Martes 23 de
Abril como a las ocho de la noche.
Evocación No. 15
Les dije en la
evocación anterior que a partir de ahora empezaría escribir de mi adolescencia en adelante, y
también les he asegurado que muchos recuerdos llegan a nuestra mente impulsados por situaciones o eventos presentes que nos refrescan la memoria y
nos sitúan en hechos que sucedieron en el pasado.
En este fin de
semana pasado, participé en una reunión con los líderes y los pastores de la
iglesia, llegué tarde, se estaba dialogando sobre “los designios de Dios”, véase
esto como “la voluntad de Dios”, el tema
tenia como base bíblica el texto donde se cuenta la historia de Agar e Ismael
después de haber sido expulsados de la familia de Abraham. Se analizaron varias
reflexiones sobre la circunstancias; sin rumbo, abandonados, sin esperanza, echarnos
a morir, o dejar que sucedan las cosas sin hacer nada. La connotación
espiritual, sin dejar de lado la material, era lo preponderante en la opinión
de los presentes.
El pastor que
estaba haciendo la exposición dijo “se sentían perdidos” e inmediatamente se me
disparó el recuerdo, yo también estuve perdido, pero mi pérdida era que me
había extraviado, no encontraba una dirección, no era la angustia o la
sensación de sentirse abandonado por parte de Dios, era muy pequeño y no tenia
conciencia de esta situación.
Era diciembre,
estaba de vacaciones, iba a cumplir 10 años, había terminado la primaria y como regalo mi
papá me dejó ir a pasarme unos días con mi mamá. El lunes me trajo para
Barranquilla y me montó en un bus que creo que se llamaba María Modelo o Caldas
Recreo y me fui para la casa de mi mama. Esto lo había hecho varias veces ya
sabia donde bajarme, nunca había tenido problemas. Papá me daba los pasajes de
regreso y unos pesitos mas. Cuando llegué a la casa de mi mamá la encontré cerrada,
averigüé con los vecinos de al lado y no sabían nada, en frente vivía una
familia muy numerosa que se daban cuenta de todo, les pregunté por mi familia y
rápidamente me informaron: Que mi mamá, Adalberto y mi hermanito se habían ido
el sábado para Santa Marta a buscar a mis hermanas que estaban estudiando
internas en una escuela de monjas, pero que ya tenían que haber llegado, me
recomendaron que los esperara, y que mientras
tanto me estuviera con ellos, ya eran como las diez de la mañana.
Ya como a las
doce, antes de que sirvieran el almuerzo, le dije a la señora que me cuidaran
el maletín, que iba a dar una vuelta por ahí. Me fui antes de que me ofrecieran
comida, o dejaran de comer por no tener que brindarme, mi abuela me enseñó
que el momento mas inoportuno para estar en una casa, era la hora de las
comidas. Por esos lados, en un barrio llamado Rebolo había vivido mi mamá y
como yo conocía a los vecinos decidí darme un paseíto. Me orienté lo mejor que
pude valiéndome de la dirección y me confié de que barranquilla es
completamente cuadrado con calles y avenidas rectas y largas. Saqué mi cuenta y
me dije, estoy en la calle 38 y voy para la 20, son como 18 cuadras, bajando
por la avenida 24 cuando llegue a la 20 cruzo a la izquierda hasta la 16 son 8
cuadras mas, total 26 cuadras, como dos kilómetros que para mi no era nada y
sin pensarlo mucho arranqué.
Iba tranquilo y
cuando llegue a la calle 30 o calle de las vacas que es muy conocida y una de
las vías principales de Barranquilla, ya que sale o viene de muy lejos, pasa
por el centro y sigue hasta mas allá de la ciudad pasando por un pueblo llamado
Soledad (que casualidad), pasa por el aeropuerto y por un pueblo llamado
Malambo que era donde quedaba el colegio donde estudié mi bachillerato, ahí en
ese punto me encontré el primer obstáculo. Resulta que la avenida 24 por donde
iba caminando se cortaba en ese lugar por una plaza de toros llamada La
Magdalena rodeada de campos de futbol y bordeada por un arroyo que se va
zigzagueando por todo el sector y que era el mismo arroyo que pasaba por un
lado de la casa de mi mamá, pero que yo no lo sabia, que lastima.
Esto me hizo
perder la dirección que tenía establecida, además que las calles no tenían
identificado los números y esto termino por desorientarme. Debía devolverme,
pero no, seguí caminando y no encontraba como acercarme a mi destino, antes por
el contrario creo que me alejaba, cuando desistí del viaje y me regrese
supuestamente por donde había venido, nada no encontraba el camino, estaba
perdido. No le preguntaba a nadie por miedo que me fueran a hacer algo y seguía
caminando buscando llegar a la calle de las vacas por cualquier lugar, a todas
estas ya eran como las dos de la tarde.
