho ejercicio engordé y crecí, yo creo que era el régimen de vida que
teníamos, y que además en el último mes que estuve en la casa me fallaron
algunas comidas. De lunes a viernes había un horario fijo para todo lo que
hacíamos, el sábado solamente formábamos
para las comidas y el resto del día podías hacer lo que quisieras dentro del
cuartel, por lo menos yo “descubrí las
caballerizas” y me la pasaba por esos lados, ahí fue donde empecé a tener trato
con el capitán que era dueño de un caballo lo que a la larga me sirvió de ayuda
para ciertas cosas que hice en el cuartel.
Los domingos era
un día especial, no tocaban diana y solamente se formaba para desayunar y para
salir a la calle de permiso, el almuerzo lo servían a las doce porque a las dos empezaba la visita hasta las
seis de la tarde y desde esa hora se servía la cena y a las nueve a dormir para
empezar nuevamente la rutina el lunes.
En un principio
siempre estaba en esas filas, después solo me quedaba en el cuartel los sábados
si tenía juego (jugaba futbol), cuando
terminaba el partido salía corriendo para la calle a visitar a los amigos o a
pasear con la novia. Con esto de las novias tengo que contarles algo curioso
que a lo mejor también se da en otras partes.
En los
alrededores del cuartel se había como instituido algo que yo llamaba “las
novias de los reclutas”. Esto funcionaba de la siguiente forma: Las muchachas
del sector tenían por costumbre asistir los domingos a la visita con el
propósito de conocer a los soldados nuevos y hacer amistad con ellos,
disfrutaban la tarde bailando y comiendo a sus costillas y si se cuadraban con
alguno se hacían “sus novias”, pero esto no duraba mucho, ya que estábamos en
un batallón de orden público y apenas terminaban la instrucción militar los
enviaban para el monte por lo menos seis meses y cuando regresaban ya sus
novias tenían novios y que a estos soldados les daban un permiso de tres
semanas y cuando volvían de sus casas nuevamente se iban para el monte y esto
era como un ciclo que no tenia fin que se
repetía cada cuatro meses.
Yo no pasé por
ese colador, no porque no quisiera, habían unas chicas muy lindas pero yo era
un bobo penoso, no me quedaba mas que irme los domingos para la plaza a oír las canciones de Gardel,
además que no tenia dinero para brindarle un refresco a una muchacha y de paso
bailaba mal. Que vaina, pero a la larga me fue bien, ya que al quedarme en el
cuartel, las fui conociendo a casi todas y como parte de mi trabajo era fuera,
las veía en la calle, las saludaba, me
hice amigo de varias de ellas, iba a su casa los días de semana y les servía de
enganche con los nuevos.
Estos muchachos
cuando le presentaba a alguna de ellas se sentían agradecidos pensando que les
había hecho un gran favor, era divertido este comportamiento o cultura de “la
novia del recluta “, una de ellas en una reunión en su casa me dijo sin ningún
tipo de pena u otra cosa que en cuatro años que tenia “ejerciendo la profesión”
ya había tenido veinte novios, no había perdido la cuenta de cuantos pero me
imagino que si de quienes. Solamente conocí a una de ellas que se hizo novia de
un compañero llamado Jorge Uribe que cuando salió del servicio se la llevó para
Barranquilla. A esta pareja la encontré por casualidad aquí en Venezuela, en
Carrasquero, ya tenían dos niños, les di mi dirección pero no me visitaron.
Después del
entrenamiento conformaron los pelotones para enviarlos para el orden público,
pero a mí junto con otros tres compañeros nos dejaron en el batallón asignados
a la compañía de comando y servicio. Un peluquero, un mecánico, un chofer y a
mi que me colocaron en las oficinas. En esta compañía estaban todas las
personas que prestaban o hacían alguna labor diferente a los oficios militares
incluyendo a las secretarias. Yo por ejemplo era como un asistente en las
oficinas y me la pasaba de un lado para otro haciendo diligencias dentro del
batallón, solo salía para la calle en compañía del muchacho a quien remplacé en
ese puesto con el fin de irme entrenando o conociendo el trabajo que tenia que
hacer cuando él se fuera para su casa.
Mi estabilidad
en las oficinas sucedió de la siguiente forma: Un día un oficial de guardia me
dio la orden de revisar las diferentes dependencias para ver quienes del
personal asignado a ellas estaban realmente
asistiendo a su trabajo. Hice mi lista a lápiz y le pasé la hoja a una
secretaria para que me la pasara a maquina. A la hora del almuerzo el oficial
me pidió la lista y cuando fui a buscarla a la oficina la secretaria no la
había hecho y que por estar ocupada, con mucha amabilidad le pedí permiso para
usar su maquina de escribir y mas rápido que cualquiera de ellas hice la lista,
le di las gracias y le entregue la lista al oficial de guardia que ya la estaba
esperando parado detrás de mi.
