viernes, 3 de mayo de 2013

Evocación No. 15



Martes 23 de Abril como a las ocho de la noche.

Evocación No. 15

Les dije en la evocación anterior que a partir de ahora empezaría  escribir de mi adolescencia en adelante, y también les he asegurado que muchos recuerdos llegan a nuestra mente  impulsados por situaciones o eventos   presentes que nos refrescan la memoria y nos  sitúan en hechos que sucedieron  en el pasado.

En este fin de semana pasado, participé en una reunión con los líderes y los pastores de la iglesia, llegué tarde, se estaba dialogando sobre “los designios de Dios”, véase esto como “la voluntad de Dios”,  el tema tenia como base bíblica el texto donde se cuenta la historia de Agar e Ismael después de haber sido expulsados de la familia de Abraham. Se analizaron varias reflexiones sobre la circunstancias; sin rumbo, abandonados, sin esperanza, echarnos a morir, o dejar que sucedan las cosas sin hacer nada. La connotación espiritual, sin dejar de lado la material, era lo preponderante en la opinión de los presentes.

El pastor que estaba haciendo la exposición dijo “se sentían perdidos” e inmediatamente se me disparó el recuerdo, yo también estuve perdido, pero mi pérdida era que me había extraviado, no encontraba una dirección, no era la angustia o la sensación de sentirse abandonado por parte de Dios, era muy pequeño y no tenia conciencia de esta situación.

Era diciembre, estaba de vacaciones, iba a cumplir 10 años,  había terminado la primaria y como regalo mi papá me dejó ir a pasarme unos días con mi mamá. El lunes me trajo para Barranquilla y me montó en un bus que creo que se llamaba María Modelo o Caldas Recreo y me fui para la casa de mi mama. Esto lo había hecho varias veces ya sabia donde bajarme, nunca había tenido problemas. Papá me daba los pasajes de regreso y unos pesitos mas. Cuando llegué a la casa de mi mamá la encontré cerrada, averigüé con los vecinos de al lado y no sabían nada, en frente vivía una familia muy numerosa que se daban cuenta de todo, les pregunté por mi familia y rápidamente me informaron: Que mi mamá, Adalberto y mi hermanito se habían ido el sábado para Santa Marta a buscar a mis hermanas que estaban estudiando internas en una escuela de monjas, pero que ya tenían que haber llegado, me recomendaron que los esperara, y que  mientras tanto me estuviera con ellos, ya eran como las diez de la mañana.

Ya como a las doce, antes de que sirvieran el almuerzo, le dije a la señora que me cuidaran el maletín, que iba a dar una vuelta por ahí. Me fui antes de que me ofrecieran comida, o dejaran de comer por no tener que brindarme, mi abuela me enseñó que  el momento mas inoportuno  para estar en una casa, era la hora de las comidas. Por esos lados, en un barrio llamado Rebolo había vivido mi mamá y como yo conocía a los vecinos decidí darme un paseíto. Me orienté lo mejor que pude valiéndome de la dirección y me confié de que barranquilla es completamente cuadrado con calles y avenidas rectas y largas. Saqué mi cuenta y me dije, estoy en la calle 38 y voy para la 20, son como 18 cuadras, bajando por la avenida 24 cuando llegue a la 20 cruzo a la izquierda hasta la 16 son 8 cuadras mas, total 26 cuadras, como dos kilómetros que para mi no era nada y sin pensarlo mucho arranqué.

Iba tranquilo y cuando llegue a la calle 30 o calle de las vacas que es muy conocida y una de las vías principales de Barranquilla, ya que sale o viene de muy lejos, pasa por el centro y sigue hasta mas allá de la ciudad pasando por un pueblo llamado Soledad (que casualidad), pasa por el aeropuerto y por un pueblo llamado Malambo que era donde quedaba el colegio donde estudié mi bachillerato, ahí en ese punto me encontré el primer obstáculo. Resulta que la avenida 24 por donde iba caminando se cortaba en ese lugar por una plaza de toros llamada La Magdalena rodeada de campos de futbol y bordeada por un arroyo que se va zigzagueando por todo el sector y que era el mismo arroyo que pasaba por un lado de la casa de mi mamá, pero que yo no lo sabia, que lastima.

Esto me hizo perder la dirección que tenía establecida, además que las calles no tenían identificado los números y esto termino por desorientarme. Debía devolverme, pero no, seguí caminando y no encontraba como acercarme a mi destino, antes por el contrario creo que me alejaba, cuando desistí del viaje y me regrese supuestamente por donde había venido, nada no encontraba el camino, estaba perdido. No le preguntaba a nadie por miedo que me fueran a hacer algo y seguía caminando buscando llegar a la calle de las vacas por cualquier lugar, a todas estas ya eran como las dos de la tarde.