Gracias a Dios
que en mi caminar sin rumbo como que pasé varias veces por el mismo lugar y una
señora que estaba sentada debajo de una mata de almendrón me llamó y me
pregunto que si estaba perdido, le dije que si y le conté de donde venia y para
donde quería ir. A lo que contesto que estaba mas cerca de donde venia, llamó a
un muchacho llamado Ramón y le dijo “lleva a este pelao hasta La Magdalena y
ponlo en la avenida 24”. Ramón sacó una bicicleta, rodamos como 10 cuadras y
llegamos por otro lado a la calle 30, me bajó de la bicicleta frente a la plaza
de toros, me señaló el camino diciéndome, “dale por ahí “.
Regrese a la
casa de mi mamá y todavía no había regresado, ya eran las cuatro de la tarde,
recogí mi maletín, me regresé para Puerto y llegue a donde mi abuela muerto de
hambre. Les puedo asegurar que no me dio miedo, me animaba diciéndome, mientras
sea de día no hay problema. Esas vacaciones las pasé en Puerto, nadie se acordó
de mi cumpleaños y desde ese día no le presté atención a eso, y ahora mucho
menos. Esa fue la primera vez que me sentí solo pero no perdido.
Empecé a
estudiar el básico, ya estaba más juicioso, pescaba cuando podía, iba a Macondo
cuando me tocaba, cazaba pájaros con Paul cuando necesitaba dinero, en
vacaciones viajaba con tía María, me estaba convirtiendo en un hombrecito, la
abuela se estaba poniendo vieja peo no perdía su carácter ni la memoria, me
seguía enseñando cosas, le leía la Biblia, Racha me castigaba menos o nada,
pero me convertí en introvertido, no en solitario, además esta no me afectaba
en nada, siempre me han acompañado mis pensamientos, tenia la escuela del
silencio externo y el ruido interno. Chechè me enseñó a guardar silencio so
pena de irse los peces, Paul me enseñó a guardar silencio so pena de espantar los
pájaros y yo me decía silencio para que vengan los pensamientos, pueda escucharlos y fluyan las ideas sin
ruidos que les obstruyan el paso.
Con Chechè en
silencio sentado en la lancha, me di cuenta que no podía seguir usando mi
tiempo pescando, tenia que estudiar y con
Paul acostado en la hierba boca arriba mirando pasar las nubes
construyendo mis irreales sueños pero atento a las trampas ya que Paul siempre
se quedaba dormido
Esto de la
soledad, el abandono, los sueños y los pensamientos es algo que he renovado con
el tiempo. En cuanto a la soledad creo que es el pretexto que usamos para
justificar nuestras acciones.
Esto de sentirse
solo o abandonado es algo difícil de explicar, esa sensación solo la tuve de
niño, ya cuando estaba interno y de ahí en adelante no recuerdo haber sentido
que la falta de alguna compañía me
afectara sensiblemente, salvo la excepción cuando murieron mi mamá y mi esposa,
pero fue diferente, ya había recibido a Cristo y lo acepté como un hecho
natural, como un hasta luego no un abandono definitivo.
Creo que estoy
reflexionando demasiado, pero quiero añadir que para mi sentirse solo es no tener el apoyo de algo o
de alguien, no necesariamente la compañía de una persona en particular, es algo
así como te miro pero no te veo, o estas a mi lado pero no lo siento.
Esta sensación
de sentirme solo y sin apoyo la viví intensamente una noche. Estaba estudiando
interno, tenia catorce años de edad y me había ido a pasar unos días de
vacaciones en Puerto y dio la casualidad que en esos días tenían programado un
paseo para las Minas, los terrenos de los Palacios. Desde pequeño me gustó ir a
ese lugar. El día acordado para el viaje se reunieron en la casa de los
palacios como 30 personas entre niños y adultos. A los burros y a los mulos les
pusieron como unos huacales o cajones y ahí metieron a los más pequeños y las
mujeres montadas en las sillas, en un par de caballos iban otras, pero los
hombres y los muchachos nos fuimos a pie.
Era un sábado y
salimos de madrugada, por mi familia estaban mi papá con su mujer y dos hijos.