Lo simpático de
esto era que las secretarias no tenían ni idea que yo sabia escribir a maquina,
también estaba la circunstancia que por las noches yo le hacia las cartas a los
muchachos que no sabían escribir y no había perdido la practica, y desde ese
día me asignaron un escritorio, un archivo y una maquina de escribir vieja pero
en buen estado que rescaté de los talleros, estaba ubicado en un rincón pero ya
tenia mi lugar y hacia mis trabajos personalmente y no tenia que estar pidiendo
favores y mejor aun cuando las secretarias estaban full de trabajo las ayudaba
con mi maquina de escribir lo que no había hecho ninguno de los asistentes que
habían pasado por las oficinas.
Dentro de los
oficios o tareas que tenia en mi trabajo, estaba la del correo. Invariablemente
iba una vez a la semana a las oficinas del correo a poner y retirar la
correspondencia incluyendo la oficial que llevaba y recogía en la 4º. Brigada. Ya tenía como un año en el
ejército y un día me llevé una sorpresa, era el día de ir al correo y
rutinariamente vacié el buzón de las cartas y las metí en la talega, recogí la
correspondencia oficial que casi siempre eran notificaciones de traslados,
compras etc. y que colocaban en un sobre sellado.
Estas salidas
las hacia en un jeep y a los choferes les encantaba llevarme ya que los dejaba
que hicieran diligencias personales y hasta visitábamos sus casas. Por el
camino ordenaba las cartas por departamentos (estados) para no perder tiempo en
los buzones, recogía las cartas en el apartado postal del batallón y salíamos
volando para la Brigada a llevar el sobre de la correspondencia oficial para
que nos quedara tiempo para pasear. Cuando llegaba al cuartel siempre estaban
los soldados esperando para ver si tenían carta de sus casas y lo que hacia era
entregarle la talega de las cartas a un soldado de confianza para que las
voceara y yo “me perdía del lugar”. Ese día en particular me fui para el rancho
(así le dicen al lugar donde se cocina) a comer algo y después agarre para el
lado de las caballerizas y como ya había almorzado me quede un rato largo en
ese lugar, saque al caballo a caminar un poco y cuando me aburrí de no hacer
nada me fui para la oficina.
Sentado en mi
lugar encontré al soldado voluntario quien apenas me vio grito “Vargas Johnson
carta de Venezuela”. El corazón me dio un brinco, no se si se aceleró o se paró,
pero me asusté. Tengo que confesarles aunque lo tomen a mal, que ya no me
acordaba de nadie, “vivía ocupado en mis cosas y mi familia no existía en mis
pensamientos”, pero al tener la carta en mis manos lo primero que se me vino a
la mente fue mi mamá, tenia como un temor de abrirla, imaginé noticias malas,
el soldado me apuraba para que la abriera, miré el remitente y cuando vi que
era tía María, entonces fue que me cagè todo y la deje en el escritorio
pensando nada pero con temor de las noticias que me traía la carta, algo
extraño estaba sucediendo, primera carta
que recibía en mi vida y en vez de darme alegría era todo lo contrario. Bueno
que carajo pensé, no puedo evitar las cosas sobre las que no tengo control y de
un tirón abrí la carta.
Las noticias
eran buenas, la carta inquietante y sospechosa era de mi mamá, me saludaba con
cariño, que estaba bien, que mi hermana estaba trabajando y en ese tono
intercambié como tres cartas con mi mamá, el motivo real era que ella me pedía
que me viniera a vivir con ella, que ya estaba bueno de estar alejados. Yo no
tenía nada decidido con respecto a mi futuro, habían dos cosas que podía hacer
y ahora tenía una tercera opción; la primera que era la que mas me tentaba era
quedarme en la vida militar, o sea reenganchar como sub-oficial, que ya me lo
habían ofrecido e inclusive los aspirantes hicimos un pequeño curso en
Manizales y lo que teníamos que hacer era irnos para nuestra casa al terminar
el servicio y al mes presentarnos en el cuartel y nos ascendían en un acto
militar a cabos segundos.
La otra opción
que veía factible era quedarme en Puerto y buscar trabajo en el terminal ya que
tenía la seguridad que entre mi papá y mi tío el jefe podrían con sus
influencias conseguirme el puesto. Esta posibilidad tuve que desecharla de
plano ya que cuando salí del cuartel le hablé del asunto a mi tío y solo me
dijo que cuando tuviera los 21 años hablara con él. A la larga más pudo la
sangre materna y mi ánimo de conocer que decidí finalmente aceptar la
invitación de mi mamá y aquí estamos. La voluntad de Dios es indiscutible.
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