Gracias a Dios que en mi caminar sin rumbo como que pasé varias veces por el mismo lugar y una señora que estaba sentada debajo de una mata de almendrón me llamó y me pregunto que si estaba perdido, le dije que si y le conté de donde venia y para donde quería ir. A lo que contesto que estaba mas cerca de donde venia, llamó a un muchacho llamado Ramón y le dijo “lleva a este pelao hasta La Magdalena y ponlo en la avenida 24”. Ramón sacó una bicicleta, rodamos como 10 cuadras y llegamos por otro lado a la calle 30, me bajó de la bicicleta frente a la plaza de toros, me señaló el camino diciéndome, “dale por ahí “.

Regrese a la casa de mi mamá y todavía no había regresado, ya eran las cuatro de la tarde, recogí mi maletín, me regresé para Puerto y llegue a donde mi abuela muerto de hambre. Les puedo asegurar que no me dio miedo, me animaba diciéndome, mientras sea de día no hay problema. Esas vacaciones las pasé en Puerto, nadie se acordó de mi cumpleaños y desde ese día no le presté atención a eso, y ahora mucho menos. Esa fue la primera vez que me sentí solo pero no perdido.

Empecé a estudiar el básico, ya estaba más juicioso, pescaba cuando podía, iba a Macondo cuando me tocaba, cazaba pájaros con Paul cuando necesitaba dinero, en vacaciones viajaba con tía María, me estaba convirtiendo en un hombrecito, la abuela se estaba poniendo vieja peo no perdía su carácter ni la memoria, me seguía enseñando cosas, le leía la Biblia, Racha me castigaba menos o nada, pero me convertí en introvertido, no en solitario, además esta no me afectaba en nada, siempre me han acompañado mis pensamientos, tenia la escuela del silencio externo y el ruido interno. Chechè me enseñó a guardar silencio so pena de irse los peces, Paul me enseñó a guardar silencio so pena de espantar los pájaros y yo me decía silencio para que vengan los pensamientos,  pueda escucharlos y fluyan las ideas sin ruidos que les obstruyan el paso.

Con Chechè en silencio sentado en la lancha, me di cuenta que no podía seguir usando mi tiempo pescando, tenia que estudiar y con  Paul acostado en la hierba boca arriba mirando pasar las nubes construyendo mis irreales sueños pero atento a las trampas ya que Paul siempre se quedaba dormido

Esto de la soledad, el abandono, los sueños y los pensamientos es algo que he renovado con el tiempo. En cuanto a la soledad creo que es el pretexto que usamos para justificar nuestras acciones.

Esto de sentirse solo o abandonado es algo difícil de explicar, esa sensación solo la tuve de niño, ya cuando estaba interno y de ahí en adelante no recuerdo haber sentido que  la falta de alguna compañía me afectara sensiblemente, salvo la excepción cuando murieron mi mamá y mi esposa, pero fue diferente, ya había recibido a Cristo y lo acepté como un hecho natural, como un hasta luego no un abandono definitivo.

Creo que estoy reflexionando demasiado, pero quiero añadir que para mi  sentirse solo es no tener el apoyo de algo o de alguien, no necesariamente la compañía de una persona en particular, es algo así como te miro pero no te veo, o estas a mi lado pero no lo siento.

Esta sensación de sentirme solo y sin apoyo la viví intensamente una noche. Estaba estudiando interno, tenia catorce años de edad y me había ido a pasar unos días de vacaciones en Puerto y dio la casualidad que en esos días tenían programado un paseo para las Minas, los terrenos de los Palacios. Desde pequeño me gustó ir a ese lugar. El día acordado para el viaje se reunieron en la casa de los palacios como 30 personas entre niños y adultos. A los burros y a los mulos les pusieron como unos huacales o cajones y ahí metieron a los más pequeños y las mujeres montadas en las sillas, en un par de caballos iban otras, pero los hombres y los muchachos nos fuimos a pie.

Era un sábado y salimos de madrugada, por mi familia estaban mi papá con su mujer y dos hijos. Como a la hora de viaje llegamos a Macondo y descansaron un poco, hasta Las Minas faltaban como dos horas de camino, los muchachos nos fuimos adelante, caminando y corriendo por todo el camino, tirando piedras con las hondas y llegamos primero, como a la media hora empezaron a llegar poco a poco el resto de la gente. Ya era medio día y nos repartieron el trabajo, unos se fueron a cazar, otros a cortar leña, otros a limpiar el lugar, las mujeres empezaron a cocinar, me tocó ayudar al señor que cuidaba el lugar a reparar las trojas para dormir y poner las cosas que habíamos llevado y cambiar unos atravesaños para colgar las hamacas, era una actividad muy alegre, todos colaboraban, me sentía bien,  era mi ambiente. Ya como a las tres de la tarde estuvo el almuerzo, comimos, los adultos se acomodaron bajo las sombras de las árboles y los muchachos nos fuimos a bañar a una charca que estaba cerca, y que habían babillas, pero no las vi por ninguna parte.

Atilio y Marcos Palacio se aparecieron como a las cinco con un cochino de monte y rápidamente lo pelaron y empezaron a cocinarlo y a freír chicharrones, sacaron yuca y ya como a las ocho estábamos cenando, yo estaba feliz y a demás había una muchachita que me gustaba. Prendieron una fogata y le echaban bosta de vaca y que para los mosquitos y empezamos a jugar a las penitencias. Este juego consiste en lo siguiente: Se hace un circulo y sientan a una persona en el centro o en “el banquillo”, hay un director del juego que le va preguntando en silencio sobrenombres a los presentes, este director ese día era Racha mi madrasta, cuando ya tiene suficientes apelativos, empieza el juego y el que esta sentado en el centro pregunta, ¿Por qué estoy en el banquillo? Y Racha le decía porque eres esto o lo otro o tienes cara de cualquier cosa, uno tenia que adivinar quien te había puesto el sobrenombre si a la tercera no  acertabas te ponían una penitencia y volvías al banquillo.

Cuando adivinaban quien ponía el sobrenombre, a este le tocaba ocupar el banquillo, y así estuvimos jugando hasta que me adivinaron el sobrenombre que yo dije y me tocó sentarme en el banquillo y no pude adivinar quien me ponía los sobrenombres. Por tres veces me tocaron penitencias: primero subirme s una mata de coco, lo hice, segundo buscar un burro que se soltó en la tarde y estaba rondando por el lugar, me costo un poco de trabajo pero la hice, tercera penitencia me mandaron a sacar kerosén de unos tubos que estaban enterrados un poco lejos pero era fácil y además me acompañó Atilio que quería sacar kerosén para llevárselo.

El asunto era que ya me estaba molestando el juego porque yo creía que estaba adivinando quien era el que me ponía el sobrenombre pero no me lo daban por valido, además que me decían cosas muy feas y Racha estaba gozando a mis costillas. Cuando fallé por cuarte vez seguida todas esa personas se reían de mi como si fuera un payaso y repetían los sobrenombres mas feos con burla. No se ponían de acuerdo con la penitencia, y que durmiera como un mono encaramado en un palo, que me fuera a bañar a la charca, al fin se pusieron de acuerdo y me mandaron a buscar mangos en una mata que había en la entrada del camino, pero estaba demasiado lejos.

Me amarré  las gomas dispuesto a cumplir la penitencia, pero estaba rabioso por las burlas  y antes de salir le dije a Racha tramposa, ella tenia una vara en la mano y trato de pegarme, agarré un pedazo de mierda de vaca,  se la tiré y le cayo en la cara, corrí y ella salió detrás, se paraba y yo me paraba hasta que dejó de seguirme. Me fui hasta la mata de mango. Todavía tenia la intención de cumplir la penitencia, pero pensé con toda lógica que Racha querría pegarme y entonces me puse a pensar que mi papá a lo mejor me venia a buscar como lo hacia cuando estaba mas pequeño y me escondía en la casa de mi abuela.

Pasó un rato  largo y no venia nadie, ni siquiera Atilio que era buena gente y se la llevaba bien conmigo. No lo pensé mucho y me vine para Puerto, ya eran como las diez u once pero no estaba tan oscuro, la luna alumbraba algo y se veía el camino. Venia llorando y a ratos, caminando o trotando y pensando y pensando, me decía que mi papá no me apoyó nada, podía haberme acompañado a cumplir la penitencia, pero nada, podía haber  ido a buscarme para protegerme de Racha pero nada, me cansé de esperar y me regresé.

Por todo el camino estuve murmurando, no me quieren, no me quieren, en ningún momento me paré, no tenia miedo, no estaba consciente del peligro que corría, no tenia idea de la hora, solo estaba motivado por llegar a Puerto lo mas rápido que pudiera, cuando llegué a Macondo vi una luz en un corral, era el señor Víctor que estaba velando una vaca que estaba en trabajo, o sea que iba a parir, llamé su atención para que no se asustara y me fui para donde el estaba, no me preguntó nada, fui yo quien le dijo que iba para Puerto, me dijo quédate que ya va a amanecer, esperas al mudo y mientras me acompañas a cuidar la vaca. La señora Josefa me trajo una totumita con café bien calientico. Y nos sentamos en un tronco sin decir nada, pero nada, que gran señor, que sabiduría, ahora es que lo entiendo, si yo no quería hablar el no iba a tratar de sacarme las cosas haciéndome preguntas.

Este señor Víctor una noche que me quedé en Macondo me dio una clase que hasta estos días que viví una situación especial fue que la entendí en su totalidad y ahora puedo valorar esa  sabiduría tan especial de los campesinos. En Macondo había conejos de monte y el señor Víctor de vez en cuando salía a cazar y me invitó a que lo acompañara cuando quisiera y un viernes en la tarde le pedí permiso a mi papá para pasar la noche en Macondo. Llegué como a las seis de la tarde y esperamos que fuera de noche. El señor Víctor preparó su escopeta y un casco con una luz para alumbrar los animales, parecía un minero, salimos como a las nueve y estuvimos dando vueltas y no conseguimos nada, regresamos como a las doce y nos sentamos frente al fogón, la señora Josefa se levantó y nos dio un cafecito calientico, yo le dije menos mal que el fogón no se había apagado.

 El señor Víctor me explicó que el fuego nunca se podía apagar porque era mas fácil mantenerlo prendido que tratar de encenderlo de nuevo, que habían maneras de hacerlo sin consumir mucha  leña y que inclusive también servía para apagarlo, y me explicó: Primero, le sacas todo la leña al fogón y solo le dejas las punticas de los palos que estén encendidos, esto lo haces dándole unos golpes a los palos de leña con algo para golpear y le vas metiendo mas leña a medida que se vaya consumiendo, esto lo haces en el día y de noche le metes mas leña para que no tengas que pararte a media noche, también te sirve para quemar hojas verdes para los zancudos, y si quieres que se apague no le metes mas leña. Además también puedes apagar el fuego echándole agua a la leña pero cuando la quieras prender de nuevo, es más difícil.

La enseñanza era que por ningún motivo el campesino apaga el fogón, por eso era que en la casa de mi abuela, Eloísa siempre tenia fuego en el fogón, por si se necesitaba para alguna emergencia como pasó el día que la paloma me cagò la camisa, o para mantener calientica el agua de panela con leche que mi abuela tomaba a cualquier hora del día No podemos dejar las cosas que estamos haciendo porque retomarlas y empezar de nuevo será más difícil.

Al rato de estar sentados al lado de la vaca me dijo que lo ayudara con los becerros que ya iba a ordeñar, tomé leche en totuma espumosa, sabrosa, mas nunca he tenido ese placer, aclaró el día y al rato llegó el mudo, desayunamos, acomodaron la leche en el burro y nos fuimos para Puerto, llegamos como a las ocho de la mañana, me arreglé un poco acomodé el maletín y me fui para Barranquilla y de ahí para el colegio y me interné por mi propia voluntad me fue bien hice varias guardias y gané algo de dinero, visitaba en las noches a mis amigos de Malambo, me iba a pie y me traían en un jeep viejo, estaba tranquilo sin traumas.

A este episodio no le di la importancia que a lo mejor tenia, no pensé en el mal rato que pudieron haber pasado mi papá y los demás. Nunca supe que hicieron, pero esa noche no me buscaron porque me hubieran encontrado en Macondo que era lo que quería el señor Víctor cuando me hizo quedar y que acompañándolo, si siguieron con sus planes para venirse el domingo, o no les importó un carajo lo que yo hubiera hecho o me hubiera pasado. El asunto es que yo seguí con mi vida estudiando, deje de ir a Puerto, solo lo hacia por necesidad o para visitar a mi abuela, a la casa de mi mamá iba cuando tenia alguna ropa rota. Me acomodaba lo mejor que podía estaba solo y tenia que valerme por mi mismo, todavía lo sigo haciendo, pero no estoy “solo”.

En el colegio me sentía seguro, acompañado por mis condiscípulos, profesores e instructores, porque durante las tres horas que estuve caminando en la noche con peligro no de perderme sino de una culebra o de un felino que pudiera hacerme daño, no pasó por mi mente ni un atisbo de miedo o de soledad, me impulsaba la rabia y la rebelión.

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