Como a la hora de viaje llegamos a Macondo y descansaron un poco, hasta Las
Minas faltaban como dos horas de camino, los muchachos nos fuimos adelante,
caminando y corriendo por todo el camino, tirando piedras con las hondas y
llegamos primero, como a la media hora empezaron a llegar poco a poco el resto
de la gente. Ya era medio día y nos repartieron el trabajo, unos se fueron a
cazar, otros a cortar leña, otros a limpiar el lugar, las mujeres empezaron a
cocinar, me tocó ayudar al señor que cuidaba el lugar a reparar las trojas para
dormir y poner las cosas que habíamos llevado y cambiar unos atravesaños para
colgar las hamacas, era una actividad muy alegre, todos colaboraban, me sentía
bien, era mi ambiente. Ya como a las
tres de la tarde estuvo el almuerzo, comimos, los adultos se acomodaron bajo
las sombras de las árboles y los muchachos nos fuimos a bañar a una charca que
estaba cerca, y que habían babillas, pero no las vi por ninguna parte.
Atilio y Marcos
Palacio se aparecieron como a las cinco con un cochino de monte y rápidamente
lo pelaron y empezaron a cocinarlo y a freír chicharrones, sacaron yuca y ya
como a las ocho estábamos cenando, yo estaba feliz y a demás había una
muchachita que me gustaba. Prendieron una fogata y le echaban bosta de vaca y
que para los mosquitos y empezamos a jugar a las penitencias. Este juego
consiste en lo siguiente: Se hace un circulo y sientan a una persona en el
centro o en “el banquillo”, hay un director del juego que le va preguntando en
silencio sobrenombres a los presentes, este director ese día era Racha mi
madrasta, cuando ya tiene suficientes apelativos, empieza el juego y el que
esta sentado en el centro pregunta, ¿Por qué estoy en el banquillo? Y Racha le
decía porque eres esto o lo otro o tienes cara de cualquier cosa, uno tenia que
adivinar quien te había puesto el sobrenombre si a la tercera no acertabas te ponían una penitencia y volvías
al banquillo.
Cuando
adivinaban quien ponía el sobrenombre, a este le tocaba ocupar el banquillo, y
así estuvimos jugando hasta que me adivinaron el sobrenombre que yo dije y me
tocó sentarme en el banquillo y no pude adivinar quien me ponía los
sobrenombres. Por tres veces me tocaron penitencias: primero subirme s una mata
de coco, lo hice, segundo buscar un burro que se soltó en la tarde y estaba
rondando por el lugar, me costo un poco de trabajo pero la hice, tercera
penitencia me mandaron a sacar kerosén de unos tubos que estaban enterrados un
poco lejos pero era fácil y además me acompañó Atilio que quería sacar kerosén
para llevárselo.
El asunto era
que ya me estaba molestando el juego porque yo creía que estaba adivinando
quien era el que me ponía el sobrenombre pero no me lo daban por valido, además
que me decían cosas muy feas y Racha estaba gozando a mis costillas. Cuando fallé
por cuarte vez seguida todas esa personas se reían de mi como si fuera un
payaso y repetían los sobrenombres mas feos con burla. No se ponían de acuerdo
con la penitencia, y que durmiera como un mono encaramado en un palo, que me
fuera a bañar a la charca, al fin se pusieron de acuerdo y me mandaron a buscar
mangos en una mata que había en la entrada del camino, pero estaba demasiado
lejos.
Me amarré las gomas dispuesto a cumplir la penitencia,
pero estaba rabioso por las burlas y
antes de salir le dije a Racha tramposa, ella tenia una vara en la mano y trato
de pegarme, agarré un pedazo de mierda de vaca,
se la tiré y le cayo en la cara, corrí y ella salió detrás, se paraba y
yo me paraba hasta que dejó de seguirme. Me fui hasta la mata de mango. Todavía
tenia la intención de cumplir la penitencia, pero pensé con toda lógica que
Racha querría pegarme y entonces me puse a pensar que mi papá a lo mejor me
venia a buscar como lo hacia cuando estaba mas pequeño y me escondía en la casa
de mi abuela.
Pasó un
rato largo y no venia nadie, ni siquiera
Atilio que era buena gente y se la llevaba bien conmigo. No lo pensé mucho y me
vine para Puerto, ya eran como las diez u once pero no estaba tan oscuro, la
luna alumbraba algo y se veía el camino. Venia llorando y a ratos, caminando o
trotando y pensando y pensando, me decía que mi papá no me apoyó nada, podía
haberme acompañado a cumplir la penitencia, pero nada, podía haber ido a buscarme para protegerme de Racha pero
nada, me cansé de esperar y me regresé.
Por todo el
camino estuve murmurando, no me quieren, no me quieren, en ningún momento me
paré, no tenia miedo, no estaba consciente del peligro que corría, no tenia
idea de la hora, solo estaba motivado por llegar a Puerto lo mas rápido que
pudiera, cuando llegué a Macondo vi una luz en un corral, era el señor Víctor
que estaba velando una vaca que estaba en trabajo, o sea que iba a parir, llamé
su atención para que no se asustara y me fui para donde el estaba, no me
preguntó nada, fui yo quien le dijo que iba para Puerto, me dijo quédate que ya
va a amanecer, esperas al mudo y mientras me acompañas a cuidar la vaca. La
señora Josefa me trajo una totumita con café bien calientico. Y nos sentamos en
un tronco sin decir nada, pero nada, que gran señor, que sabiduría, ahora es
que lo entiendo, si yo no quería hablar el no iba a tratar de sacarme las cosas
haciéndome preguntas.
Este señor
Víctor una noche que me quedé en Macondo me dio una clase que hasta estos días
que viví una situación especial fue que la entendí en su totalidad y ahora
puedo valorar esa sabiduría tan especial
de los campesinos. En Macondo había conejos de monte y el señor Víctor de vez
en cuando salía a cazar y me invitó a que lo acompañara cuando quisiera y un
viernes en la tarde le pedí permiso a mi papá para pasar la noche en Macondo. Llegué
como a las seis de la tarde y esperamos que fuera de noche. El señor Víctor
preparó su escopeta y un casco con una luz para alumbrar los animales, parecía
un minero, salimos como a las nueve y estuvimos dando vueltas y no conseguimos
nada, regresamos como a las doce y nos sentamos frente al fogón, la señora
Josefa se levantó y nos dio un cafecito calientico, yo le dije menos mal que el
fogón no se había apagado.
El señor Víctor me explicó que el fuego nunca
se podía apagar porque era mas fácil mantenerlo prendido que tratar de
encenderlo de nuevo, que habían maneras de hacerlo sin consumir mucha leña y que inclusive también servía para
apagarlo, y me explicó: Primero, le sacas todo la leña al fogón y solo le dejas
las punticas de los palos que estén encendidos, esto lo haces dándole unos
golpes a los palos de leña con algo para golpear y le vas metiendo mas leña a
medida que se vaya consumiendo, esto lo haces en el día y de noche le metes mas
leña para que no tengas que pararte a media noche, también te sirve para quemar
hojas verdes para los zancudos, y si quieres que se apague no le metes mas
leña. Además también puedes apagar el fuego echándole agua a la leña pero
cuando la quieras prender de nuevo, es más difícil.
La enseñanza era
que por ningún motivo el campesino apaga el fogón, por eso era que en la casa
de mi abuela, Eloísa siempre tenia fuego en el fogón, por si se necesitaba para
alguna emergencia como pasó el día que la paloma me cagò la camisa, o para mantener
calientica el agua de panela con leche que mi abuela tomaba a cualquier hora
del día No podemos dejar las cosas que estamos haciendo porque retomarlas y
empezar de nuevo será más difícil.
Al rato de estar
sentados al lado de la vaca me dijo que lo ayudara con los becerros que ya iba
a ordeñar, tomé leche en totuma espumosa, sabrosa, mas nunca he tenido ese
placer, aclaró el día y al rato llegó el mudo, desayunamos, acomodaron la leche
en el burro y nos fuimos para Puerto, llegamos como a las ocho de la mañana, me
arreglé un poco acomodé el maletín y me fui para Barranquilla y de ahí para el
colegio y me interné por mi propia voluntad me fue bien hice varias guardias y
gané algo de dinero, visitaba en las noches a mis amigos de Malambo, me iba a
pie y me traían en un jeep viejo, estaba tranquilo sin traumas.
A este episodio
no le di la importancia que a lo mejor tenia, no pensé en el mal rato que
pudieron haber pasado mi papá y los demás. Nunca supe que hicieron, pero esa
noche no me buscaron porque me hubieran encontrado en Macondo que era lo que
quería el señor Víctor cuando me hizo quedar y que acompañándolo, si siguieron
con sus planes para venirse el domingo, o no les importó un carajo lo que yo
hubiera hecho o me hubiera pasado. El asunto es que yo seguí con mi vida
estudiando, deje de ir a Puerto, solo lo hacia por necesidad o para visitar a
mi abuela, a la casa de mi mamá iba cuando tenia alguna ropa rota. Me acomodaba
lo mejor que podía estaba solo y tenia que valerme por mi mismo, todavía lo
sigo haciendo, pero no estoy “solo”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario